Nadia Lizette 的个人资料El rincón poético de YuY...照片日志列表 工具 帮助
2006年12月

Al Amanecer

I

Arturo la mira acercarse. Se percata de que, bajo el breve vestido de algodón, la redondez de sus pechos no puede disimular sus pezones, erectos de frío. La adivina nada más con la mirada, porque no le pondría una mano encima a menos que ella se lo permitiera. Suave, como un suspiro, ella lo saluda con un beso en la mejilla, se sienta a su lado, y al cruzar la pierna él se percata de una marca que mancha la blancura casi inmaculada de su piel.

– ¿Cómo has estado? No he podido terminar de revisar el proyecto, pero lo que llevo se ve bien– dice ella, mientras con un ademán le pide un café a la mesera.

– ¿En qué vas? Porque si quieres mejor revisamos lo que te falta, para que ya lo mande. Hay enviarlo antes del jueves –.

Ella no accede, quiere revisarlo todo: si ya va a perder la tarde, que sea para bien. Saca de su enorme bolso una libreta y una pluma, y de una carpeta algunos folios resaltados con marcador y llenos de notas a lápiz.

– Mira, esto es lo que he visto…– comienza ella.

Arturo la escucha, pero su atención está en otro lado. Su mirada se pasea por los lunares de sus piernas blanquísimas, y se detiene insistente sobre esa marca. Es oscura, sin duda reciente, y del tamaño exacto de la huella de un pulgar. Es la huella del pulgar de un hombre.

El pensamiento lo incomoda. No sabe bien a bien por qué, pero que ella tenga la marca del dedo pulgar de un hombre sobre la pierna, por encima de la rodilla, no le gusta nada. Se detiene en ese pensamiento. Ella no sería tan descarada, no. Si fuera el pulgar de un hombre ella habría evitado a toda costa el vestido por encima de la rodilla. Por supuesto.

– Entonces creo que esto lo pasamos al objetivo general, y después habría que hacer dos o tres indicadores para…– ella continúa su diatriba mientras él se la aprende de memoria.

Siempre le gustaron las mujeres inteligentes. Siempre le gustaron las mujeres bellas. Tener en una a los dos ideales es una maravilla, y se lo hace notar en su nerviosismo y en su mirada anhelante. ¿Lo sabrá? Claro que lo sabe, no hay duda. Si lo sabe, entonces no podría haberse puesto ese vestido y dejado que él viera la marca de la mano de otro hombre sobre su pierna. ¿Estará tratando de provocarle celos? ¡Las mujeres son especimenes impredecibles! Sí, cabe la posibilidad de que esté tratando de celarlo. ¡Incluso es posible que esa mancha se la auto infringió para crear esta ficción! O tal vez fue un accidente, en el gimnasio, en la oficina. Ante esta feliz posibilidad, porque la torpeza femenina es más reconfortante que la otra alternativa, Arturo se disculpa y marcha al sanitario, con una sonrisa de alegría y felicidad.

II

Quisiera arrancarme la piel a jirones para quitarme del cuerpo la marca de tus manos, pero al mismo tiempo desearía que esos moretones, esas marcas, esos rasguños, quedaran –como tú – sobre mi piel para siempre.

III

La misma escena se repite, pero Mauricio sí que ha paseado sus manos por ese cuerpo, y por supuesto que ha besado esa boquita que le fascina, ese rostro de hermosura incomparable, ese cabello castaño que a su tez pálida le sienta tan bien. Ella lo abraza como si hace mucho tiempo no se vieran, y lo saluda, suave, con un beso en la mejilla.

– ¿Cómo te fue?– pregunta él tomándola por la cintura y llevándola con dulzura al abrigo de sus brazos.

–Bien. La verdad es que no había por qué apanicarse, pero ya te conté cómo es Arturo, ¿no? Quiere todo ya y revisado veinte veces. Eso me choca, como que siento que no confía en mí, como si de plano fuera yo una bruta y no…– Mauricio la calla con un beso y le sonríe.

–No eres una bruta – ríe, – lo que pasa es que el tipo es un histérico –.

El capitán de meseros les señala una mesa con vista a la plaza. Los viernes, Coyoacán todavía es bastante menos nefasto que el resto del fin. Nada como halagarla con esa cena, que él originalmente había planeado como comida, un vinito y luego… la velada ya se le antojaba romántica.

De pronto, la escena se repite. ¡Maldito Nietzsche! Ella cruza la pierna y esa mancha negra desfila ante los ojos de Mauricio. Él decide pensar antes de reaccionar. Respira, disimula, ordena una botella de tinto y revisa la carta. De reojo, por supuesto, también la revisa a ella.

La verdad es que la conoce apenas hace un mes, y llevan saliendo ‘formalmente’ dos semanas, pero desde que la vio se le antojó todo con ella. Para él, pese a él, conocerla ha sido amarla.

–Ya ni te pregunté, ¿cómo estuvo lo del sábado?– dice, mientras extiende frente a ella la llama del encendedor. La punta del cigarrillo cruje con el fuego y por un momento su cara se ilumina. Ella desvía la mirada y saca el humo despacio, suave. Si no le chocara tanto ese maldito hábito, Mauricio incluso diría que es sexy.

–Muy tranquilo –. Ella sonríe al mesero. La cena sigue su cadencia natural y Mauricio incluso se olvida del moretón en su pierna. Caminan por la plaza. La noche ya está bien asentada sobre ellos. Pasando el brazo sobre sus hombros, Mauricio la mira bajo la luz de las lámparas del alumbrado público y se pregunta si esta noche tendrá suerte. Como adivinando, ella se detiene, lo besa en los labios con suavidad y le sonríe.

–Ya sé qué haría de esta noche inolvidable –, le dice.

Mauricio no anticipa su emoción, porque ella baja la mirada. Pese a la luz amarillenta él la mira sonrojarse y la escucha añadir: –pero justo esta noche no puedo –.

–No te preocupes, – la tranquiliza, – será cuando tú quieras –.

–Y pueda –, sonríe ella.

La acompaña hasta su auto. Le da un beso de despedida y la mira marcharse. Entonces, y sólo entonces, la mancha sobre su pierna se aparece desde el fondo de su memoria, y le parece que si hay algo más detrás de aquel “muy tranquilo”, esa mancha en su muslo blanco lo mostraba todo.

IV

Esteban sabe que al día siguiente, a esa hora, estará volando a Londres. Por eso la mira, la sigue, la acecha. Es su fiesta de despedida, así que puede darse el lujo de seguirla aquí y allá con la mirada, de robarla dos segundos para un abrazo, para una foto. Pero de pronto sabe que es definitivo. Es un momento de “ahora o nunca”.

V

Arturo vuelve del sanitario. Pese a que acaba de lavarlas, siente que le sudan las manos. ¡Ella lo pone tan nervioso! Como el día que el jefe se la presentó: transpiraba a chorros y deseaba que todo pasara rápido.

La ha invitado a salir un par de veces, pero siempre acaba por quedarse sumido en un mutismo inexplicable, y no halla qué hacer. Al contrario, ella habla y ríe con naturalidad, roza sus brazos con sus manitas blancas y no se da cuenta –o pretende ignorar – que él se estremece hasta sus cimientos.

– Bueno, pero dime cómo te va. ¿Qué has hecho?–

Ella lo mira incrédula, como si no fuera evidente que le va mal por tener que reunirse con él para trabajar un viernes por la tarde, en vez de hacer cualquier otra de las cosas que quería hacer con su viernes, cualquier otro de los planes que quedaron postergados.

– Pues bien, mucho trabajo, ¿no? – le responde.

Arturo se da cuenta de que la ha incomodado y antes de hundirse en el silencio decide aventurar un “¿Y qué tal los galanes?”. Realmente él no pretendía enterarse, y de hecho, nosotros sabemos que él preferiría no saber. ¡Pero la pregunta le salió con tanta naturalidad!

– Bien, mi novio y yo llevamos apenas dos semanas. De hecho, al ratito voy a verlo para cenar –, le contesta ella.

¡Apenas dos semanas! Él siente que el corazón se le encoge. Hace tres semanas él la llevó a desayunar. Hace dos y media, al cine. Hace dos semanas él decidió que esa mujer le fascinaba, y hace una estuvo a punto de confesarle todos los secretos de su corazón. Y hoy, ahí, ahora, estaban los dos y ella tenía un novio, que de seguro era un brusco, un patán, un toro de lidia que le había dejado la marca de su pulgar en un arrebato incontenible de pasión.

– Pero bueno, no te aburro con los detalles, mejor vamos a acabar esto, ¿no’ ¿Qué nos falta? –, agrega ella suavemente.

VI

No puedo querer lo que quiero, sólo puedo querer lo que puedo. Quiero que mi boca se aprenda de memoria cada esquina de tu piel. Puedo esperar tres años.

VII

– ¿Me presta a la licenciada? – Esteban interrumpe una conversación, la toma del brazo y la conduce a una parte de la casa fuera del alcance de las miradas de los demás.

– Gracias por venir –, le dice, abrazándola. La mira a los ojos.

– No me lo hubiera perdido por nada –, responde ella.

– Te adoro mujer, aunque no lo creas –.

– Sí te creo –. Esteban la abraza y la besa los labios con suavidad. Ella estalla, despierta, responde. Lo abraza con furia y lo besa en un arrebato incontenible de pasión.

VIII

Mauricio decide no volver a su casa aún. Se mete en un bar, pide una cerveza y se queda rumiando un pensamiento. “Muy tranquilo”. Ella bajó la mirada. Definitivamente, la conoce poco pero sabe que está ocultándole algo.

Un beep anuncia un mensaje en su teléfono celular. “Ya estoy en casa”. Decide no creerle y le marca.

– ¿Hola?–.

– Hola –.

– ¿Qué pasó, ya llegaste? –, pregunta ella inquieta.

– No, al rato… es que me llamó Manuel, quiere que veamos algo del grupo, entonces ahorita viene y voy a estar un rato aquí en El Mesón –. Todo es mentira menos lo último.

– Bueno. ¿Te veo mañana? –

– Sí, te hablo –.

– Besos –.

– Bye –.

Mauricio se termina la cerveza y sale. La noche, despejada, lo hace sentir mejor. Ella tenía una fiesta el sábado. Fue sola, porque él no podía acompañarla. Hoy le cancela la comida y se va con el tal Arturo a “trabajar” toda la tarde del viernes, en un proyecto que es para el siguiente jueves. Se ven para la cena y ella tiene un moretón en el muslo.

Definitivamente está ocultándole algo.

XI

El sabor de tu piel. Tus manos frías. El color de tus ojos. El arco de tus cejas. El grosor de tus labios. Tus manos blancas. Tus lunares. Tu cuerpo blanco. Tu corazón. El sonido de tu risa. El sonido de tu voz. Tus ojos tristes. Nuestra única noche. Nuestra última noche.

El inventario de mi historia inacabada contigo.

X

Al amanecer, Esteban la tiene entre sus brazos. Están frente a la puerta de la casa, diciendo adiós. La mira con ternura y le pide que no se vaya. Ella ríe y le dice tengo que irme. ¿Te puedo pedir algo? Déjame algo tuyo.

Van de vuelta a la recámara. Él se sienta en la cama, la mira quitarse la ropa otra vez. Ella desliza la tanga hacia sus pies con descaro y sonríe con picardía. Él la toma con el mismo gesto.

