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diciembre de 2006 Al AmanecerI Arturo la mira acercarse. Se percata de que, bajo el breve vestido de algodón, la redondez de sus pechos no puede disimular sus pezones, erectos de frío. La adivina nada más con la mirada, porque no le pondría una mano encima a menos que ella se lo permitiera. Suave, como un suspiro, ella lo saluda con un beso en la mejilla, se sienta a su lado, y al cruzar la pierna él se percata de una marca que mancha la blancura casi inmaculada de su piel. – ¿Cómo has estado? No he podido terminar de revisar el proyecto, pero lo que llevo se ve bien– dice ella, mientras con un ademán le pide un café a la mesera. – ¿En qué vas? Porque si quieres mejor revisamos lo que te falta, para que ya lo mande. Hay enviarlo antes del jueves –. Ella no accede, quiere revisarlo todo: si ya va a perder la tarde, que sea para bien. Saca de su enorme bolso una libreta y una pluma, y de una carpeta algunos folios resaltados con marcador y llenos de notas a lápiz. – Mira, esto es lo que he visto…– comienza ella. Arturo la escucha, pero su atención está en otro lado. Su mirada se pasea por los lunares de sus piernas blanquísimas, y se detiene insistente sobre esa marca. Es oscura, sin duda reciente, y del tamaño exacto de la huella de un pulgar. Es la huella del pulgar de un hombre. El pensamiento lo incomoda. No sabe bien a bien por qué, pero que ella tenga la marca del dedo pulgar de un hombre sobre la pierna, por encima de la rodilla, no le gusta nada. Se detiene en ese pensamiento. Ella no sería tan descarada, no. Si fuera el pulgar de un hombre ella habría evitado a toda costa el vestido por encima de la rodilla. Por supuesto. – Entonces creo que esto lo pasamos al objetivo general, y después habría que hacer dos o tres indicadores para…– ella continúa su diatriba mientras él se la aprende de memoria. Siempre le gustaron las mujeres inteligentes. Siempre le gustaron las mujeres bellas. Tener en una a los dos ideales es una maravilla, y se lo hace notar en su nerviosismo y en su mirada anhelante. ¿Lo sabrá? Claro que lo sabe, no hay duda. Si lo sabe, entonces no podría haberse puesto ese vestido y dejado que él viera la marca de la mano de otro hombre sobre su pierna. ¿Estará tratando de provocarle celos? ¡Las mujeres son especimenes impredecibles! Sí, cabe la posibilidad de que esté tratando de celarlo. ¡Incluso es posible que esa mancha se la auto infringió para crear esta ficción! O tal vez fue un accidente, en el gimnasio, en la oficina. Ante esta feliz posibilidad, porque la torpeza femenina es más reconfortante que la otra alternativa, Arturo se disculpa y marcha al sanitario, con una sonrisa de alegría y felicidad. II Quisiera arrancarme la piel a jirones para quitarme del cuerpo la marca de tus manos, pero al mismo tiempo desearía que esos moretones, esas marcas, esos rasguños, quedaran –como tú – sobre mi piel para siempre. III La misma escena se repite, pero Mauricio sí que ha paseado sus manos por ese cuerpo, y por supuesto que ha besado esa boquita que le fascina, ese rostro de hermosura incomparable, ese cabello castaño que a su tez pálida le sienta tan bien. Ella lo abraza como si hace mucho tiempo no se vieran, y lo saluda, suave, con un beso en la mejilla. – ¿Cómo te fue?– pregunta él tomándola por la cintura y llevándola con dulzura al abrigo de sus brazos. –Bien. La verdad es que no había por qué apanicarse, pero ya te conté cómo es Arturo, ¿no? Quiere todo ya y revisado veinte veces. Eso me choca, como que siento que no confía en mí, como si de plano fuera yo una bruta y no…– Mauricio la calla con un beso y le sonríe. –No eres una bruta – ríe, – lo que pasa es que el tipo es un histérico –. El capitán de meseros les señala una mesa con vista a la plaza. Los viernes, Coyoacán todavía es bastante menos nefasto que el resto del fin. Nada como halagarla con esa cena, que él originalmente había planeado como comida, un vinito y luego… la velada ya se le antojaba romántica. De pronto, la escena se repite. ¡Maldito Nietzsche! Ella cruza la pierna y esa mancha negra desfila ante los ojos de Mauricio. Él decide pensar antes de reaccionar. Respira, disimula, ordena una botella de tinto y revisa la carta. De reojo, por supuesto, también la revisa a ella. La verdad es que la conoce apenas hace un mes, y llevan saliendo ‘formalmente’ dos semanas, pero desde que la vio se le antojó todo con ella. Para él, pese a él, conocerla ha sido amarla. –Ya ni te pregunté, ¿cómo estuvo lo del sábado?– dice, mientras extiende frente a ella la llama del encendedor. La punta del cigarrillo cruje con el fuego y por un momento su cara se ilumina. Ella desvía la mirada y saca el humo despacio, suave. Si no le chocara tanto ese maldito hábito, Mauricio incluso diría que es sexy. –Muy tranquilo –. Ella sonríe al mesero. La cena sigue su cadencia natural y Mauricio incluso se olvida del moretón en su pierna. Caminan por la plaza. La noche ya está bien asentada sobre ellos. Pasando el brazo sobre sus hombros, Mauricio la mira bajo la luz de las lámparas del alumbrado público y se pregunta si esta noche tendrá suerte. Como adivinando, ella se detiene, lo besa en los labios con suavidad y le sonríe. –Ya sé qué haría de esta noche inolvidable –, le dice. Mauricio no anticipa su emoción, porque ella baja la mirada. Pese a la luz amarillenta él la mira sonrojarse y la escucha añadir: –pero justo esta noche no puedo –. –No te preocupes, – la tranquiliza, – será cuando tú quieras –. –Y pueda –, sonríe ella. La acompaña hasta su auto. Le da un beso de despedida y la mira marcharse. Entonces, y sólo entonces, la mancha sobre su pierna se aparece desde el fondo de su memoria, y le parece que si hay algo más detrás de aquel “muy tranquilo”, esa mancha en su muslo blanco lo mostraba todo. IV Esteban sabe que al día siguiente, a esa hora, estará volando a Londres. Por eso la mira, la sigue, la acecha. Es su fiesta de despedida, así que puede darse el lujo de seguirla aquí y allá con la mirada, de robarla dos segundos para un abrazo, para una foto. Pero de pronto sabe que es definitivo. Es un momento de “ahora o nunca”. V Arturo vuelve del sanitario. Pese a que acaba de lavarlas, siente que le sudan las manos. ¡Ella lo pone tan nervioso! Como el día que el jefe se la presentó: transpiraba a chorros y deseaba que todo pasara rápido. La ha invitado a salir un par de veces, pero siempre acaba por quedarse sumido en un mutismo inexplicable, y no halla qué hacer. Al contrario, ella habla y ríe con naturalidad, roza sus brazos con sus manitas blancas y no se da cuenta –o pretende ignorar – que él se estremece hasta sus cimientos. – Bueno, pero dime cómo te va. ¿Qué has hecho?– Ella lo mira incrédula, como si no fuera evidente que le va mal por tener que reunirse con él para trabajar un viernes por la tarde, en vez de hacer cualquier otra de las cosas que quería hacer con su viernes, cualquier otro de los planes que quedaron postergados. – Pues bien, mucho trabajo, ¿no? – le responde. Arturo se da cuenta de que la ha incomodado y antes de hundirse en el silencio decide aventurar un “¿Y qué tal los galanes?”