– Esta me la llevo, ¿eh? –. La acompaña al auto. La besa por última vez y la mira marcharse.

Él estará en Londres tres años, haciendo un doctorado.

Ella estará en México recordando cómo te sentías en sus brazos, en sus labios, entre sus piernas y sobre su piel, bajo la luz del amanecer.

2006年9月

Violetas

No hay en el mundo nada peor que una mujer, excepto otra mujer.

Aristófanes

 

 Julia salió corriendo de la casa de Sara. Tenía frío, tenía miedo y estaba asustada. Corrió y corrió hasta que al fin se sintió sola. La soledad era lo único que le quedaba, Sólo así se sintió segura, y después de esa horrible experiencia en casa de su amiga, necesitaba espacio para poder respirar y para volver a sentir el corazón y las ideas en su lugar.

Julia era alta, bonita y muy blanca. Tenía el cabello oscuro y largo y la cara bañada de pecas. Apenas tenía diecisiete y estaba acostumbrada a estar sola, porque todo el mundo le tenía un poco de miedo o incluso compasión. Julia era lesbiana. Su única amiga en el mundo era una chica menor que ella, llamada Sara. A pesar de tantas diferencias, desde la edad hasta los gustos, las dos se entendían, porque Sara sospechaba de la homosexualidad de Julia pero ignoraba amablemente el hecho, mientras Julia estaba perdidamente enamorada de ella. A veces Sara creía notar una mirada muy particular en los ojos de su amiga, especialmente cuando estaba hablando, algo así como una mirada de mascota abandonada, como si la oyera pero no la escuchara, como si tratara de ver más allá de ella. Sara prefería ignorar esas miradas, y continuar hablando de cualquier cosa, porque ella podía estar diciendo que el Papa fuma marihuana o que la Tierra todavía es plana, igual Julia asentía y continuaba su escrutinio minucioso. En realidad a Sara no le importaba mucho que Julia fuera extraña: era la única mujer a la cual podía considerar su amiga y la única que realmente deseaba estar con ella.

La primera vez que Julia vio a Sara fue en una fiesta. Julia estaba sentada en un rincón, sola. Miraba a los muchachos embriagarse y bailar desordenadamente frente a ella. Estaba en extremo aburrida, pero su madre insistía en convertirla en un “animal social”, así que la mandó a la fiesta. Julia llegó, tomo una cerveza y se fue a beberla a un rincón, mientras el deplorable espectáculo de los adolescentes cayéndose de borrachos se desplegaba frente a ella. Así transcurrieron unas dos horas, y cuando Julia decidió marcharse, algo la detuvo. Una visión. Una muchacha, tendría unos quince, pensó Julia, entró en su vista. Tenía el cabello rizado hasta los hombros, color ocre brillante, al igual que sus ojos, enmarcados por unas pestañas largas, negras y hermosas. Tenía una boca pequeña, de labios delgados y rojos y una nariz chiquita y respingada que a Julia le pareció deliciosa. La vio pararse en medio del gentío y comenzar a bailar en los brazos de un chico enorme. Julia ni siquiera lo miró de momento. Vio que ella llevaba la espalda descubierta y el corazón se le aceleró tan sólo de pensar en besar esa espalda, centímetro a centímetro. Julia sintió ganas de tomarla por la cintura y abrazarla fuertemente, de sentir su pecho contra el de ella y besarle ardientemente la boca, los ojos, el cuello. Julia vio entonces que el hombre bajaba su mano por la espalda de ella, la recorría deliciosamente lento, llegaba hasta  su cintura y la metía en la bolsa trasera del pantalón de la muchacha. Julia se sintió furiosa cuando lo vio besarla y manosearla, se enojó de tal manera que prefirió no ver nada más. Se levantó y se fue, loca de celos.

Para el lunes siguiente, Julia ya sabía que aquella niña tan hermosa era Sara. Sabía que tenía dieciséis años, que vivía sola con su padre alcohólico a quien sólo veía de vez en cuando. Se enteró también que Sara, como su padre, era alcohólica, drogadicta, desgraciadamente heterosexual y peor aún, era promiscua. Tenía fama de zorra, y según Joana, la chismosa oficial de la escuela, Julia supo que Sara había tenido un aborto ese año, estuvo a punto de morir por sobredosis y se había acostado con la mayoría de los chicos de la escuela, incluyendo el equipo entero de fútbol, el de tenis y los chicos serios de último semestre. Además, ninguna mujer en la escuela entera la toleraba más de tres minutos.

A pesar de ese antecedente, el cual Julia sabía que viniendo de Joana era verdad sólo a medias, Julia siguió pensando que Sara era divina y que, pasara lo que pasara, ella la conocería antes del final del día.

Con sus convicciones firmes al respecto, Julia empleó el día en seguirla a todos lados, hasta que, al fin, se encontró “casualmente” con ella en el baño. Julia empezó a llorar.

– Hola, ¿Qué te pasa?– preguntó Sara al ver a Julia llorando.

– Hola… me llamo Julia…– contestó entre suspiros.

– Yo soy Sara, a ver dime qué te pasó, cuéntame – insistió Sara.

– Es que… es que… es que se murió mi perro – respondió Julia, pues no se le ocurrió otra cosa, luego reanudó el llanto.

– ¡Ay, pobrecita!– dijo Sara, abrazándola,– ven aquí, no llores–.

 Julia sonrió para sus adentros, y procuró no abrazarla demasiado fuerte, para evitar delatarse. Acto seguido, Sara la llevó a la cafetería, le compró un café y la animó con sus ojos ocre y su sonrisa roja.

A partir de ahí, Sara encontró en Julia la amiga que siempre necesitó, y Julia vio casi realizado su sueño de amor platónico con Sara.

Sara era muy inocente respecto a la sexualidad de Julia. Pensaba que, a pesar de ser mayor, Julia todavía era virgen, pues cada vez que salía el tema Julia lo evadía, por miedo o por pena, pensaba Sara. La verdad era que Julia era un tanto como Sara cuando tenía su edad, pero sus relaciones heterosexuales no fueron del todo agradables para ella. También sostuvo varias relaciones con mujeres mayores y fue entonces cuando Julia supo a ciencia cierta que era lesbiana, hecho que la marcó para toda su vida, pues sentía que lo tenía escrito entre las pecas de su nariz, lo cual la volvió sumisa, callada, a veces antipática y poco a poco la llevó a estar un tanto sola.

Una tarde Sara y Julia estaban en casa de Sara, bebiendo cerveza y fumando marihuana, sentadas en la alfombra de la sala. Sara empezó a quitarse la ropa, pues a ella le parecía perfectamente normal quitarse la ropa delante de su amiga. A Julia le parecía irresistible verla danzar de un lado a otro en ropa interior. Ese día en particular hacía calor. Julia miraba ansiosa el cuerpo semidesnudo de Sara, y el alcohol y el calor la llevaron a quitarse la ropa también. Sara no se sorprendió, pues su estado, provocado por la droga y el alcohol, la llevó a reír de su amiga, de la mirada excitada de Julia, de su cabello oscuro.

Sara se tendió boca abajo en la alfombra. Sin dejar de mirarla, Julia se sentó a su lado y comenzó a acariciarle la espalda.

– Estoy muy tensa – dijo Sara, ignorando la mano de Julia sobre su trasero.

Sin decir nada, Julia se montó en la espalda de Sara y comenzó a darle un masaje suave en los hombros y la espalda, deslizando sus manos lentamente. Con un movimiento casi de ternura, Julia le desabrochó el sostén. Y moviendo las manos suave, lenta, cadenciosamente, Julia extendió el masaje de los hombros y la espalda, al pecho de Sara. Ella giró sobre sí misma y miró a Julia a los ojos. Julia la besó y ella malamente le contestó el beso. Julia pasó sus manos por todo el cuerpo de Sara, la besó, la abrazó, la acarició hasta que se consumó para Julia el amor desesperado y el deseo reprimido que sentía por Sara. Y Sara se entregó temerosa a la pasión nueva que se le mostraba, pero prohibida por la naturaleza: dos mujeres haciéndose el amor.

Quizá Sara no se percató de nada sino hasta la mañana siguiente, cuando despertó en su cama, desnuda, medio dormida y con dolor de cabeza, en los brazos de Julia. Asustada, dio un salto fuera de la cama.

–¿Qué pasó aquí? – gritó Sara llena de espanto.

– Nada que tú no quisieras – respondió tímidamente Julia.

–¡No es cierto, tú te aprovechaste, yo estaba muy volada!– gritó de nuevo Sara.

– Lo siento… ¡Perdóname!– contestó Julia rompiendo en llanto.

Sara no tenía el corazón tan frío como para no sentir compasión por Julia. Volvió a sentarse a su lado, la abrazó y la hizo confesar la raíz de todo aquello que Sara prefería olvidar. Al final de su relato, de la historia de su vida, Julia volvió a disculparse. Sara la besó en la mejilla reiterándole su amistad, la dejó sola y se fue a la cocina a prepararle algo de comer.

Sola en la cocina, Sara comenzó a llorar. Se sentía traicionada, frustrada, ultrajada. Sentía que tal vez sin quererlo, Julia había abusado de ella, pero ella también tenía la culpa, también pues lo había permitido. Lloró amargamente un rato, mientras  preparaba el desayuno. Muy a pesar suyo tuvo que dejar todo eso atrás, pues por encima de todo Julia era su amiga, su única amiga, y necesitaba de ella.

Una vez “olvidado” el asunto, Julia y Sara trataron de hacer como que nada había pasado. No mencionaron el asunto nunca, en ninguna ocasión y por ningún motivo.

Así las cosas, Julia estaba por cumplir dieciocho y Sara le preparó una fiesta. Estaba en su fuero íntimo decida a cambiar a Julia, pues creía que aún podía “salvarla”. Sin saberlo Julia, Sara invitó a la fiesta a todos los chicos guapos de la escuela. Al fin y al cabo alguno le agradaría a Julia y él sabría cómo resolver el problema. Mientras, ella podría darse gusto con alguien más.

El día de la fiesta, Sara metió muy a la fuerza a Julia en un vestido sumamente corto y escotado, le peinó el cabello con la secadora y la maquilló perfectamente.

La gente empezó a llegar a casa de Sara a eso de las nueve. Todo el mundo la felicitó y parecían estarse divirtiendo, bebiendo y bailando. Sara se perdió de vista un momento, pero al volver encontró a Julia platicando animosamente con Arturo. Él jugaba baloncesto, y era alto, delgado y guapo, además de muy amigable. Sara sonrió al verla. Ella había logrado hacer lo que su madre no pudo: convertir a Julia en una persona sociable y amigable. Viendo lo bien que iba todo, Sara se metió al estudio con un amigo.

Mientras ella se entregaba a la droga y al amigo, Arturo tomó de la mano a la ya un tanto ebria Julia y subió con ella a la recámara de Sara.

En la oscuridad, Arturo comenzó a besarla, primero suavemente, luego agresivamente, presionando sus labios contra los de ella, metiendo su lengua entre los dientes de Julia, levantándole el vestido y metiéndole la mano entre las piernas. Julia se defendía, presionándole los riñones con las rodillas, arañándole la cara, golpeándole con los puños. Trató de gritar, pero nadie la oía, porque la música estaba demasiado alta. Julia se revolvía y se defendía con furia, y Arturo la golpeo de una manera salvaje en el rostro y el estómago. Le arrancó de un tirón las pantaletas y comenzó a penetrarla contra su voluntad. Julia continuaba defendiéndose inútilmente contra su agresor, golpeando, gritando, arañando, llorando. Cuando terminó, Arturo la golpeó de nuevo y salió de la recámara. Julia se quedó llorando en la cama un momento. Temerosa de que él regresara, se levantó, se arregló el vestido y a pesar del dolor físico salió corriendo de casa de Sara.

Siguió corriendo por un rato hasta que al fin estuvo sola. Como antes de conocer a Sara, como siempre debió de estarlo. Trató de calmarse antes de irse a su casa. Lloró dolorosamente por espacio de dos horas hasta que reunió el coraje suficiente para irse a su casa.

Sara buscó a Julia durante una semana. Quería saber qué había pasado, porque después de que subió con Arturo nadie la había visto. Sara la buscó en la escuela pero no había ido a clases, la llamó a su casa pero nadie respondía, la fue a buscar pero le negaban hablar con ella.

Finalmente, un poco a pesar suyo, Julia buscó a Sara en su casa. Sara la notó demacrada, ausente, más delgada y muy pálida. Se sentaron a platicar en la misma sala donde el tormento de Julia había comenzado, pues acabo por tomar lo que le  había pasado como un castigo por haberle hecho el amor a Sara.

– Bueno, no te había visto… te ves cansada – dijo Sara.

– Sí bastante… exhausta – respondió Julia.

Entonces Julia comenzó a relatarle a Sara lo ocurrido con Arturo el día de la fiesta, fríamente al principio, pero no pudo retener la desesperación y el rencor que recordaba haber sentido en ese momento, así que empezó a llorar. Sara la escuchaba pasmada, tratando de no creerle ni una palabra. Por la cabeza de Sara comenzó a fluir un río de arrepentimiento, por haberla dejado sola, por no haber estado con ella, por haber hecho esa fiesta en vez de ir al cine como Julia prefería, Sara se sintió tan culpable que acabó llorando a la par de Julia. Así se quedaron una eternidad, abrazadas como dos gatos amenazados por la lluvia.                    

 1997

2006年7月

Perdóname

Aquel bar era poco menos que un lúgubre antro. Las mesas estaban dispuestas en un orden evidente desde la entrada del lugar, hasta la barra, que al fondo, y como sobrepuesta en una tarima, sobresalía por encima de las cabezas de los clientes.

La luz se colaba al lugar discretamente, desde lámparas escondidas en las esquinas que formaban las paredes con el techo. Otra luz, aún más brillante, iluminaba desde el cielo raso al pobre guitarrista, que aún de traje negro y bien peinado, lucía insignificante.  Sobre cada una de las mesas, apenas medio metro sobre el suelo, yacía una veladora blanca dentro de un vasito de vidrio. Sus luces insignificantes, además de servir de encendedores, bailaban en las mesas generando toda clase de sombras increíbles sobre las paredes del lugar.

La alfombra color chocolate estaba llena de toda clase de contrariedades: una bebida derramada por descuido; una, y quizá más de una, quemada de cigarrillo; manchas que nadie alcanzaría a adivinar a qué clase de cosa pertenecían; vidrios de un pobre vaso que tiró un muchachito, estrellándolo silenciosamente en el suelo. Más allá de la jungla de sabores y colores mezclados en la alfombra, entre una densa niebla de humo de cigarros y cigarrillos, sentado en la barra en mangas de camisa, un hombre miraba atentamente el líquido ámbar que se balanceaba dentro de su copa, mientras en su mano un cigarrillo se consumía con lentitud.

No se veía más viejo que el resto de los clientes. Tampoco lucía más joven que el muchacho que habían sacado cargando una hora antes de que él se presentara. Lo cierto es que tenía en la cara esa expresión que divaga entre la locura y la desesperación. Entró en el bar, haciéndose notar todavía menos que el cantante que trataba inútilmente de animar la velada, y sin titubear un momento se sentó en la barra, en el rincón más alejado de la gente y el paso de los meseros. Pidió una copa y le trajeron dos. Sin hacer más que una mueca de extrañeza, el cantinero respondió: “Es hora feliz”.

El hombre se bebió las dos como quien bebe agua y pidió una más. Al instante, las dos copas se le aparecieron como por arte de magia, pero esta vez, las bebió con lentitud, como disfrutando el sabor, entre amargo y dulzón, del tequila que le habían servido. “¿Le doy unos limones?”, preguntó el cantinero. El hombre lo miró con desagrado y no le contestó. Siguió sintiendo el sabor del líquido embriagante en la lengua, mientras lo sentía bajar lentamente por su garganta, como un calor creciente, rico, que se expandía desde el centro de su pecho hasta el resto de su cuerpo.

Se acabó la copa de una vez, y prosiguió con la siguiente, sólo que antes se dedicó a mirarla. Mientras, una mujer alta, muy delgada, con el cabello evidentemente teñido de rubio y un traje de falda y saco azules que no le ajustaba bien, entró en el bar. Se detuvo en la puerta, como buscando algo, como tratando de mirar por entre la cortina de humo y humores pestilentes que a esa hora flotaba en el antro. Atravesó con dificultad la espesa selva de la alfombra, infestada de mesas y borrachos, se acercó con curiosidad infantil al hombre de la barra, quien ya para entonces había exterminado el cuarto trago, el cuarto cigarrillo, y se sentó.

Haciendo gala de modales exagerados pidió una margarita al cantinero. Le trajeron dos, y a la misma mueca del hombre, el cantinero dio la misma respuesta: “Es hora feliz”. La mujer comenzó a beber con lentitud, con pequeños sorbos, la mezcla de tequila y jugo de naranja, sintiendo los granitos de sal del borde de la copa en los labios mal pintados, el sabor a limón en el fondo de la garganta. Cruzó la pierna, en un intento parecer sensual ante los ojos del hombre, quien no la había visto, aunque sabía que estaba ahí. Ella puso su mano sobre la pierna de él, tamborileó las uñas de la otra mano, admirablemente cuidadas, en la barra y sonrió, mostrando unos dientes blancos y derechitos. Un cantinero le dijo a otro: “Esos todavía son de leche”. Ambos se rieron. Ella los escuchó, pero fuera de una mirada plena de desprecio, no hizo mayor caso ellos.

“Me das un cigarro,” le dijo a él. Él sacó la cajetilla medio vacía de la bolsa de la camisa, y la dejó con suavidad en la barra. Molesta de seguro, pues esperaba que él le sacara el cigarro y se lo ofreciera  con gentileza, tomó la cajetilla y sacó uno. Se quedó buen rato con el cigarrillo en los labios, hasta que uno de los cantineros le acercó el fuego de una de las cuatro veladoras que había sobre la barra. “Gracias, es usted muy amable,” dijo ella. Bebió otro sorbito de margarita, puso ambas manos sobre la mesa y suspiró con pesar.

El hombre no hizo mayor caso de la mujer, que bien podía ser una niña. Se dedicó a terminar sus tragos y a ordenar otros más. Esta vez, sólo una copa hizo su aparición. De nuevo, la mueca de extrañeza apareció en rostro del hombre, y el cantinero aclaró: “Terminó la hora feliz”. Él recibió el comentario con la nula alegría con la que recibió la primera noticia y continuó bebiendo.

Ella, sentada con la espalda recta, se lamía la sal de los labios, bebía la margarita, miraba a un lado y a otro, fumaba como colegiala y suspiraba sin cesar. “¿Quieres que me vaya?”, le preguntó al hombre. Él no se inmutó en lo más mínimo. Seguía bebiendo a tragos lentos de la copa. “Necesito saber si quieres que me vaya...”, insistió ella, mientras los dos cantineros continuaban haciendo chistes descarados sobre su apariencia de niña, que juega a ser mujer. Ella los miró nuevamente con desprecio, y continuó tratando de atraer la atención del hombre, que ya estaba por pedir a gestos la siguiente copa. “Si quieres que me vaya, no me vuelves a ver... ¿Oíste?”, dijo ella, tratando de ahogar un sollozo con un trago de la segunda margarita.

El lugar se vaciaba lentamente. La alfombra continuaba sucia, sin más esperanzas que ser tirada a la basura. Las veladoras en las mesas estaban a punto de apagarse. El guitarrista pasó de las complacencias, a tocar lo que mejor le parecía, inundando el bar con las notas de una vieja canción de amor. “Si me faltaras, no voy a morirme”, cantaba el tipo, en un tono desgarrador que en vez de amor inspiraba lástima. “Si he de morir, quiero que sea contigo”, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras los cantineros compartían sus burlas con los meseros, que ya para entonces estaban recogiendo los restos de la noche. “A este deberían pagarle por quedarse en su casa”, rieron los meseros, haciendo referencia al mal afinado cantante que continuaba su serenata, haciendo caso omiso de los abucheos de los pocos borrachos que quedaban en el bar.

“Ya, por favor, dime que no quieres que me vaya”, lloró ella. Él pareció tener un momento de lucidez. El cantante terminaba la canción, los meseros y cantineros miraban con atención, cuando él sacó de su cartera un billete, se levantó con violencia de la silla, tomó con un ademán por demás rudo la mano de la muchacha y puso los cincuenta pesos en ella. Luego, volvió a sentarse, terminó su copa y pidió otra, sin decir palabra. Ella lo miró como no creyendo lo que acaba de pasar, balbuceó algo que nadie entendió y se soltó a llorar. Uno de los meseros, el más joven, no me cabe duda, se apiadó de ella, la tomó de la mano, la sacó a la calle y la subió en un taxi. Luego de la escena, que no tomó más de cinco minutos, todo volvió a la normalidad. Los meseros comentaron la hazaña del hombre con júbilo, los cantineros lo felicitaron y le dieron tragos a cuenta de la casa, y él continuó bebiendo. Entonces me levanté.

Yo había estado ahí mucho antes de que él llegara, lo había visto entrar y sentarse; la había visto a ella llegar y comportarse como si fuera una señora en sus dominios; fui testigo de la escena que protagonizaron los dos y que fue comentada por los meseros con tanta hilaridad. Me senté al lado de él, pedí un vaso con agua y él me miró, lleno de vergüenza. “Era ella, ¿verdad?”, le pregunté. “Sí”, me contestó en murmullos. Bebió la última copa, despacio pero de una vez, encendió el último cigarrillo de la cajetilla y me ofreció una fumada. La acepté, y nos fumamos el cigarro compartido en un par de minutos.

Ya no había nadie en el bar, sólo los meseros que se preguntaban quienes éramos, y hacían conjeturas absurdas acerca de nosotros. El cigarrillo ya estaba a punto de acabarse, cuando en un ademán torpe, me quemé la media, produciendo la habitual reacción en cadena que deshilacha hasta el fin tan delicados y femeninos atuendos. “¡Carajo!”, exclamé. Él volteó a ver el agujero y su vertiginosa carrera hacia la punta de mis pies. Luego subió la mirada hacia mi cara y me miró, como la primera vez. “Perdóname”, me dijo, todavía susurrando. Lo tomé de la mano. “Vámonos, ya se van a levantar los niños”, le dije. Salimos del bar a eso de las cinco y media, cuando el alba despuntaba en el horizonte.

Él continuó viviendo.