. Realmente él no pretendía enterarse, y de hecho, nosotros sabemos que él preferiría no saber. ¡Pero la pregunta le salió con tanta naturalidad! – Bien, mi novio y yo llevamos apenas dos semanas. De hecho, al ratito voy a verlo para cenar –, le contesta ella. ¡Apenas dos semanas! Él siente que el corazón se le encoge. Hace tres semanas él la llevó a desayunar. Hace dos y media, al cine. Hace dos semanas él decidió que esa mujer le fascinaba, y hace una estuvo a punto de confesarle todos los secretos de su corazón. Y hoy, ahí, ahora, estaban los dos y ella tenía un novio, que de seguro era un brusco, un patán, un toro de lidia que le había dejado la marca de su pulgar en un arrebato incontenible de pasión. – Pero bueno, no te aburro con los detalles, mejor vamos a acabar esto, ¿no’ ¿Qué nos falta? –, agrega ella suavemente. VI No puedo querer lo que quiero, sólo puedo querer lo que puedo. Quiero que mi boca se aprenda de memoria cada esquina de tu piel. Puedo esperar tres años. VII – ¿Me presta a la licenciada? – Esteban interrumpe una conversación, la toma del brazo y la conduce a una parte de la casa fuera del alcance de las miradas de los demás. – Gracias por venir –, le dice, abrazándola. La mira a los ojos. – No me lo hubiera perdido por nada –, responde ella. – Te adoro mujer, aunque no lo creas –. – Sí te creo –. Esteban la abraza y la besa los labios con suavidad. Ella estalla, despierta, responde. Lo abraza con furia y lo besa en un arrebato incontenible de pasión. VIII Mauricio decide no volver a su casa aún. Se mete en un bar, pide una cerveza y se queda rumiando un pensamiento. “Muy tranquilo”. Ella bajó la mirada. Definitivamente, la conoce poco pero sabe que está ocultándole algo. Un beep anuncia un mensaje en su teléfono celular. “Ya estoy en casa”. Decide no creerle y le marca. – ¿Hola?–. – Hola –. – ¿Qué pasó, ya llegaste? –, pregunta ella inquieta. – No, al rato… es que me llamó Manuel, quiere que veamos algo del grupo, entonces ahorita viene y voy a estar un rato aquí en El Mesón –. Todo es mentira menos lo último. – Bueno. ¿Te veo mañana? – – Sí, te hablo –. – Besos –. – Bye –. Mauricio se termina la cerveza y sale. La noche, despejada, lo hace sentir mejor. Ella tenía una fiesta el sábado. Fue sola, porque él no podía acompañarla. Hoy le cancela la comida y se va con el tal Arturo a “trabajar” toda la tarde del viernes, en un proyecto que es para el siguiente jueves. Se ven para la cena y ella tiene un moretón en el muslo. Definitivamente está ocultándole algo. XI El sabor de tu piel. Tus manos frías. El color de tus ojos. El arco de tus cejas. El grosor de tus labios. Tus manos blancas. Tus lunares. Tu cuerpo blanco. Tu corazón. El sonido de tu risa. El sonido de tu voz. Tus ojos tristes. Nuestra única noche. Nuestra última noche. El inventario de mi historia inacabada contigo. X Al amanecer, Esteban la tiene entre sus brazos. Están frente a la puerta de la casa, diciendo adiós. La mira con ternura y le pide que no se vaya. Ella ríe y le dice tengo que irme. ¿Te puedo pedir algo? Déjame algo tuyo. Van de vuelta a la recámara. Él se sienta en la cama, la mira quitarse la ropa otra vez. Ella desliza la tanga hacia sus pies con descaro y sonríe con picardía. Él la toma con el mismo gesto. – Esta me la llevo, ¿eh? –. La acompaña al auto. La besa por última vez y la mira marcharse. Él estará en Londres tres años, haciendo un doctorado. Ella estará en México recordando cómo te sentías en sus brazos, en sus labios, entre sus piernas y sobre su piel, bajo la luz del amanecer. septiembre de 2006 VioletasNo hay en el mundo nada peor que una mujer, excepto otra mujer. Aristófanes
Julia salió corriendo de la casa de Sara. Tenía frío, tenía miedo y estaba asustada. Corrió y corrió hasta que al fin se sintió sola. La soledad era lo único que le quedaba, Sólo así se sintió segura, y después de esa horrible experiencia en casa de su amiga, necesitaba espacio para poder respirar y para volver a sentir el corazón y las ideas en su lugar. Julia era alta, bonita y muy blanca. Tenía el cabello oscuro y largo y la cara bañada de pecas. Apenas tenía diecisiete y estaba acostumbrada a estar sola, porque todo el mundo le tenía un poco de miedo o incluso compasión. Julia era lesbiana. Su única amiga en el mundo era una chica menor que ella, llamada Sara. A pesar de tantas diferencias, desde la edad hasta los gustos, las dos se entendían, porque Sara sospechaba de la homosexualidad de Julia pero ignoraba amablemente el hecho, mientras Julia estaba perdidamente enamorada de ella. A veces Sara creía notar una mirada muy particular en los ojos de su amiga, especialmente cuando estaba hablando, algo así como una mirada de mascota abandonada, como si la oyera pero no la escuchara, como si tratara de ver más allá de ella. Sara prefería ignorar esas miradas, y continuar hablando de cualquier cosa, porque ella podía estar diciendo que el Papa fuma marihuana o que la Tierra todavía es plana, igual Julia asentía y continuaba su escrutinio minucioso. En realidad a Sara no le importaba mucho que Julia fuera extraña: era la única mujer a la cual podía considerar su amiga y la única que realmente deseaba estar con ella. La primera vez que Julia vio a Sara fue en una fiesta. Julia estaba sentada en un rincón, sola. Miraba a los muchachos embriagarse y bailar desordenadamente frente a ella. Estaba en extremo aburrida, pero su madre insistía en convertirla en un “animal social”, así que la mandó a la fiesta. Julia llegó, tomo una cerveza y se fue a beberla a un rincón, mientras el deplorable espectáculo de los adolescentes cayéndose de borrachos se desplegaba frente a ella. Así transcurrieron unas dos horas, y cuando Julia decidió marcharse, algo la detuvo. Una visión. Una muchacha, tendría unos quince, pensó Julia, entró en su vista. Tenía el cabello rizado hasta los hombros, color ocre brillante, al igual que sus ojos, enmarcados por unas pestañas largas, negras y hermosas. Tenía una boca pequeña, de labios delgados y rojos y una nariz chiquita y respingada que a Julia le pareció deliciosa. La vio pararse en medio del gentío y comenzar a bailar en los brazos de un chico enorme. Julia ni siquiera lo miró de momento. Vio que ella llevaba la espalda descubierta y el corazón se le aceleró tan sólo de pensar en besar esa espalda, centímetro a centímetro. Julia sintió ganas de tomarla por la cintura y abrazarla fuertemente, de sentir su pecho contra el de ella y besarle ardientemente la boca, los ojos, el cuello. Julia vio entonces que el hombre bajaba su mano por la espalda de ella, la recorría deliciosamente lento, llegaba hasta su cintura y la metía en la bolsa trasera del pantalón de la muchacha. Julia se sintió furiosa cuando lo vio besarla y manosearla, se enojó de tal manera que prefirió no ver nada más. Se levantó y se fue, loca de celos. Para el lunes siguiente, Julia ya sabía que aquella niña tan hermosa era Sara. Sabía que tenía dieciséis años, que vivía sola con su padre alcohólico a quien sólo veía de vez en cuando. Se enteró también que Sara, como su padre, era alcohólica, drogadicta, desgraciadamente heterosexual y peor aún, era promiscua. Tenía fama de zorra, y según Joana, la chismosa oficial de la escuela, Julia supo que Sara había tenido un aborto ese año, estuvo a punto de morir por sobredosis y se había acostado con la mayoría de los chicos de la escuela, incluyendo el equipo entero de fútbol, el de tenis y los chicos serios de último semestre. Además, ninguna mujer en la escuela entera la toleraba más de tres minutos. A pesar de ese antecedente, el cual Julia sabía que viniendo de Joana era verdad sólo a medias, Julia siguió pensando que Sara era divina y que, pasara lo que pasara, ella la conocería antes del final del día. Con sus convicciones firmes al respecto, Julia empleó el día en seguirla a todos lados, hasta que, al fin, se encontró “casualmente” con ella en el baño. Julia empezó a llorar. – Hola, ¿Qué te pasa?– preguntó Sara al ver a Julia llorando. – Hola… me llamo Julia…– contestó entre suspiros. – Yo soy Sara, a ver dime qué te pasó, cuéntame – insistió Sara. – Es que… es que… es que se murió mi perro – respondió Julia, pues no se le ocurrió otra cosa, luego reanudó el llanto. – ¡Ay, pobrecita!– dijo Sara, abrazándola,– ven aquí, no llores–. Julia sonrió para sus adentros, y procuró no abrazarla demasiado fuerte, para evitar delatarse. Acto seguido, Sara la llevó a la cafetería, le compró un café y la animó con sus ojos ocre y su sonrisa roja. A partir de ahí, Sara encontró en Julia la amiga que siempre necesitó, y Julia vio casi realizado su sueño de amor platónico con Sara. Sara era muy inocente respecto a la sexualidad de Julia. Pensaba que, a pesar de ser mayor, Julia todavía era virgen, pues cada vez que salía el tema Julia lo evadía, por miedo o por pena, pensaba Sara. La verdad era que Julia era un tanto como Sara cuando tenía su edad, pero sus relaciones heterosexuales no fueron del todo agradables para ella. También sostuvo varias relaciones con mujeres mayores y fue entonces cuando Julia supo a ciencia cierta que era lesbiana, hecho que la marcó para toda su vida, pues sentía que lo tenía escrito entre las pecas de su nariz, lo cual la volvió sumisa, callada, a veces antipática y poco a poco la llevó a estar un tanto sola. Una tarde Sara y Julia estaban en casa de Sara, bebiendo cerveza y fumando marihuana, sentadas en la alfombra de la sala. Sara empezó a quitarse la ropa, pues a ella le parecía perfectamente normal quitarse la ropa delante de su amiga. A Julia le parecía irresistible verla danzar de un lado a otro en ropa interior. Ese día en particular hacía calor. Julia miraba ansiosa el cuerpo semidesnudo de Sara, y el alcohol y el calor la llevaron a quitarse la ropa también. Sara no se sorprendió, pues su estado, provocado por la droga y el alcohol, la llevó a reír de su amiga, de la mirada excitada de Julia, de su cabello oscuro. Sara se tendió boca abajo en la alfombra. Sin dejar de mirarla, Julia se sentó a su lado y comenzó a acariciarle la espalda. – Estoy muy tensa – dijo Sara, ignorando la mano de Julia sobre su trasero. Sin decir nada, Julia se montó en la espalda de Sara y comenzó a darle un masaje suave en los hombros y la espalda, deslizando sus manos lentamente. Con un movimiento casi de ternura, Julia le desabrochó el sostén. Y moviendo las manos suave, lenta, cadenciosamente, Julia extendió el masaje de los hombros y la espalda, al pecho de Sara. Ella giró sobre sí misma y miró a Julia a los ojos. Julia la besó y ella malamente le contestó el beso. Julia pasó sus manos por todo el cuerpo de Sara, la besó, la abrazó, la acarició hasta que se consumó para Julia el amor desesperado y el deseo reprimido que sentía por Sara. Y Sara se entregó temerosa a la pasión nueva que se le mostraba, pero prohibida por la naturaleza: dos mujeres haciéndose el amor. Quizá Sara no se percató de nada sino hasta la mañana siguiente, cuando despertó en su cama, desnuda, medio dormida y con dolor de cabeza, en los brazos de Julia. Asustada, dio un salto fuera de la cama. –¿Qué pasó aquí? – gritó Sara llena de espanto. – Nada que tú no quisieras – respondió tímidamente Julia. –¡No es cierto, tú te aprovechaste, yo estaba muy volada!– gritó de nuevo Sara. – Lo siento… ¡Perdóname!– contestó Julia rompiendo en llanto. Sara no tenía el corazón tan frío como para no sentir compasión por Julia. Volvió a sentarse a su lado, la abrazó y la hizo confesar la raíz de todo aquello que Sara prefería olvidar. Al final de su relato, de la historia de su vida, Julia volvió a disculparse. Sara la besó en la mejilla reiterándole su amistad, la dejó sola y se fue a la cocina a prepararle algo de comer. Sola en la cocina, Sara comenzó a llorar. Se sentía traicionada, frustrada, ultrajada. Sentía que tal vez sin quererlo, Julia había abusado de ella, pero ella también tenía la culpa, también pues lo había permitido. Lloró amargamente un rato, mientras preparaba el desayuno. Muy a pesar suyo tuvo que dejar todo eso atrás, pues por encima de todo Julia era su amiga, su única amiga, y necesitaba de ella. Una vez “olvidado” el asunto, Julia y Sara trataron de hacer como que nada había pasado. No mencionaron el asunto nunca, en ninguna ocasión y por ningún motivo. Así las cosas, Julia estaba por cumplir dieciocho y Sara le preparó una fiesta. Estaba en su fuero íntimo decida a cambiar a Julia, pues creía que aún podía “salvarla”. Sin saberlo Julia, Sara invitó a la fiesta a todos los chicos guapos de la escuela. Al fin y al cabo alguno le agradaría a Julia y él sabría cómo resolver el problema. Mientras, ella podría darse gusto con alguien más. El día de la fiesta, Sara metió muy a la fuerza a Julia en un vestido sumamente corto y escotado, le peinó el cabello con la secadora y la maquilló perfectamente. La gente empezó a llegar a casa de Sara a eso de las nueve. Todo el mundo la felicitó y parecían estarse divirtiendo, bebiendo y bailando. Sara se perdió de vista un momento, pero al volver encontró a Julia platicando animosamente con Arturo. Él jugaba baloncesto, y era alto, delgado y guapo, además de muy amigable. Sara sonrió al verla. Ella había logrado hacer lo que su madre no pudo: convertir a Julia en una persona sociable y amigable. Viendo lo bien que iba todo, Sara se metió al estudio con un amigo. Mientras ella se entregaba a la droga y al amigo, Arturo tomó de la mano a la ya un tanto ebria Julia y subió con ella a la recámara de Sara. En la oscuridad, Arturo comenzó a besarla, primero suavemente, luego agresivamente, presionando sus labios contra los de ella, metiendo su lengua entre los dientes de Julia, levantándole el vestido y metiéndole la mano entre las piernas. Julia se defendía, presionándole los riñones con las rodillas, arañándole la cara, golpeándole con los puños. Trató de gritar, pero nadie la oía, porque la música estaba demasiado alta. Julia se revolvía y se defendía con furia, y Arturo la golpeo de una manera salvaje en el rostro y el estómago. Le arrancó