2006年6月

Un alma vieja

Todavía lo recuerdo. Yo era... yo soy un alma vieja. En verdad no soy un alma, tal cosa no existe, soy sólo un poco de la energía que viaja en el Universo y que tiene vida propia, pero debo llamarme alma, pues suena más humano. Tampoco tuve otra vida, soy un alma extranjera en esta parte del cosmos. Soy algo que la mente humana no puede comprender. Vengo del Universo, a él pertenezco. Percibo mi entorno de una manera total, carezco de piel, de ojos, de oídos, de  voz; sin embargo yo sola me basto para captar las maravillas del cosmos con mi ser. Puedes imaginarme como una especie de nube de energía que vuela por el espacio en busca de algo nuevo que aprender. No sé si existan más como yo: he estado sola en el Universo por tanto tiempo que casi no lo recuerdo. He vagado por todas las galaxias y he atravesado el infinito miles de veces.

Nací en una estrella lejana, hace más de un millón de años. Me desprendí de ella porque una fuerza me dotó de algo que podrías entender como inteligencia y voluntad. Desde entonces, he viajado a través del Universo, experimentando cosas que ninguna mente humana podría imaginarse, ni en sus más remotos sueños. He visto paisajes que nadie de este mundo puede ni podrá describir, de una perfección inmensa y un caos infinito, y aún así fascinantes. He visto morir a un millón de estrellas, y he visto nacer otro tanto; he cantado con mil voces inaudibles; he escuchado los sonidos del silencio; he tenido sensaciones que no son ni remotamente humanas; he tenido en mí paz infinita y jamás conocí las pasiones ni los sentimientos, hasta que llegué aquí.

Caí en la Tierra por casualidad más que por gusto, y siendo vulnerable a su ambiente cargado de sentimientos y emociones, tuve que buscar refugio en algún lado. Y de nuevo la casualidad me trajo aquí, me condujo certeramente hasta ella. Ella era una niña no nata. Carecía de la energía necesaria para mantener su cuerpo con vida, y con su pasión recién adquirida, me llamó. Tal vez por eso viajé desde tan lejos, tal vez desde el principio ella y yo éramos una, pero teníamos que hallarnos mutuamente... No lo sé: soy un alma vieja, jamás dije saberlo todo.

Desde que ella vino a su mundo, yo aprendí cosas que nunca hubiera imaginado. A través de sus ojos he visto las grandiosas maravillas de este planeta, he mirado el atardecer en una laguna, al pie de una montaña cubierta por árboles de un verde que ni en sueños pude haber imaginado. Vi una vez el mar, bajo una llovizna persistente, mientras sus olas rompían violentamente en la orilla de la playa. He visto muchas cosas que nunca en mi viaje por el cosmos había visto antes, en ningún lugar del Universo. Me he maravillado con los atardeceres que tiñen el cielo de colores fuera de este mundo, me ha encantado mirar por los ojos de esta niña el cielo, a veces de un azul intenso, a veces negro y estrellado. Ella se ha encargado de enriquecer mi acervo de recuerdos y experiencias de una manera increíble.

Pero también ella me ha enseñado a sentir: yo vivo en ella, pero aún le queda una parte humana. Por ella aprendí a sentir un amor incondicional por otro ser, aquello que en este planeta llaman amistad. Aprendí que sus gozos y sus penas deben ser los míos: esa es la lealtad que se han jurado los amigos. He sentido cómo se le desgarra el corazón al ver a su amigo llorándole en el hombro, pero también he sentido que no le cabe en el pecho de la alegría de ver a su amigo sonreír, lleno de felicidad.

Y también supe lo que era el amor, pero no el amor de amigos ni el de hermanos, que son la misma cosa, sino ese amor absurdo, que es en verdad más un impulso animal que un sentimiento puro y noble. Y con eso aprendí el dolor: y no hay peor dolor que esperar el amanecer dando vueltas en una cama, escuchando nada más que las lágrimas caer en la almohada. Este amor nos enseñó a darlo todo sin esperar nada a cambio, nos enseñó paciencia y nos enseñó libertad.

Pero también conocí otras sensaciones: el odio, por ejemplo. La sensación de desear lo peor a otro ser con la misma pasión con la que al amigo se le desea lo bueno y lo bello, el anhelo de herir con la misma fuerza y con la misma saña con la que te han herido, dejar que te invada el calor y la ira... eso es malo, y a las dos nos gusta sentirlo... sin embargo, aprendimos a evitarlo.

Pero por mi culpa, hay cosas que esta niña no ha tenido. Por mi culpa he dicho, porque me he dejado llevar por esas sensaciones tan gratas y tan humanas que me gustan, obligándola a rendirse a mis propios deseos. La he llevado, junto con su propia pasión, a hacer las cosas con una entrega casi por entero mía, a darlo todo en todo lo que hace, a exigirse a sí misma llegar a límites insospechados, a trabajar sin descanso para ser siempre la mejor en todo. Por mí, ella no sabe decir que no, no sabe por que no la dejo, porque quiero conocer hasta el más recóndito rincón y sentimiento que esconde el ser humano. Por mí, ella está cansada de vivirlo todo con intensidad.

Ella es hermosa... a pesar de que sus ojos almendrados son el mar de mi vejez y sus tristezas, puede en verdad cautivar con ellos. Tiene una sonrisa tan comprensiva y encantadora que no la cambiaría por nada del Universo. Tiene una calma inmensa, un deseo de ayudar, de poner antes que los suyos los problemas de los demás, tiene una pasión propia por su vida que a veces me hace sentir que estoy de más. Tiene una fe inmensa en lo que puede lograr si en verdad se lo propone y una luz interior que ilumina cualquier habitación en la que entra. Esa niñita que salvé hace tiempo, se ha convertido en un ser maravilloso, es tan especial, que a veces me hace desear ser una de ustedes, para estrecharla entre mis brazos y contarle lo maravilloso que es ser parte de ella. Tiene tantas cualidades que no debiera ser humana, pero esa parte de ella no la he podido cambiar. Por supuesto, también tiene ganas de morir.

Tiene ganas de morir por culpa mía. Porque mira al cielo y siente que pertenece allá, al Universo, a otro mundo, porque se frustra al no encontrar un lugar en este planeta que sea bueno para ella, porque a veces se mira en el espejo y no reconoce la cara que en él se refleja. Porque tiene la energía de las estrellas corriendo por sus venas y no sabe qué hacer con ella; porque se siente sola, a pesar de estar rodeada de gente que la quiere; se sabe un espíritu libre y cree que no puede pertenecerle a nadie, siente que su destino es pasar la eternidad sola... Y siente todo eso, por que yo me siento así.

Antes de estar en ella, yo viajé a donde quise sin preocuparme por nada, nunca conocí el amor ni el dolor porque nunca fui humana. Gracias a ella he sabido muchas cosas; en diecinueve años he experimentado lo que en un millón de ellos no supe jamás. Está dotada de un poder sobrehumano, tiene facilidad para todo lo que hace, puede incluso leer tu mente en este momento, saber lo que estás sintiendo a kilómetros de distancia, puede llegar tan lejos en este planeta tan material y superfluo... puede ser todo aquello que ha soñado, pero yo no la dejo. Porque significa dejarla ser, y yo no pienso rendirme a esta niña de corazón humano, porque por desgracia para las dos, estoy atrapada en su cuerpo: me lleva entre la piel y los huesos, cada paso que da lo doy con ella, cada mirada que recibe la recibo yo también, cada melodía que aprende, es también parte de mí. Pero no puedo escapar de ella, porque significa dejarla sin vida.

Nadie puede comprenderla, no es de este mundo. Es su inexplicable dualidad lo que la frustra por sentirse bien sintiéndose mal, y es por culpa mía. Nadie podría entender qué pasa con ella, ni ella misma puede, a pesar de que su inteligencia es asombrosa, nadie puede concebir que un ser casi perfecto tenga una lucha interna a cada momento, pero no es ella contra quien pelea, es contra mí.

Yo sé que su pesar se acabará algún día, el día en que esa pasión que me hace tan feliz se termine, el día en que la llama de su vida se extinga para siempre, cuando cansada de la guerra que pelea cada día, se quede profundamente dormida y no quiera despertar jamás. Quizá nunca debí salvarla de la muerte. Debí dejar que su vida se acabara en el vientre de su madre, debí alejarme de ella y jamás conocerla. Pero ella bien sabe que el arrepentimiento de nada sirve. Yo no puedo ayudarla. La energía del Universo no se jacta de ser compasiva con los seres débiles, y aunque ella posee una fuerza que me asombra, algún día acabará por cansarse. Y se cansará, se morirá de tristeza por no poder ser como el resto de ustedes, de no tener la momentánea alegría que les causa a ustedes aquello que tanto me sorprende del ser humano: la de llevar una vida sencilla.

Ella, ¡pobre! todavía tiene la esperanza de descansar de mí, sin saber siquiera que yo soy la que la obliga a quedar vacía. Se cansará ella primero que yo. Yo estoy dispuesta a seguir en ella, portándome todo lo egoísta que pueda para seguir acumulando experiencias. El día que ella muera yo emigraré a otro lado. Sé que casi la amo, la quiero con todo mi ser, pero al morir ella, sólo quedaré yo, sola de nuevo, y quiero llevarme conmigo lo mejor y lo peor de este planeta, de esta conciencia de los sentimientos humanos, que tanta experiencia me han dado.

Sé que algún día ella considerará esto como una respuesta, como una certeza de la causa de su continua tristeza... le tocó la mala suerte a un corazón joven de tener por alma un alma vieja, y sé que ella es muy inteligente y sabrá y entenderá que debe complacerme. Lo hace en este momento, mientras escribe, y tú no lo notas mientras lo lees, pero soy yo la que a través de ella escribe estas líneas, y en este momento, lees lo que yo veo de ella cuando se mira al espejo, aquello que tú no miras cada vez que la ves, aquello que sólo yo puedo entender. Presta un poco de atención a sus palabras, y te darás cuenta que suena como la voz de las estrellas, y que por ella habla la experiencia de un millón de años de existencia en el Universo. Ahora, puedes pensar que está loca, o que tiene una gran imaginación al escribir esta historia: eso está bien para los pobres humanos.

Pero cuidado: no es ella, soy yo... o quizá somos las dos...

 

2006年6月

Le llamaban loca

 
Para el hombre la pasión es un torrente;
para la mujer es un abismo.
Concepción Arenal
I
La pequeña sala de conciertos albergaba tensión, y no era para menos. Aquella mujer, sentada en la tercera fila, no dejó de llorar durante la interpretación del chelista, y gritaba y aplaudía con entusiasmo rabioso al final de cada movimiento. Al término de la presentación, la gente se puso de pie y salió con prisa, notablemente molesta con el encargado de la sala, quien había hecho un intento estéril por sacar a la mujer durante el intermedio. Sola en la sala vacía, ella lanzó un último suspiro, se secó las últimas lágrimas y salió.
II
El violonchelo todavía estaba donde él lo había dejado: sobre el tapete de la sala, junto a la silla de pino que usó toda la vida para practicar las seis horas diarias de siempre. El arco, aún tenso, estaba sobre el atril, junto a la partitura de las Variaciones sobre un tema rococó de Tchaicovsky que no había terminado de estudiar, aunque lo había interpretado mil veces antes. El ocaso a las seis de la tarde se colaba por las cortinas de un ventanal enorme, y un haz de luz le daba un aire místico, casi mágico, a aquella imagen de inspiración interrumpida.
Ella, sentada como toda la vida al fondo de la sala, sosteniendo entre sus manos el libro que nunca llegaba a su fin, se detenía. En su cabeza, seguía escuchándolo afinar el instrumento, lo escuchaba cantar cada nota mientras repasaba, con una lentitud más allá de la paciencia, cada uno de los compases hasta que le parecía perfecto. Invariablemente, ella entornaba los ojos y podía aún distinguir su silueta entre la luz derramada sobre la silla de pino.
La visión duraba apenas un instante. La oscuridad llenaba luego la habitación y ella sentía de nuevo un nudo en la garganta: él no estaba ahí. Ahogaba las lágrimas en un suspiro y se acurrucaba en el suelo junto al chelo, sin tocarlo, apenas acercando la nariz para que el aroma a brea y a madera de maple la llevara al pasado, a esa vida que ahora extrañaba tanto.
 