de un tirón las pantaletas y comenzó a penetrarla contra su voluntad. Julia continuaba defendiéndose inútilmente contra su agresor, golpeando, gritando, arañando, llorando. Cuando terminó, Arturo la golpeó de nuevo y salió de la recámara. Julia se quedó llorando en la cama un momento. Temerosa de que él regresara, se levantó, se arregló el vestido y a pesar del dolor físico salió corriendo de casa de Sara. Siguió corriendo por un rato hasta que al fin estuvo sola. Como antes de conocer a Sara, como siempre debió de estarlo. Trató de calmarse antes de irse a su casa. Lloró dolorosamente por espacio de dos horas hasta que reunió el coraje suficiente para irse a su casa. Sara buscó a Julia durante una semana. Quería saber qué había pasado, porque después de que subió con Arturo nadie la había visto. Sara la buscó en la escuela pero no había ido a clases, la llamó a su casa pero nadie respondía, la fue a buscar pero le negaban hablar con ella. Finalmente, un poco a pesar suyo, Julia buscó a Sara en su casa. Sara la notó demacrada, ausente, más delgada y muy pálida. Se sentaron a platicar en la misma sala donde el tormento de Julia había comenzado, pues acabo por tomar lo que le había pasado como un castigo por haberle hecho el amor a Sara. – Bueno, no te había visto… te ves cansada – dijo Sara. – Sí bastante… exhausta – respondió Julia. Entonces Julia comenzó a relatarle a Sara lo ocurrido con Arturo el día de la fiesta, fríamente al principio, pero no pudo retener la desesperación y el rencor que recordaba haber sentido en ese momento, así que empezó a llorar. Sara la escuchaba pasmada, tratando de no creerle ni una palabra. Por la cabeza de Sara comenzó a fluir un río de arrepentimiento, por haberla dejado sola, por no haber estado con ella, por haber hecho esa fiesta en vez de ir al cine como Julia prefería, Sara se sintió tan culpable que acabó llorando a la par de Julia. Así se quedaron una eternidad, abrazadas como dos gatos amenazados por la lluvia. 1997 julio de 2006 PerdónameAquel bar era poco menos que un lúgubre antro. Las mesas estaban dispuestas en un orden evidente desde la entrada del lugar, hasta la barra, que al fondo, y como sobrepuesta en una tarima, sobresalía por encima de las cabezas de los clientes. La luz se colaba al lugar discretamente, desde lámparas escondidas en las esquinas que formaban las paredes con el techo. Otra luz, aún más brillante, iluminaba desde el cielo raso al pobre guitarrista, que aún de traje negro y bien peinado, lucía insignificante. Sobre cada una de las mesas, apenas medio metro sobre el suelo, yacía una veladora blanca dentro de un vasito de vidrio. Sus luces insignificantes, además de servir de encendedores, bailaban en las mesas generando toda clase de sombras increíbles sobre las paredes del lugar. La alfombra color chocolate estaba llena de toda clase de contrariedades: una bebida derramada por descuido; una, y quizá más de una, quemada de cigarrillo; manchas que nadie alcanzaría a adivinar a qué clase de cosa pertenecían; vidrios de un pobre vaso que tiró un muchachito, estrellándolo silenciosamente en el suelo. Más allá de la jungla de sabores y colores mezclados en la alfombra, entre una densa niebla de humo de cigarros y cigarrillos, sentado en la barra en mangas de camisa, un hombre miraba atentamente el líquido ámbar que se balanceaba dentro de su copa, mientras en su mano un cigarrillo se consumía con lentitud. No se veía más viejo que el resto de los clientes. Tampoco lucía más joven que el muchacho que habían sacado cargando una hora antes de que él se presentara. Lo cierto es que tenía en la cara esa expresión que divaga entre la locura y la desesperación. Entró en el bar, haciéndose notar todavía menos que el cantante que trataba inútilmente de animar la velada, y sin titubear un momento se sentó en la barra, en el rincón más alejado de la gente y el paso de los meseros. Pidió una copa y le trajeron dos. Sin hacer más que una mueca de extrañeza, el cantinero respondió: “Es hora feliz”. El hombre se bebió las dos como quien bebe agua y pidió una más. Al instante, las dos copas se le aparecieron como por arte de magia, pero esta vez, las bebió con lentitud, como disfrutando el sabor, entre amargo y dulzón, del tequila que le habían servido. “¿Le doy unos limones?”, preguntó el cantinero. El hombre lo miró con desagrado y no le contestó. Siguió sintiendo el sabor del líquido embriagante en la lengua, mientras lo sentía bajar lentamente por su garganta, como un calor creciente, rico, que se expandía desde el centro de su pecho hasta el resto de su cuerpo. Se acabó la copa de una vez, y prosiguió con la siguiente, sólo que antes se dedicó a mirarla. Mientras, una mujer alta, muy delgada, con el cabello evidentemente teñido de rubio y un traje de falda y saco azules que no le ajustaba bien, entró en el bar. Se detuvo en la puerta, como buscando algo, como tratando de mirar por entre la cortina de humo y humores pestilentes que a esa hora flotaba en el antro. Atravesó con dificultad la espesa selva de la alfombra, infestada de mesas y borrachos, se acercó con curiosidad infantil al hombre de la barra, quien ya para entonces había exterminado el cuarto trago, el cuarto cigarrillo, y se sentó. Haciendo gala de modales exagerados pidió una margarita al cantinero. Le trajeron dos, y a la misma mueca del hombre, el cantinero dio la misma respuesta: “Es hora feliz”. La mujer comenzó a beber con lentitud, con pequeños sorbos, la mezcla de tequila y jugo de naranja, sintiendo los granitos de sal del borde de la copa en los labios mal pintados, el sabor a limón en el fondo de la garganta. Cruzó la pierna, en un intento parecer sensual ante los ojos del hombre, quien no la había visto, aunque sabía que estaba ahí. Ella puso su mano sobre la pierna de él, tamborileó las uñas de la otra mano, admirablemente cuidadas, en la barra y sonrió, mostrando unos dientes blancos y derechitos. Un cantinero le dijo a otro: “Esos todavía son de leche”. Ambos se rieron. Ella los escuchó, pero fuera de una mirada plena de desprecio, no hizo mayor caso ellos. “Me das un cigarro,” le dijo a él. Él sacó la cajetilla medio vacía de la bolsa de la camisa, y la dejó con suavidad en la barra. Molesta de seguro, pues esperaba que él le sacara el cigarro y se lo ofreciera con gentileza, tomó la cajetilla y sacó uno. Se quedó buen rato con el cigarrillo en los labios, hasta que uno de los cantineros le acercó el fuego de una de las cuatro veladoras que había sobre la barra. “Gracias, es usted muy amable,” dijo ella. Bebió otro sorbito de margarita, puso ambas manos sobre la mesa y suspiró con pesar. El hombre no hizo mayor caso de la mujer, que bien podía ser una niña. Se dedicó a terminar sus tragos y a ordenar otros más. Esta vez, sólo una copa hizo su aparición. De nuevo, la mueca de extrañeza apareció en rostro del hombre, y el cantinero aclaró: “Terminó la hora feliz”. Él recibió el comentario con la nula alegría con la que recibió la primera noticia y continuó bebiendo. Ella, sentada con la espalda recta, se lamía la sal de los labios, bebía la margarita, miraba a un lado y a otro, fumaba como colegiala y suspiraba sin cesar. “¿Quieres que me vaya?”, le preguntó al hombre. Él no se inmutó en lo más mínimo. Seguía bebiendo a tragos lentos de la copa. “Necesito saber si quieres que me vaya...”, insistió ella, mientras los dos cantineros continuaban haciendo chistes descarados sobre su apariencia de niña, que juega a ser mujer. Ella los miró nuevamente con desprecio, y continuó tratando de atraer la atención del hombre, que ya estaba por pedir a gestos la siguiente copa. “Si quieres que me vaya, no me vuelves a ver... ¿Oíste?”, dijo ella, tratando de ahogar un sollozo con un trago de la segunda margarita. El lugar se vaciaba lentamente. La alfombra continuaba sucia, sin más esperanzas que ser tirada a la basura. Las veladoras en las mesas estaban a punto de apagarse. El guitarrista pasó de las complacencias, a tocar lo que mejor le parecía, inundando el bar con las notas de una vieja canción de amor. “Si me faltaras, no voy a morirme”, cantaba el tipo, en un tono desgarrador que en vez de amor inspiraba lástima. “Si he de morir, quiero que sea contigo”, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras los cantineros compartían sus burlas con los meseros, que ya para entonces estaban recogiendo los restos de la noche. “A este deberían pagarle por quedarse en su casa”, rieron los meseros, haciendo referencia al mal afinado cantante que continuaba su serenata, haciendo caso omiso de los abucheos de los pocos borrachos que quedaban en el bar. “Ya, por favor, dime que no quieres que me vaya”, lloró ella. Él pareció tener un momento de lucidez. El cantante terminaba la canción, los meseros y cantineros miraban con atención, cuando él sacó de su cartera un billete, se levantó con violencia de la silla, tomó con un ademán por demás rudo la mano de la muchacha y puso los cincuenta pesos en ella. Luego, volvió a sentarse, terminó su copa y pidió otra, sin decir palabra. Ella lo miró como no creyendo lo que acaba de pasar, balbuceó algo que nadie entendió y se soltó a llorar. Uno de los meseros, el más joven, no me cabe duda, se apiadó de ella, la tomó de la mano, la sacó a la calle y la subió en un taxi. Luego de la escena, que no tomó más de cinco minutos, todo volvió a la normalidad. Los meseros comentaron la hazaña del hombre con júbilo, los cantineros lo felicitaron y le dieron tragos a cuenta de la casa, y él continuó bebiendo. Entonces me levanté. Yo había estado ahí mucho antes de que él llegara, lo había visto entrar y sentarse; la había visto a ella llegar y comportarse como si fuera una señora en sus dominios; fui testigo de la escena que protagonizaron los dos y que fue comentada por los meseros con tanta hilaridad. Me senté al lado de él, pedí un vaso con agua y él me miró, lleno de vergüenza. “Era ella, ¿verdad?”, le pregunté. “Sí”, me contestó en murmullos. Bebió la última copa, despacio pero de una vez, encendió el último cigarrillo de la cajetilla y me ofreció una fumada. La acepté, y nos fumamos el cigarro compartido en un par de minutos. Ya no había nadie en el bar, sólo los meseros que se preguntaban quienes éramos, y hacían conjeturas absurdas acerca de nosotros. El cigarrillo ya estaba a punto de acabarse, cuando en un ademán torpe, me quemé la media, produciendo la habitual reacción en cadena que deshilacha hasta el fin tan delicados y femeninos atuendos. “¡Carajo!”, exclamé. Él volteó a ver el agujero y su vertiginosa carrera hacia la punta de mis pies. Luego subió la mirada hacia mi cara y me miró, como la primera vez. “Perdóname”, me dijo, todavía susurrando. Lo tomé de la mano. “Vámonos, ya se van a levantar los niños”, le dije. Salimos del bar a eso de las cinco y media, cuando el alba despuntaba en el horizonte. Él continuó viviendo. junio de 2006 Un alma viejaTodavía lo recuerdo. Yo era... yo soy un alma vieja. En verdad no soy un alma, tal cosa no existe, soy sólo un poco de la energía que viaja en el Universo y que tiene vida propia, pero debo llamarme alma, pues suena más humano. Tampoco tuve otra vida, soy un alma extranjera en esta parte del cosmos. Soy algo que la mente humana no puede comprender. Vengo del Universo, a él pertenezco. Percibo mi entorno de una manera total, carezco de piel, de ojos, de oídos, de voz; sin embargo yo sola me basto para captar las maravillas del cosmos con mi ser. Puedes imaginarme como una especie de nube de energía que vuela por el espacio en busca de algo nuevo que aprender. No sé si existan más como yo: he estado sola en el Universo por tanto tiempo que casi no lo recuerdo. He vagado por todas las galaxias y he atravesado el infinito miles de veces. Nací en una estrella lejana, hace más de un millón de años. Me desprendí de ella porque una fuerza me dotó de algo que podrías entender como inteligencia y voluntad. Desde entonces, he viajado a través del Universo, experimentando cosas que ninguna mente humana podría imaginarse, ni en sus más remotos sueños. He visto paisajes que nadie de este mundo puede ni podrá describir, de una perfección inmensa y un caos infinito, y aún así fascinantes. He visto morir a un millón de estrellas, y he visto nacer otro tanto; he cantado con mil voces inaudibles; he escuchado los sonidos del silencio; he tenido sensaciones que no son ni remotamente humanas; he tenido en mí paz infinita y jamás conocí las pasiones ni los sentimientos, hasta que llegué aquí. Caí en la Tierra por casualidad más que por gusto, y siendo vulnerable a su ambiente cargado de sentimientos y emociones, tuve que buscar refugio en algún lado. Y de nuevo la casualidad me trajo aquí, me condujo certeramente hasta ella. Ella era una niña no nata. Carecía de la energía necesaria para mantener su cuerpo con vida, y con su pasión recién adquirida, me llamó. Tal vez por eso viajé desde tan lejos, tal vez desde el principio ella y yo éramos una, pero teníamos que hallarnos mutuamente... No lo sé: soy un alma vieja, jamás dije saberlo todo. Desde que ella vino a su mundo, yo aprendí cosas que nunca hubiera imaginado. A través de sus ojos he visto las grandiosas maravillas de este planeta, he mirado el atardecer en una laguna, al pie de una montaña cubierta por árboles de un verde que ni en sueños pude haber imaginado. Vi una vez el mar, bajo una llovizna persistente, mientras sus olas rompían violentamente en la orilla de la playa. He visto muchas cosas que nunca en mi viaje por el cosmos había visto antes, en ningún lugar del Universo. Me he maravillado con los atardeceres que tiñen el cielo de colores fuera de este mundo, me ha encantado mirar por los ojos de esta niña el cielo, a veces de un azul intenso, a veces negro y estrellado. Ella se ha encargado de enriquecer mi acervo de recuerdos y experiencias de una manera increíble. Pero también ella me ha enseñado a sentir: yo vivo en ella, pero aún le queda una parte humana. Por ella aprendí a sentir un amor incondicional por otro ser, aquello que en este planeta llaman amistad. Aprendí que sus gozos y sus penas deben ser los