III
¿Te acuerdas que había luna el día que nos conocimos? ¿Te acuerdas? No podría olvidar ese día nunca: la manera en la que me miraste, con tus ojos tan hermosos y ese hoyuelo en tu mejilla, nunca la podré olvidar. Yo creo que te quise desde ese día, desde ese momento. Ya sé que vas a decir que no diga tonterías, que el cariño no aparece así, que tú no me pudiste querer sino hasta mucho tiempo después, pero no me importa, la verdad es que yo sí te quise desde el primer momento. Siempre me pregunté qué sentías por mí. Ahora que tengo tanto tiempo para pensarlo con calma, creo que no me quisiste ni un poquito. Sólo tenías tiempo para ese chelo, para estar tocando y ensayando y  pasándotela en conciertos, en viajes, lejos de mí, de nuestra casa. ¡Maldito sea ese instrumento del demonio! ¡No! ¡Espera! ¡No quise decir eso! No es cierto, no es un instrumento maldito, lo que pasa es que nunca voy a ser capaz de estar a su altura para ti… yo sólo quiero estar en ti, en tu corazón, en tus pensamientos, en tus manos, pero sólo tienes ojos y oídos y cabeza y sentimiento para la música, para esa infeliz celosa que nunca te ha dejado acercarte a mí… ya lo sé, no es mi culpa. Desearía ser de madera, desearía hendirme un cuchillo y hacerme un par de efes junto al ombligo, y ponerme llaves y cuerdas y así poder estar cerca de ti, tenerte alrededor de mi cuerpo, sentirte vibrar con los sonidos de mis entrañas… pero no ves que eso es todo lo que tengo: el sonido de mis entrañas, no hay nada más que eso, esos gritos que me ahogan la garganta desde el día ingrato en que te conocí y que me enamoré de ti. Cada nota que tocabas era como un leño más en la hoguera de mi alma inmortal que arde sin remedio, sin remedio prendada de ti, sin remedio condenada a padecer el abandono. ¿Por qué nunca pudiste darme un poco de cariño? Nunca una palabra tierna, nunca una sonrisa cómplice, nunca una caricia que no fuera animada por tus instintos animales…Si no me querías ¿por qué nunca lo dijiste? ¿Por qué te empeñaste en alimentar una farsa, una mentira, que a medias aplacó las presiones que tus padres hacían sobre ti? ¿Por qué no pudiste amarme? ¿Por qué te pareció tan malo que yo te amara? ¡Te quise más que a nada, hijo de puta!
 
IV
Con su abrigo bajo el brazo, ella caminó con la mirada perdida hacia la calle. Era temprano: el concierto había terminado mucho antes de lo que hubiera querido. En su cabeza, seguía escuchando las notas graves y los arpegios, y seguía viendo las manos maravillosas del intérprete sobre las cuerdas de su chelo. En su cabeza, ella despertaría en cualquier momento, para ir a sentarse en la sala de su casa y verlo practicar otra vez.
En la puerta del centro cultural, una cara familiar llamó su atención.
-¡Ay, señora!-, le dijo la acomedida y aún discreta sirvienta. La tomó del brazo y se disculpó con el guardia de la entrada, alegando que la señora no estaba del todo bien.
-¡Pero si no estaba haciendo nada malo!-, repuso ella, en un momento de aparente lucidez.
Decir que ‘los muchachos del barrio la llamaban loca’, más que una referencia oportunista a cierta canción que había sido popular varios años atrás, es un hecho comprobable: todavía muchos años después los vecinos de la cuadra se acordaban de ella, y el colarse de noche a los jardines de la casona abandonada donde había vivido era parte del rito de iniciación de los jóvenes de la colonia.
Sobre ella habían surgido una cantidad de historias increíbles y se hablaba más que del marido al que, según la leyenda negra, ella había acuchillado durante el sueño, volviéndose loca para evitar la culpa. Lo que sí era cierto es que la sirvienta –que en algunas versiones de la historia era su suegra, y en otras su hermana-, la había rescatado muchísimas veces: algunas de una madre de familia furibunda, otras de la policía, unas más de gente ajena al microcosmos de la colonia que se topaba con ella, mientras paseaba en el parque frente a la iglesia.
Pero a ciencia cierta nadie supo nunca porqué estaba tan perturbada, ni tampoco se explicaban cómo permitían que estuviera suelta por ahí, en vez de recluida en un sanatorio. A pesar de ello, acabó por parecerles curioso y hasta simpático que se colara a los conciertos que había en el centro cultural, y les parecía también gracioso que pusiera en aprietos a los guardias. Hasta verla caminar por las calles de la colonia, balbuceando, lloriqueando y riendo alternativamente, acabó por ser tan natural como el alumbrado público que raramente servía.
 
V
Un segundo le bastó para enamorarse de él. Ni siquiera tuvo que escucharlo tocar el violonchelo para sentirse profundamente conmovida por su sola presencia. Un vistazo dentro de aquellos ojos color caoba, dentro de aquella mirada casi inexpresiva de animal agazapado, le fueron suficientes para caer en sus abismos.
Tenía a penas diecisiete años. Ni tiempo tuvo en la vida para averiguar lo que era el desamor, porque él la aceptó así como había llegado: joven, inocente y enamoradiza. Él nunca se preguntó qué hacía una chamaca en su vida; jamás le importó tampoco, porque ella le bastaba para calmar las inquietudes de sus padres, que se preocupaban de que su pequeño tuviera tiempo, entre tanto estudio y tanto andar de arriba para abajo con ese maldito chelo, de dejar un heredero. Los preámbulos nunca fueron su especialidad, así que se había casado con ella apenas un mes después de haberla visto por primera vez en los jardines de la escuela de música.
Por lo visto, la vida conyugal tampoco era su especialidad. Se le hacía suficiente verla por las noches, cuando su agenda así lo permitía, y compartir en silencio una cena preparada por una acomedida y discreta sirvienta. De vez en cuando la dejaba sentarse a leer en el sillón de la sala, y escucharlo practicar durante un par de horas. Más raramente, él acercaba su cuerpo al de ella por las noches para satisfacer algún instinto carnal.
Poco enterada de las cuestiones prácticas del matrimonio, y todavía más ignorante de sus aspectos sustantivos, ella se esmeraba por hacer como su marido le decía. Pasó años adorándolo en silencio, contemplando aquellas manos deslizarse sobre las cuerdas de ese instrumento al que ella, ni por asomo, podría reemplazar en el corazón de él. Hacia el final, ella pensaba que odiaba aquella caja de música con todas las fuerzas de su corazón desengañado.
 
VI
La sirvienta se las arregló para llevarla de vuelta a la casa. Atrancó la puerta del jardín y casi se cae de espaldas cuando uno de los perros guardianes se le fue encima.
-¡Atrás Allegro!-, le gritó.
Ella ni siquiera se percató del incidente. Se fue directamente a la sala, a sentarse en el sillón y a mirar el rinconcito abandonado del músico, que ahora el violonchelo ocupaba exclusivamente. Estuvo sentada sin hacer ningún ruido durante tres horas, y luego se levantó. Caminó hasta la escalera y comenzó a subir mientras se quitaba la ropa y lo llamaba a gritos. Se encerró en su habitación y, pensó la sirvienta, se quedó dormida.
Aquél comportamiento ya no la espantaba. La señora había estado muy mal desde que una tarde, hacía unos años, su marido había muerto. Él estaba sentado en la sala, practicando, mientras ella leía con calma desde el sillón, y de vez en vez distraía la lectura para contemplarlo con curiosidad, deseo reprimido y cierto recelo. De repente, él se detuvo tan abruptamente que ella tuvo que alzar la vista. Él colocó el instrumento en el suelo con todo cuidado, puso el arco sobre el atril y le dijo “me muero”. Acto seguido, se desplomó.
El doctor trató de explicarle que su marido había sufrido una serie de ataques causados por coágulos sanguíneos que habían acabado malamente en su cerebro, matando toda posibilidad de que se recuperara, aún si hubiera llegado con vida al hospital.
Ella no daba crédito a sus oídos. No podía concebir que el hombre al que había amado más que a su vida se hubiera extinguido como la nota final de un largísimo concierto. Más aún, no podía creer que la única vez que él le había hablado con toda franqueza y sin un tono de mando, había sido para anunciarle su muerte. Durante el sepelio, se aferró con tal fuerza al ataúd que un médico tuvo que inyectarle tranquilizantes, en una dosis de caballo que la tumbó en la cama por tres días.
A partir de ahí, su conducta comenzó a cambiar de a poco hasta que, meses después, ya se hablaba de ella en el mercado como La Loca. La sirvienta no sólo la había encontrado muchas veces acostada en la sala junto al instrumento que se rehusaba a mover, sino que también tenía que alejarla de las ventanas del primer piso de la casa, cuando se acercaba a llamar al marido finado a gritos, completamente desnuda. En la calle, reía y lloraba y cantaba y maldecía en compases de cuatro cuartos, en movimientos largos y en la menor, hasta que algún asustadizo mandaba llamar a la patrulla y se la llevaban.
Sí, de seguro que aquél día, la pobrecita estaba exhausta. Se había pasado la tarde en el parque, luego se había metido a escuchar a ese chelista en el centro cultural, y había estado despierta mucho tiempo. De seguro estaba muy cansada, pensó la sirvienta, porque tan pronto como la escuchó entrar en su cuarto, no escuchó nada más.
 
VII
Cuando estás entre mis piernas, abrazándome con furia, eres mi chelo. He visto cómo tú sientes que esa caja de madera vibra y resuena, y siente, cómo la rodeas con tus piernas y brazos, y la acaricias y la tocas, cómo aprietas sus costados suavemente con las rodillas, cómo la atraes hacia tu centro y la dejas ser, y la dejas cantar y gritar y susurrar. Así siento que vibras y resuenas y sientes cuando estás haciéndome el amor.
 
VIII
La sirvienta la encontró desnuda, metida en la tina, atiborrada de las pastillas para dormir y calmantes, que a últimas fechas no hacían más que atolondrarla un par de horas. En la pared de la habitación, escrito con un lápiz de labios que alguna vez vistió su carita de niña, leyó una frase: “Te quise más que a nadie, hijo de puta”. Cuando el ministerio público tuvo toda su declaración, la sirvienta acomedida limpió la casa, dejó el rincón del músico como había permanecido los últimos años, y dejó el libro eternamente inacabado sobre el sillón de ella. Discretamente hizo sus maletas y volvió a su pueblo, treinta años más vieja y decidida a no hablar de las cosas horribles que le pasa a la gente que se complica la vida por tomársela tan en serio.
 