míos: esa es la lealtad que se han jurado los amigos. He sentido cómo se le desgarra el corazón al ver a su amigo llorándole en el hombro, pero también he sentido que no le cabe en el pecho de la alegría de ver a su amigo sonreír, lleno de felicidad. Y también supe lo que era el amor, pero no el amor de amigos ni el de hermanos, que son la misma cosa, sino ese amor absurdo, que es en verdad más un impulso animal que un sentimiento puro y noble. Y con eso aprendí el dolor: y no hay peor dolor que esperar el amanecer dando vueltas en una cama, escuchando nada más que las lágrimas caer en la almohada. Este amor nos enseñó a darlo todo sin esperar nada a cambio, nos enseñó paciencia y nos enseñó libertad. Pero también conocí otras sensaciones: el odio, por ejemplo. La sensación de desear lo peor a otro ser con la misma pasión con la que al amigo se le desea lo bueno y lo bello, el anhelo de herir con la misma fuerza y con la misma saña con la que te han herido, dejar que te invada el calor y la ira... eso es malo, y a las dos nos gusta sentirlo... sin embargo, aprendimos a evitarlo. Pero por mi culpa, hay cosas que esta niña no ha tenido. Por mi culpa he dicho, porque me he dejado llevar por esas sensaciones tan gratas y tan humanas que me gustan, obligándola a rendirse a mis propios deseos. La he llevado, junto con su propia pasión, a hacer las cosas con una entrega casi por entero mía, a darlo todo en todo lo que hace, a exigirse a sí misma llegar a límites insospechados, a trabajar sin descanso para ser siempre la mejor en todo. Por mí, ella no sabe decir que no, no sabe por que no la dejo, porque quiero conocer hasta el más recóndito rincón y sentimiento que esconde el ser humano. Por mí, ella está cansada de vivirlo todo con intensidad. Ella es hermosa... a pesar de que sus ojos almendrados son el mar de mi vejez y sus tristezas, puede en verdad cautivar con ellos. Tiene una sonrisa tan comprensiva y encantadora que no la cambiaría por nada del Universo. Tiene una calma inmensa, un deseo de ayudar, de poner antes que los suyos los problemas de los demás, tiene una pasión propia por su vida que a veces me hace sentir que estoy de más. Tiene una fe inmensa en lo que puede lograr si en verdad se lo propone y una luz interior que ilumina cualquier habitación en la que entra. Esa niñita que salvé hace tiempo, se ha convertido en un ser maravilloso, es tan especial, que a veces me hace desear ser una de ustedes, para estrecharla entre mis brazos y contarle lo maravilloso que es ser parte de ella. Tiene tantas cualidades que no debiera ser humana, pero esa parte de ella no la he podido cambiar. Por supuesto, también tiene ganas de morir. Tiene ganas de morir por culpa mía. Porque mira al cielo y siente que pertenece allá, al Universo, a otro mundo, porque se frustra al no encontrar un lugar en este planeta que sea bueno para ella, porque a veces se mira en el espejo y no reconoce la cara que en él se refleja. Porque tiene la energía de las estrellas corriendo por sus venas y no sabe qué hacer con ella; porque se siente sola, a pesar de estar rodeada de gente que la quiere; se sabe un espíritu libre y cree que no puede pertenecerle a nadie, siente que su destino es pasar la eternidad sola... Y siente todo eso, por que yo me siento así. Antes de estar en ella, yo viajé a donde quise sin preocuparme por nada, nunca conocí el amor ni el dolor porque nunca fui humana. Gracias a ella he sabido muchas cosas; en diecinueve años he experimentado lo que en un millón de ellos no supe jamás. Está dotada de un poder sobrehumano, tiene facilidad para todo lo que hace, puede incluso leer tu mente en este momento, saber lo que estás sintiendo a kilómetros de distancia, puede llegar tan lejos en este planeta tan material y superfluo... puede ser todo aquello que ha soñado, pero yo no la dejo. Porque significa dejarla ser, y yo no pienso rendirme a esta niña de corazón humano, porque por desgracia para las dos, estoy atrapada en su cuerpo: me lleva entre la piel y los huesos, cada paso que da lo doy con ella, cada mirada que recibe la recibo yo también, cada melodía que aprende, es también parte de mí. Pero no puedo escapar de ella, porque significa dejarla sin vida. Nadie puede comprenderla, no es de este mundo. Es su inexplicable dualidad lo que la frustra por sentirse bien sintiéndose mal, y es por culpa mía. Nadie podría entender qué pasa con ella, ni ella misma puede, a pesar de que su inteligencia es asombrosa, nadie puede concebir que un ser casi perfecto tenga una lucha interna a cada momento, pero no es ella contra quien pelea, es contra mí. Yo sé que su pesar se acabará algún día, el día en que esa pasión que me hace tan feliz se termine, el día en que la llama de su vida se extinga para siempre, cuando cansada de la guerra que pelea cada día, se quede profundamente dormida y no quiera despertar jamás. Quizá nunca debí salvarla de la muerte. Debí dejar que su vida se acabara en el vientre de su madre, debí alejarme de ella y jamás conocerla. Pero ella bien sabe que el arrepentimiento de nada sirve. Yo no puedo ayudarla. La energía del Universo no se jacta de ser compasiva con los seres débiles, y aunque ella posee una fuerza que me asombra, algún día acabará por cansarse. Y se cansará, se morirá de tristeza por no poder ser como el resto de ustedes, de no tener la momentánea alegría que les causa a ustedes aquello que tanto me sorprende del ser humano: la de llevar una vida sencilla. Ella, ¡pobre! todavía tiene la esperanza de descansar de mí, sin saber siquiera que yo soy la que la obliga a quedar vacía. Se cansará ella primero que yo. Yo estoy dispuesta a seguir en ella, portándome todo lo egoísta que pueda para seguir acumulando experiencias. El día que ella muera yo emigraré a otro lado. Sé que casi la amo, la quiero con todo mi ser, pero al morir ella, sólo quedaré yo, sola de nuevo, y quiero llevarme conmigo lo mejor y lo peor de este planeta, de esta conciencia de los sentimientos humanos, que tanta experiencia me han dado. Sé que algún día ella considerará esto como una respuesta, como una certeza de la causa de su continua tristeza... le tocó la mala suerte a un corazón joven de tener por alma un alma vieja, y sé que ella es muy inteligente y sabrá y entenderá que debe complacerme. Lo hace en este momento, mientras escribe, y tú no lo notas mientras lo lees, pero soy yo la que a través de ella escribe estas líneas, y en este momento, lees lo que yo veo de ella cuando se mira al espejo, aquello que tú no miras cada vez que la ves, aquello que sólo yo puedo entender. Presta un poco de atención a sus palabras, y te darás cuenta que suena como la voz de las estrellas, y que por ella habla la experiencia de un millón de años de existencia en el Universo. Ahora, puedes pensar que está loca, o que tiene una gran imaginación al escribir esta historia: eso está bien para los pobres humanos. Pero cuidado: no es ella, soy yo... o quizá somos las dos... junio de 2006 Le llamaban locaPara el hombre la pasión es un torrente;
para la mujer es un abismo.
Concepción Arenal
I
La pequeña sala de conciertos albergaba tensión, y no era para menos. Aquella mujer, sentada en la tercera fila, no dejó de llorar durante la interpretación del chelista, y gritaba y aplaudía con entusiasmo rabioso al final de cada movimiento. Al término de la presentación, la gente se puso de pie y salió con prisa, notablemente molesta con el encargado de la sala, quien había hecho un intento estéril por sacar a la mujer durante el intermedio. Sola en la sala vacía, ella lanzó un último suspiro, se secó las últimas lágrimas y salió.
II
El violonchelo todavía estaba donde él lo había dejado: sobre el tapete de la sala, junto a la silla de pino que usó toda la vida para practicar las seis horas diarias de siempre. El arco, aún tenso, estaba sobre el atril, junto a la partitura de las Variaciones sobre un tema rococó de Tchaicovsky que no había terminado de estudiar, aunque lo había interpretado mil veces antes. El ocaso a las seis de la tarde se colaba por las cortinas de un ventanal enorme, y un haz de luz le daba un aire místico, casi mágico, a aquella imagen de inspiración interrumpida.
Ella, sentada como toda la vida al fondo de la sala, sosteniendo entre sus manos el libro que nunca llegaba a su fin, se detenía. En su cabeza, seguía escuchándolo afinar el instrumento, lo escuchaba cantar cada nota mientras repasaba, con una lentitud más allá de la paciencia, cada uno de los compases hasta que le parecía perfecto. Invariablemente, ella entornaba los ojos y podía aún distinguir su silueta entre la luz derramada sobre la silla de pino.
La visión duraba apenas un instante. La oscuridad llenaba luego la habitación y ella sentía de nuevo un nudo en la garganta: él no estaba ahí. Ahogaba las lágrimas en un suspiro y se acurrucaba en el suelo junto al chelo, sin tocarlo, apenas acercando la nariz para que el aroma a brea y a madera de maple la llevara al pasado, a esa vida que ahora extrañaba tanto.
III
¿Te acuerdas que había luna el día que nos conocimos? ¿Te acuerdas? No podría olvidar ese día nunca: la manera en la que me miraste, con tus ojos tan hermosos y ese hoyuelo en tu mejilla, nunca la podré olvidar. Yo creo que te quise desde ese día, desde ese momento. Ya sé que vas a decir que no diga tonterías, que el cariño no aparece así, que tú no me pudiste querer sino hasta mucho tiempo después, pero no me importa, la verdad es que yo sí te quise desde el primer momento. Siempre me pregunté qué sentías por mí. Ahora que tengo tanto tiempo para pensarlo con calma, creo que no me quisiste ni un poquito. Sólo tenías tiempo para ese chelo, para estar tocando y ensayando y pasándotela en conciertos, en viajes, lejos de mí, de nuestra casa. ¡Maldito sea ese instrumento del demonio! ¡No! ¡Espera! ¡No quise decir eso! No es cierto, no es un instrumento maldito, lo que pasa es que nunca voy a ser capaz de estar a su altura para ti… yo sólo quiero estar en ti, en tu corazón, en tus pensamientos, en tus manos, pero sólo tienes ojos y oídos y cabeza y sentimiento para la música, para esa infeliz celosa que nunca te ha dejado acercarte a mí… ya lo sé, no es mi culpa. Desearía ser de madera, desearía hendirme un cuchillo y hacerme un par de efes junto al ombligo, y ponerme llaves y cuerdas y así poder estar cerca de ti, tenerte alrededor de mi cuerpo, sentirte vibrar con los sonidos de mis entrañas… pero no ves que eso es todo lo que tengo: el sonido de mis entrañas, no hay nada más que eso, esos gritos que me ahogan la garganta desde el día ingrato en que te conocí y que me enamoré de ti. Cada nota que tocabas era como un leño más en la hoguera de mi alma inmortal que arde sin remedio, sin remedio prendada de ti, sin remedio condenada a padecer el abandono. ¿Por qué nunca pudiste darme un poco de cariño? Nunca una palabra tierna, nunca una sonrisa cómplice, nunca una caricia que no fuera animada por tus instintos animales…Si no me querías ¿por qué nunca lo dijiste? ¿Por qué te empeñaste en alimentar una farsa, una mentira, que a medias aplacó las presiones que tus padres hacían sobre ti? ¿Por qué no pudiste amarme? ¿Por qué te pareció tan malo que yo te amara? ¡Te quise más que a nada, hijo de puta!
IV
Con su abrigo bajo el brazo, ella caminó con la mirada perdida hacia la calle. Era temprano: el concierto había terminado mucho antes de lo que hubiera querido. En su cabeza, seguía escuchando las notas graves y los arpegios, y seguía viendo las manos maravillosas del intérprete sobre las cuerdas de su chelo. En su cabeza, ella despertaría en cualquier momento, para ir a sentarse en la sala de su casa y verlo practicar otra vez.
En la puerta del centro cultural, una cara familiar llamó su atención.
-¡Ay, señora!-, le dijo la acomedida y aún discreta sirvienta. La tomó del brazo y se disculpó con el guardia de la entrada, alegando que la señora no estaba del todo bien.
-¡Pero si no estaba haciendo nada malo!-, repuso ella, en un momento de aparente lucidez.
Decir que ‘los muchachos del barrio la llamaban loca’, más que una referencia oportunista a cierta canción que había sido popular varios años atrás, es un hecho comprobable: todavía muchos años después los vecinos de la cuadra se acordaban de ella, y el colarse de noche a los jardines de la casona abandonada donde había vivido era parte del rito de iniciación de los jóvenes de la colonia.