2006年5月

La falsa vigilia

No puedo recordar si ha sido ahora, o si fue ayer. Tal vez será mañana. Lo cierto es que despuntaba el alba. La ciudad se sacudía el profundo letargo de la noche y se despabilaba, se despertaba, se movía. La mañana, fría, lo recuerdo, estaba dando buenas noches al manto oscuro de la madrugada helada.

¿Importa si digo que esa noche había sido inusualmente larga? Me revolcaron viejas penas con nuevas heridas, y nuevos argumentos para sacarlas del cajón de los recuerdos olvidados. Quizás, en realidad, haya cosas mucho peores que un corazón roto. Por eso, esa mañana se me antojaba triste. Y así, en una zozobra profunda, confundida con el hambre y el café del alba, salí a confrontar aquello que resulta urgente, y que nunca deja tiempo para lo importante.

¿Mencioné que, esa mañana, me encaminaba con destino a no sé qué umbrales ignotos, servida del transporte público? El viaje, que toma entre veinte y treinta minutos, continuó sin la mayor contrariedad. Dimos tumbos, vueltas y saltos, con el peculiar estilo que tienen los choferes de autobús de conducir: mejor ebrios que dormidos. Finalmente, llegamos a nuestros destinos. ¿Aclaré antes que la última parada era la estación del metro? Esta en particular arranca de las entrañas de un barrio más pobre que alegre, y más alegre que viejo, que tiene frente a sí la majestuosa infraestructura del futuro del país. La estación se eleva varios metros sobre una amplia avenida, y justo en medio de la misma, cual columna vertebral, corren las vías y los vagones anaranjados del metro de la ciudad.

Como es bastante obvio, llegar a los andenes implica subir y bajar una serie de escaleras gastadas y repletas de estudiantes, oficinistas y sirvientas que se dirigen cada mañana a cumplir con sus labores diarias. Justo al pie de esos peldaños, como un cáncer descuidado, los marchantes corren las cortinas de sus puestos, que guardan en su interior toda clase de chácharas y chucherías, de esas que se llevan a la boca, o de aquellas que se ponen en las colas de caballo de las niñas. 

¿Mencioné ya que la mañana se levantaba como una bruma densa, triste, simple y en sí misma complicada? Me bajé del autobús, y la mañana, ya avanzada, me daba cuenta de un pesar que muchas noches ya había llevado hasta la almohada. Y entonces, de la nada, en medio de los gestos y asombros de marchantes y pasantes, salió una muchacha emanada de la bruma, de esa bruma densa producto de mi insomnio.

Ya dije, desde luego, que la noche fue muy mala. Tal vez desde la angustia se erigen las visiones. Mas las caras de los hombres y mujeres cercanos al suceso, que vagaban desde el miedo hasta la ofensa, confirmaron que la chica no era producto de las alucinaciones de una vela cargada de estériles reflexiones.

Realmente ella, la muchacha a la que aludo, no era una indigente. No recuerdo el color de su piel y sus cabellos; sin embargo, sí recuerdo que la bruma la rodeaba, y que realmente el silencio se extendía desde las puntas de sus dedos hasta el lugar en el que me encontraba. Caminaba con la espalda recta y el porte de una gran señora, a pesar de que arañaba con trabajos los treinta años mal pasados. Sin contar con las expresiones de susto de los marchantes, el cuadro era mucho más que interesante.

La mujer caminaba sin empacho, como omitiendo u olvidando un ínfimo detalle: esa mañana, ante cientos de personas, en la base de las escaleras que conducen a los andenes del metro que atraviesa y corta en dos la ciudad más grande del planeta; sin tomar en cuenta a los marchantes que, con singular algarabía, abrían esa mañana los puestos de chucherías; dejando de lado el dulce olor de la pobreza y el particular aroma a estación de metro; arrinconando en un pedazo de cielo desgarrado la pena amarga que la noche anterior me había llenado; despertándome de golpe como un cubo de agua fría; trayéndome de vuelta a la realidad y haciéndome notar que aquella que creía mi vida es una farsa, ahí, en ese lugar, pero sobre todo en ese momento, que hoy no sé si se me antoja eterno e irrepetible, aquella mujer andaba con la frente en alto y sin una sola prenda o trapo que cubriera su cuerpo desnudo solitario.

¿Acaso mencioné que quizá haya cosas mucho peores que un corazón roto?

2006年5月

Boom, boom

Para Nubia.
 

Silencio en la noche. Un perro aúlla en la lejanía. Se escucha el ruido del motor de un avión que surca el cielo en monótona travesía. Silencio  de nuevo. Se escucha en seguida un boom, boom. Sístole, diástole, boom, boom, sangre que va del corazón a todo el cuerpo. Afuera, el silencio. Resuena entre sueños una sola frase: “¿Cómo pueden dos aciertos hacer un error?” Boom, boom. Afuera, silencio.

            ¿Quiénes son tus dos aciertos? Tú eres uno, sin duda, porque nunca hiciste más que lo que tu corazón te mandaba. Nunca, al menos desde tu punto de vista, actuaste mal. Siempre le entregaste lo mejor de ti. Todo el tiempo lo tuviste en la cabeza. Boom, boom, sístole, diástole. El ruido de tu propio corazón te asfixia. El otro acierto es él. Porque siempre ha estado ahí, aguantando tu mal genio, tus excentricidades, compartiendo sus secretos, escuchándote, amándote ciegamente, demostrándote su amor con cada gesto, cada palabra, cada vez que te abría la puerta o te encendía el cigarrillo que tanto le disgustaba que fumaras. Boom, boom. ¿Y el error? ¿Por qué hay error?

            Caminar tomados de la mano por ahí, sintiéndose dueños el uno del otro; amarse furtivamente en la obscuridad de una noche estrellada; abrazarse fuertemente durante una tarde lluviosa, mirando las gotas caer y resbalar en un cristal que los separa de la realidad; bailar en un lúgubre antro, rodeados de gente, sintiendo tan sólo el contacto húmedo de sus pieles; besarse bajo la luna de un viernes sin sentido; mirar, entre los brazos del otro, una mala película en un cine solitario. ¿Dónde está el error? Boom, boom, hace tu corazón, pero entre el pecho y la espalda, sientes que no tienes nada.

            Lo extrañas, ¿no es cierto? Te entiendo bien. ¡Como si fuera tan fácil no hacerlo! Sus manos, sus ojos, su risa... te hacen falta. Se te sale una lágrima, ¿verdad? Te tiemblan las rodillas y las manos, ahí mismo, acostada en una cama que es tuya, pero pareciera ser de alguien más, respirando el aire que, por cierto, sientes no merecer dentro de tus pulmones, escuchando un silencio que te deja sorda, se te salió una lágrima. Y ésta te recorre la cara despacio, como marcando una húmeda huella sobre tu cara, como borrando por entero cualquier recuerdo de un pasado vivido con él, como ahogando en su salada pequeñez el desierto que te recorre la garganta reseca, muda, inmutable. Aprietas los labios para no soltar un gemido, porque te aterroriza el sonido de tu voz. Y lo ahogas también, acallas el grito que promete liberarte de él, de sus detalles, de todo aquello que te une irremediablemente a sus caricias, a sus besos, a todos los malos momentos que se esfumaron con los buenos. Boom, boom. ¡Si no sintieras el corazón oprimido!

            Dar vueltas en la cama no ayuda, ¿O me equivoco? Y tampoco ayudaría que salieras de la cama y que deambularas por la casa quieta, porque no quieres salir de la cama, quieres salir de ti. Escapar de cómo te sientes, de lo que has hecho, de lo que le has hecho a él. Porque sabes que no tienes la fuerza para amarlos a los dos con la misma pasión. Y ahí es donde surge el error.

            El otro... te hace sentir otra vez, ¿O no? Hace que tu corazón palpite de una manera que ya no recordabas; te entiende como nadie más podría hacerlo; es tan distinto a ti, tan opuesto, que no comprendes cómo es posible que sea justo lo que no tienen en común lo que los una... ¿Verdad? El otro es justo lo que andabas buscando, lo que te hace sentir segura, lo que te gustaría en este momento compartir. Ese otro es justo lo que él no es. Lo que en él nunca encontrarás. Lo que él nunca te dará, ni aprenderá a darte, porque su esencia no es esa, sino la otra manera de hacerte sentir bien. La otra manera que en cierto modo ya no funciona, porque desgraciadamente el corazón ya te sobra y no puedes amarrarlo a él. Y descubres que el error es estar juntos, porque son muy diferentes, y sin embargo sabes que el mundo gira en redondo y que sin lugar a dudas te hará caer de nuevo ante él, en sus brazos, rendida a su amor, otra vez.

            Boom, boom. Silencio en la noche. ¿Y si es el otro y no él quien te llena realmente? Así como el mundo giraría para hacer que tú y él se encuentren de nuevo, podría del mismo modo arbitrario separarlos eternamente. Imaginas tu vida sin él. Sin su aliento empapándote el rostro. Sin sus llamadas por teléfono. Sin su aroma tan familiar que te cobija bajo esos brazos que conoces tan bien. Boom, boom, sístole, diástole. ¡Sin él! Ese pensamiento te atrapa entre un suspiro y tu almohada. Como si la vida entera no te alcanzara para vivirla sin él. Crees que nada es peor que encontrarte sola... Pero tienes al otro. ¿Y si el otro no es nada más que un sentimiento pasajero, movido tan sólo por tu incansable corazón aventurero?

            Silencio en la noche. Escuchas latir tu corazón dentro del pecho: boom, boom. El amanecer te encuentra con la cabeza en una nube, peleada contigo misma, porque no sabes cuál fue el horrible crimen que se te adjudica. ¿Que no puedes amarlos a los dos? Sabes que no se puede. Los ruidos del alba, los vecinos ruidosos, te devuelven un poco la paz: ahora te sabes un poco acompañada. Y cuando la luz se cuela en tu recámara, te das cuenta de que tu miedo no es a perderlo, sino a perder esa manera en la que él te hace sentir, a perder el sentimiento que dentro de tu pecho crece como un calor que te sube a las mejillas, y te das cuenta de que lo que extrañas, es la manera en la que son cuando están juntos. Y te das cuenta de que es así, de que no temes perderlo, porque lo llevas guardado entre la piel y el alma, porque para amarlo no necesitas más que recordarlo. ¿Y el otro? Serás suya, como antes de él, seguramente. Y tal vez, esta noche, entre el ruido de tu confundido corazón, volverás a buscar un error que justifique el abandono a la promesa que le hiciste alguna vez, pero de nuevo al alba sentirás que lo que haces es, al fin y al cabo, lo que está bien. ¿Crees que eres fría? ¿Que él no te importa? No es eso. Él te importa, ahí, entre tus cejas, en tu pensamiento, ahí lo tendrás siempre presente. Te lo prometo: vale la pena sentirse así, por uno sólo de sus besos. Pronto lo sabrás.

 

1998

2006年5月

De verdad

Para A.A.

Ipsak W. Niwellswi se revolvió en la cama, molesto por el halo de luz solar de mediodía que una persiana rota dejaba colarse a su habitación. Miró el reloj que olvidó quitarse de la muñeca la noche anterior y se despertó de golpe. Ni en sueños llegaría a tiempo para el ensayo.