Sobre ella habían surgido una cantidad de historias increíbles y se hablaba más que del marido al que, según la leyenda negra, ella había acuchillado durante el sueño, volviéndose loca para evitar la culpa. Lo que sí era cierto es que la sirvienta –que en algunas versiones de la historia era su suegra, y en otras su hermana-, la había rescatado muchísimas veces: algunas de una madre de familia furibunda, otras de la policía, unas más de gente ajena al microcosmos de la colonia que se topaba con ella, mientras paseaba en el parque frente a la iglesia.
Pero a ciencia cierta nadie supo nunca porqué estaba tan perturbada, ni tampoco se explicaban cómo permitían que estuviera suelta por ahí, en vez de recluida en un sanatorio. A pesar de ello, acabó por parecerles curioso y hasta simpático que se colara a los conciertos que había en el centro cultural, y les parecía también gracioso que pusiera en aprietos a los guardias. Hasta verla caminar por las calles de la colonia, balbuceando, lloriqueando y riendo alternativamente, acabó por ser tan natural como el alumbrado público que raramente servía.
V
Un segundo le bastó para enamorarse de él. Ni siquiera tuvo que escucharlo tocar el violonchelo para sentirse profundamente conmovida por su sola presencia. Un vistazo dentro de aquellos ojos color caoba, dentro de aquella mirada casi inexpresiva de animal agazapado, le fueron suficientes para caer en sus abismos.
Tenía a penas diecisiete años. Ni tiempo tuvo en la vida para averiguar lo que era el desamor, porque él la aceptó así como había llegado: joven, inocente y enamoradiza. Él nunca se preguntó qué hacía una chamaca en su vida; jamás le importó tampoco, porque ella le bastaba para calmar las inquietudes de sus padres, que se preocupaban de que su pequeño tuviera tiempo, entre tanto estudio y tanto andar de arriba para abajo con ese maldito chelo, de dejar un heredero. Los preámbulos nunca fueron su especialidad, así que se había casado con ella apenas un mes después de haberla visto por primera vez en los jardines de la escuela de música.
Por lo visto, la vida conyugal tampoco era su especialidad. Se le hacía suficiente verla por las noches, cuando su agenda así lo permitía, y compartir en silencio una cena preparada por una acomedida y discreta sirvienta. De vez en cuando la dejaba sentarse a leer en el sillón de la sala, y escucharlo practicar durante un par de horas. Más raramente, él acercaba su cuerpo al de ella por las noches para satisfacer algún instinto carnal.
Poco enterada de las cuestiones prácticas del matrimonio, y todavía más ignorante de sus aspectos sustantivos, ella se esmeraba por hacer como su marido le decía. Pasó años adorándolo en silencio, contemplando aquellas manos deslizarse sobre las cuerdas de ese instrumento al que ella, ni por asomo, podría reemplazar en el corazón de él. Hacia el final, ella pensaba que odiaba aquella caja de música con todas las fuerzas de su corazón desengañado.
VI
La sirvienta se las arregló para llevarla de vuelta a la casa. Atrancó la puerta del jardín y casi se cae de espaldas cuando uno de los perros guardianes se le fue encima.
-¡Atrás Allegro!-, le gritó.
Ella ni siquiera se percató del incidente. Se fue directamente a la sala, a sentarse en el sillón y a mirar el rinconcito abandonado del músico, que ahora el violonchelo ocupaba exclusivamente. Estuvo sentada sin hacer ningún ruido durante tres horas, y luego se levantó. Caminó hasta la escalera y comenzó a subir mientras se quitaba la ropa y lo llamaba a gritos. Se encerró en su habitación y, pensó la sirvienta, se quedó dormida.
Aquél comportamiento ya no la espantaba. La señora había estado muy mal desde que una tarde, hacía unos años, su marido había muerto. Él estaba sentado en la sala, practicando, mientras ella leía con calma desde el sillón, y de vez en vez distraía la lectura para contemplarlo con curiosidad, deseo reprimido y cierto recelo. De repente, él se detuvo tan abruptamente que ella tuvo que alzar la vista. Él colocó el instrumento en el suelo con todo cuidado, puso el arco sobre el atril y le dijo “me muero”. Acto seguido, se desplomó.
El doctor trató de explicarle que su marido había sufrido una serie de ataques causados por coágulos sanguíneos que habían acabado malamente en su cerebro, matando toda posibilidad de que se recuperara, aún si hubiera llegado con vida al hospital.
Ella no daba crédito a sus oídos. No podía concebir que el hombre al que había amado más que a su vida se hubiera extinguido como la nota final de un largísimo concierto. Más aún, no podía creer que la única vez que él le había hablado con toda franqueza y sin un tono de mando, había sido para anunciarle su muerte. Durante el sepelio, se aferró con tal fuerza al ataúd que un médico tuvo que inyectarle tranquilizantes, en una dosis de caballo que la tumbó en la cama por tres días.
A partir de ahí, su conducta comenzó a cambiar de a poco hasta que, meses después, ya se hablaba de ella en el mercado como La Loca. La sirvienta no sólo la había encontrado muchas veces acostada en la sala junto al instrumento que se rehusaba a mover, sino que también tenía que alejarla de las ventanas del primer piso de la casa, cuando se acercaba a llamar al marido finado a gritos, completamente desnuda. En la calle, reía y lloraba y cantaba y maldecía en compases de cuatro cuartos, en movimientos largos y en la menor, hasta que algún asustadizo mandaba llamar a la patrulla y se la llevaban.
Sí, de seguro que aquél día, la pobrecita estaba exhausta. Se había pasado la tarde en el parque, luego se había metido a escuchar a ese chelista en el centro cultural, y había estado despierta mucho tiempo. De seguro estaba muy cansada, pensó la sirvienta, porque tan pronto como la escuchó entrar en su cuarto, no escuchó nada más.
VII
Cuando estás entre mis piernas, abrazándome con furia, eres mi chelo. He visto cómo tú sientes que esa caja de madera vibra y resuena, y siente, cómo la rodeas con tus piernas y brazos, y la acaricias y la tocas, cómo aprietas sus costados suavemente con las rodillas, cómo la atraes hacia tu centro y la dejas ser, y la dejas cantar y gritar y susurrar. Así siento que vibras y resuenas y sientes cuando estás haciéndome el amor.
VIII
La sirvienta la encontró desnuda, metida en la tina, atiborrada de las pastillas para dormir y calmantes, que a últimas fechas no hacían más que atolondrarla un par de horas. En la pared de la habitación, escrito con un lápiz de labios que alguna vez vistió su carita de niña, leyó una frase: “Te quise más que a nadie, hijo de puta”. Cuando el ministerio público tuvo toda su declaración, la sirvienta acomedida limpió la casa, dejó el rincón del músico como había permanecido los últimos años, y dejó el libro eternamente inacabado sobre el sillón de ella. Discretamente hizo sus maletas y volvió a su pueblo, treinta años más vieja y decidida a no hablar de las cosas horribles que le pasa a la gente que se complica la vida por tomársela tan en serio.
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