Se levantó tan rápido como pudo, corrió al cuarto de baño, y mientras se lavaba los dientes se miró en el espejo. Ahí estaban sus pequeños ojos azules, su pálida tez enmarcando un par de ojeras que ya eran parte del paisaje de su rostro, sus cabellos dorados que amablemente ocultaban las pocas canas que empezaban ya a delatar sus cuarenta y pico de años. Por un momento, apartó esa imagen de su mente: no era así como se imaginaba ese momento de su vida.

Ipsak no conocía el sosiego. Sus padres llegaron a México tras la segunda guerra desde algún pueblejo perdido en Europa oriental, y el pequeño retoño debía su nombre en parte a la profunda confusión que el alfabeto cirílico despertaba en los hispanos, en parte a los afanes renovadores de su padre. A éste se le ocurrió inventarse un nombre totalmente nuevo, junto con una nueva vida y una nueva oportunidad en ese país tropical que Ipsak conoció como su hogar. Por supuesto, la “W” fue también un legado de la guerra: sus padres nombraron Winston a su pequeño hijo nacido en el exilio.

Así como fue concebido en un barco de refugiados, su vida transcurrió en trenes, aviones, y autobuses. Ipsak fue criado de la forma más tradicional, sintiendo todo el tiempo el rigor de la disciplina: su padre era músico, y aunque no era muy bueno, pudo transmitir lo poco que sabía a su heredero. Ipsak aprendió más temprano el pentagrama que el abecedario, y supo antes de Mozart que de la historia de su lejana patria devastada.

Como todo el mundo, el joven músico no pudo elegir a sus padres, ni a su patria, ni a su nombre. Sin embargo, pudo elegir qué instrumento tocar. Se dedicó a estudiar violín desde que pudo sostener el arco y el instrumento por sí mismo. Le apasionaba tocar, y no había nada más en el horizonte de su vida desde que recordaba.

El joven Ipsak se volcó al instrumento mágico con ahínco. Repasaba todos los días las lecciones, aunque se le acalambrara el estómago vacío por el rigor del ayuno auto impuesto. Dedicaba horas enteras a desenmarañar los conciertos de Mozat y Vivaldi, se pasaba meses, y a veces años, perfeccionando su interpretación de las sonatas de Bach y tratando de ir más allá del metrónomo cuando estudiaba a Paganini y a Sarasate. Quería, el joven e impetuoso Ipsak, trascender más allá de la vida y ser recordado por siempre y para siempre como el único y el mejor.

Su dedicación le ganó concursos, becas, viajes, estudios en el extranjero. Hasta que, dejando de lado la sátira, el joven e impetuoso Ipsak W. Niwellswi se estrelló contra una vaca que pacía a la orilla de una carretera maltrecha que llevaba de la Ciudad de México a Veracruz. Pudo haber muerto, a veces lo deseaba con todas sus fuerzas, pero solamente se rompió la muñeca derecha. Quizá hubiera sido mejor morir, porque tuvo que abandonar sus sueños de grandeza y aceptar un puesto, nada modesto, en la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México.

Si bien el accidente acabó con sus deseos más profundos, no acabó con su vida ajetreada. La Orquesta le ofrecía el tren de vida que había conocido de estudiante: ensayos, conciertos, giras, grabaciones, subir al avión, salir del hotel, andar de aquí para allá, siempre luchando por apagar la flama de su ego herido por una torpe vaca; siempre fingiendo que la vida tenía algún sentido. Invariablemente, Ipsak evitaba mirarse en los espejos, porque el riesgo de percatarse de que nunca tendría lo que siempre deseó era alto y el resultado necesariamente sería fatal.

Aquél día, después de su atropellada visita al cuarto de baño, se metió como pudo en un par de jeans viejos y una playera, tomó el estuche del violín y corrió a meterse en el auto. De camino se angustió por el tráfico y por el hambre, y también por lo poco práctico que le resultaba vivir tan lejos de la Ollin Yolliztli. Evitó a toda costa las avenidas principales, los limpia parabrisas y los recuerdos de sus ojos azules apagados mirándole de vuelta en el espejo.

Como cabía esperar, no llegó a tiempo al ensayo. Comió cualquier cosa y se preparó para el siguiente ensayo. El concierto de las seis de la tarde sería una cosa fácil: un par de obras bastante famosas, que conocía bastante bien. Se puso el traje de gala y se preparó para salir a escena, como lo había hecho tantas veces durante tantos años. Por supuesto, Ipsak W. Niwellswi no estaba ni remotamente listo para ese particular concierto de primavera.

Él no lo notó hasta que comenzaron los primeros acordes de la sinfonía de Beethoven que la Orquesta interpretaba como nadie. Mientras su arco se deslizaba mágicamente sobre las cuerdas, se dio cuenta de que ella estaba observándolo, con toda su atención puesta en cada uno de sus movimientos. Al principio le pareció normal: muchos estudiantes y aficionados de la música van a los conciertos a observar a los profesionales para aprender. Sin embargo, aquella muchacha le saltó a la vista de una forma inesperada, como si sólo estuviera tocando para ella; como si ella estuviera ahí sólo para verle a él.

Pensativo, salió del escenario para beber un poco de agua mientras duraba el intermedio. Apartó a la muchacha de su mente y preguntó a su compañero de atril algunas cosas irrelevantes sobre la siguiente obra. Cuando anunciaron la tercera llamada, salió al encuentro de su silla y de su atril, y de la muchacha que, de nuevo en primera fila y vestida de rojo, parecía esperarlo nada más que a él.

Al término del concierto, Ipsak se apresuró a salir. Le desconcertó el encuentro con aquella espectadora, y trató durante un buen rato de imaginarse por qué razón estaba tan al pendiente de él. Pero en cuanto puso la cabeza en la almohada, se quedó dormido. No volvió a acordarse de ella hasta el siguiente fin de semana.

Entró a escena acompañado de Luis, su compañero de atril por esa semana, y como siempre chacotearon un buen rato mientras se acomodaban en sus asientos. Entonces la vio. Ahí estaba otra vez, otra vez vestida de rojo, otra vez mirándolo atentamente. Pese a que aquél día el programa incluía un concierto para violín de Tchaikowsky, Ipsak notó con toda claridad que ella tenía su atención fija en él, más que en los ires y venires del solista.

La siguiente semana, y la semana que la sucedió, y de nuevo la siguiente, Ipsak se percató de la presencia de su muchacha de rojo. Cada vez se aparecía el mismo día de la semana, puntual como si fuera la cita del dentista, siempre atenta a sus movimientos, siempre sonriente y siempre alegre. Y justo aquella semana, él se dio cuenta de que él también la estaba buscando.

Entró a escena más callado que de costumbre, y fijó los ojos en las primeras filas de la sala Silvestre Revueltas, inspeccionando cada asiento, tratando de distinguir a su muchacha vestida de rojo. Se sentó ante el atril y la miró, con alivio, entrar de prisa desde el fondo del pasillo. Cuando ella ocupó su lugar en la primera fila, él sintió deshacerse un nudo de angustia en el estómago y tocó el Bolero de Ravel sólo para ella, con una pasión que esa pieza en particular nunca le había desatado.

Al final del concierto, corrió tras bambalinas a recoger sus cosas, y se apresuró al vestíbulo, con la esperanza de verla. Se topó entonces con el director de relaciones públicas de la sala, quien lo entretuvo más de la cuenta: no la encontró por ninguna parte, pese a que todavía había gente charlando en el lobby. Soltó un suspiro lleno de decepción y se fue directamente a su casa.

Decidió apaciguar su mente con una botella de vodka mientras miraba la televisión. No entendía por qué se sentía tan frustrado: es sólo una persona que va a verlo tocar, como lo hacen muchas otras regularmente. Sentía el estómago revuelto y unas enormes ganas de llorar. Apagó el televisor, se bebió el resto del vodka y se metió en la cama, mientras evitaba hacerse demasiadas preguntas.

La semana siguiente, Ipsak estuvo a tiempo para su ensayo. Estaba totalmente decidido a confrontar a la muchacha, y ya tenía una larga lista de preguntas que deseaba hacerle. Mientras se ponía el traje de gala, le resultó inevitable mirarse en el espejo y comprobar que lucía bien. Más aún, le sorprendió gratamente que aquellos ojitos azules tenían un brillo extraño que no podía explicar.

Salió a escena, ansioso por verla. Sentía la humedad de la emoción en las palmas de las manos, y estaba seguro de que aquella noche sería definitiva. Se apresuró a estar en su puesto, arregló como pudo la partichela en el atril y la buscó en la primera fila. Cuando anunciaron la tercera llamada, los ojos de Ipsak saltaban desesperados de la primera fila, a la puerta, a las sillas que más atrás mostraban una sala repleta, a los asientos de más adelante, a la puerta. Cuando llegó el segundo movimiento de una larguísima sinfonía de Shostakowich, Ipsak sentía que la corbata le asfixiaba, y tenía atorado el llanto en la garganta.

No pudo terminar la presentación. En el intermedio, se disculpó como pudo con el director y salió corriendo. Se montó en su auto y comenzó a darse explicaciones acerca de lo que había ocurrido con ella aquella tarde. Tomó nota mental de todos los lugares en los que se imaginaba que ella estaría en esos momentos, y se quedó con las explicaciones que estaban en los límites de lo razonable: probablemente tuvo un contratiempo familiar muy importante. ¿Por qué otra razón habría de ausentarse?

Las justificaciones que se dio a sí mismo lo calmaron durante la semana, y pudo atender con éxito sus compromisos, que incluían un par de clases de violín, los ensayos con la Orquesta, una visita a su madre y un par de cartas que había dejado inconclusas desde hacía mucho tiempo. El día del concierto se convenció de que ella estaría ahí como siempre, y se prometió no hacerle reproche alguno por la ausencia de la semana anterior.

Pero de nuevo la vida, esa enfermedad mortal que ya lo tenía poco menos que harto, le jugó una mala pasada. Ella no estaba ahí cuando anunciaron la tercera llamada, y no apareció después del intermedio. Ipsak se sentía al borde del abismo, y no había manera de que pudiera entender qué era lo que estaba ocurriéndole.

Su frustración fue in crescendo conforme las semanas se apilaban una sobre la otra y la muchacha de rojo no aparecía. Hacia el final de la temporada, Luis lo convenció de compartir un par de copas y algunas confesiones más, lo que Ipsak concedió a sabiendas de que su compañero de atril hablaría más de lo que escucharía. Se fue con él al bar de un Sanborn’s, y mientras bebía un Jack Daniels en las rocas con una sed de naúfrago, Ipsak atropelló las palabras de su muy parlanchín compañero y le contó la historia de su muchacha de rojo.

“¡No la jodas. Sak!”, le contestó su colega, divertido, “¿Me vas a decir que la amas con locura y arrebato?”

“Claro que no”, respondió Ipsak, con desencanto, “en serio no sé qué es lo que me pasa”.

“¿Pues qué sientes?” interrogó Luis.

Ipsak W. Niwellswi se miró a sí mismo sin necesidad de un espejo. Se percató de que toda su vida había tratado de tocar una pieza, pasar un examen, ganar una beca, llegar a un ensayo, dar un concierto. Se vio a sí mismo encerrado por horas estudiando aquel instrumento que ese día, en ese momento, ya no le parecía tan mágico, y entendió que esas horas de estudio se le amontonaban en años sobre las arrugas que ya asomaban en su sien. Se observó llegando cada noche a un departamento austero, con la maleta eternamente empacada esperándole en la sala, con una botella de vodka en una mano y el estuche del violín en la otra, y ningún sonido más que la televisión para acompañarle antes de dormir. Sólo entonces tuvo la fuerza necesaria para responderle a Luis, y para responderse a sí mismo, con una honestidad más brutal que el accidente que le había arrancado las expectativas sobre sí mismo:

“Ella me hacía sentir que soy de verdad”.

 

Abril 2006.

2006年5月

Allegretto grazioso

La nota suicida de Amelia Moreno habría desconcertado a cualquiera. Pero no desconcertó a nadie, porque la dejó sobre el librero alto, recargada contra el marco de una foto. El Conde, su gato pardo y gordo, tiró al suelo el marco, la foto, la nota y uno o dos libros al treparse al librero, en un intento desesperado por despertar a su dueña del sueño de muerte que la tenía de cara contra la alfombra, y que francamente ya lo tenía muy nervioso.

El MP desordenó bastante más que el gato, cuando tres días después forzaron la puerta y hallaron al Conde acurrucado sobre la espalda de su dueña, pese a que ya empezaba a heder. Como si no fuera evidente que la joven se había quitado la vida, los agentes tuvieron buen cuidado en vaciar los cajones de la recámara, las alacenas y hasta el botiquín del baño. Al final, concluyeron que efectivamente, y pese a que no había una nota suicida, Amalia Moreno se había quitado la vida ella misma.

(El abogado de la familia tuvo que litigar durante cuatro años por el error de dedo del MP. “Amalia Moreno”, según la historia familiar, no podría haberse quitado la vida, porque era un bebé de siete meses que, de haber conocido a Amelia, la habría llamado tía. Además, sucedió que “Amalia Moreno” efectivamente había muerto en fecha cercana al suicidio de Amelia, pero durante un enfrentamiento entre ambulantes del centro, por un pedazo de banqueta. Esa “Amalia Moreno” no era pariente de los Moreno, pero tampoco era ambulante, y mucho menos se había suicidado, lo cual constituyó toda una serie de demandas y juicios de la otra familia Moreno contra la compañía de seguros.)

Sin contar los enredos de la supuesta homonimia, la familia de Amelia borró a la hija malhadada por completo. Un contingente de sirvientas llegó al departamento después de que el MP se fuera, para limpiar y recoger los últimos vestigios de la vida de aquella. No discriminaron entre libros, discos, fotos, velas, escritos, colillas de cigarro y envases de cerveza, y junto con todo aquel revoltijo de recuerdos, memorias, borracheras y secretos, las últimas palabras de Amelia se perdieron entre las páginas de un viejo diccionario de filosofía.

(Al parecer, el libro y la nota suicida fueron a parar a una librería de viejo. El dueño compró la pequeña biblioteca de la difunta a muy buen precio, que alcanzó y sobró para financiar la asistencia de todas las sirvientas a un chippendale. La nota acabó en la basura, luego de que el encargado de la librería la examinara. Al leerla, éste pensó que había descubierto algún documento de gran valor literario. Pero luego hizo una mueca de autocrítica, del tipo “no seas wey”, la rompió, y etiquetó el diccionario en veinte pesos. Con toda certeza, éste sigue acumulando polvo en el estante de alguna otra biblioteca.)

Lo único a lo que las sirvientas pusieron gran cuidado fue a Conde, que vivió una vida larga y feliz en casa de una de ellas. Eso, y la ropa de Amelia, claro, porque la orden fue clarísima: limpien el departamento y hagan con todo lo que encuentren lo que quieran. Así que entre ellas se repartieron blusas, vestidos, trajes, camisas y faldas. Un número descomunal de zapatos, de una talla igualmente grande, fue a parar a un tianguis y se ofertó a diez el par.

Amelia Moreno, una mujer que podía trazar su línea genealógica seis generaciones al pasado, le había dado la espalda a todas ellas en un desplante de rebeldía. Su padre había impulsado con entusiasmo los estudios de piano de la hija, y le había proporcionado todos los medios para que fuera feliz. Él estaba cierto de que la música era una carrera apta para su género y condición social, y su hija, siempre obediente, parecía tener habilidad y gusto por la singular elección de su padre.

(En realidad no era tan singular. El padre de Amelia era un músico frustrado, que pasó varios años entre un profesor de violín y otro, tratando de que alguno le ayudara a resolver su falta de aptitud y su aún más exiguo talento musical. Él estaba seguro de que no había desarrollado todo su potencial por culpa de su padre, que lo había enviado a invertir sus tardes en clases de natación, en vez de música. Frustrado, hizo con el violín y el Schradiek una linda fogata, en la que sus amigos asaron malvaviscos durante la celebración de su 25º cumpleaños. Tres años después, cuando nació su primogénita, decidió que él no cometería el mismo error que su padre y puso a la niña a estudiar música en cuanto pudo sentarse sola.)

Sin embargo, la hija desobediente decidió provocar aún mayor frustración en su acomedido padre. La víspera de su partida a New York, que marcaba su ingreso a Julliard, la nena decidió mandarlo todo a volar: quería ser periodista y estudiar en la UNAM. Su madre sufrió un desmayo y su padre un ataque de ira, que se acentuó todavía más cuando la nena añadió a su profesión liberal el abandono de la casa paterna.

Su madre volvió a desmayarse cuando la mañana siguiente descubrió que su pequeña había llenado la cajuela de su pequeño ford azul último modelo con todo lo que pudo, más un pequeño camioncito que rentó con master card, y se había largado a casa de su novio. Su padre la hubiera dado por muerta en ese momento con todo gusto, pero su mujer no lo permitió. Pese a sus ideas radicales, Amelia era todavía su hija: una Moreno.

Un abogado fue quien elaboró, negoció y firmó en representación de los Moreno el contrato que le dio certeza a la madre de que su pequeña estaría tan a salvo como se podía. Amelia recibiría un departamento en la Del Valle, su auto, y una modesta pensión que pagaría por sus gustos totalmentepalacio, a cambio de renunciar a vivir con el novio. Ella había aceptado pues estaba acostumbrada a ciertos lujos que el muchacho en cuestión no le iba a poder dar. Él, haciendo a un lado el orgullo, concedió con resignación.

(Esos ciertos lujos, como la ropa de diseñador y la habilidad de comprar cuanto se le antojara –desde unas palomitas en el cine hasta una pintura en una exhibición-, eran para Amelia una necesidad. Por otra parte, el novio había mostrado la misma resignación cuando, meses después, se dejaron mutuamente, por culpa de un tercero en discordia, cuya identidad, al día de hoy, los padres de Amelia ignoran felizmente, pero que el abogado reconoce cada vez que se mira en el espejo.)

La realidad era que Amelia no quería ni el piano, ni al novio, ni la independencia, ni ser periodista. Peor aún: la pequeña heredera de Antonio Moreno no quería saber qué quería. Vivió toda su vida al capricho de su antojo y jamás nadie pudo determinar con claridad por qué alguien que podía tenerlo todo, no se decidía por algo.

(La verdad es que nadie se lo preguntó jamás. Ni se lo preguntó a Amelia, quien muy probablemente habría alzado los hombros coquetamente a modo de respuesta. Es la ventaja de conocer la historia desde el punto de vista del narrador: podemos darnos el lujo de hacer preguntas retóricas que retan al lector y nunca se concretan en nada.)

Amelia, en efecto, estudió un semestre de periodismo. Decir estudió es mucho, porque más bien se paró dos o tres veces en la facultad y eso fue todo. Se pasó el semestre leyendo en la biblioteca, hasta que descubrió que también podía comprar libros y leerlos en casa. Se armó de un diseñador de interiores y su tarjeta de crédito y llenó la sala de estar de su departamento de libreros, y luego se hizo el propósito de llenarlos de libros, lo cual consiguió efectivamente y en muy poco tiempo. Su pequeña biblioteca era su orgullo secreto, porque confesarlo no le parecía muy fashion.

(De hecho, Amelia descubrió que hasta para comprar libros se necesita tener buen gusto. En alguna ocasión equiparó el Letras Libres con la Cosmopolitan y sus amigos intelectuales se sintieron insultados. Sus amigos totalmentepalacio se habrían sentido insultados también, si hubieran sabido qué cosa era el Letras Libres. Al intentar comentarlo más tarde entre ellos, determinaron que Amelia dijo “les tres dibres” y no “letras libres”, pero tampoco entendieron qué fue lo que quiso decir. Si su francés hubiera sido un poco menos parroquial, hubieran caído en la cuenta de que lo que quisieron entender fue “los muy dibres”, que es absurdo, porque dibres es en realidad Qarku i Dibres, una provincia de Albania que ni siquiera alguien con cultura general sabría ubicar en el mapa.)

Amelia devoró tantos libros que acabó por tener ideas propias, una cosa nada recomendable para alguien de su género y condición social, y que habría provocado a su madre un desmayo más. Un día se levantó de madrugada, desnuda como estaba, y se paró en medio de su biblioteca. Un espejo enorme que el diseñador había instalado en una de las paredes para darle profundidad a la habitación le devolvió su propia imagen. Ahí estaba ella, con su cuerpo esbelto y espléndido, sus cabellos dorados cayendo con suavidad sobre su espalda, sus enormes ojos verdes. Se sintió el bonito empaque de un nuevo collar. Pero el collar no estaba dentro. Se sintió vacía, una cascarita sin relleno. Al borde de su autoflagelación, cambió ese pensamiento por una verruguita que alcanzó a distinguir sobre su muslo izquierdo, y volvió a la cama decidida a acudir a un cirujano plástico, si era necesario, para que quitara esa fea mancha de sus piernas perfectas.

Pero el pensamiento, como un par de zapatos nuevos que no acababa de amoldar, la persiguió durante muchos días. La sedujo, como si fuera el vestido azul que desde un aparador la invita a probárselo. Un buen día, con el Conde sobre el regazo y un libro nuevo del que no podía pasar de la página seis entre las manos, se rindió a él. Vio su vida entera como una sucesión de nada en particular y por primera vez se sintió miserable. Invitó a la muerte. Le abrió la puerta de par en par con un vaso de tequila y un frasco de tranquilizantes que el abogado mantenía en el cajón del buró. De último momento, pensó que tal vez debía dejar constancia de la única decisión que había tomado en su vida para darle sentido. En una hoja de papel que acabaría siendo la burla del encargado de una librería de viejo, Amelia garabateó lo único coherente y cierto que pudo en esos últimos momentos: “Tengo un muerto en la biblioteca”.

2006年4月

Un sobre blanco

         Sí, así es. Supongo que no tengo nada de que preocuparme. Soy joven, no tengo ni 25. Soy alta, delgada, atractiva. Mi cabello es todavía negro, espeso, pesado. Todavía llamo la atención. Y sí, eso es lo que pretendo. Estoy aquí sentada en la barra de un bar muy caro y sofisticado, usando un vestido en extremo corto y escotado que no deja casi nada a la imaginación, de un rojo vulgar y muy provocativo, esperando a que aparezca la víctima de esta noche. Que me invite una copa. Que entre la charla y la bebida me bese, y a eso de las tres de la mañana, luego de bailar y divertirme, me lleve a la cama.

Pero él debe ser algo especial. No voy a acostarme con cualquiera. Él debe estar buscando a alguien que lo haga olvidar a su mujer, a su trabajo, a sus preocupaciones. Debe perseguir una relación ocasional, un amor fortuito, rápido, una aventura sin mayor trascendencia que algo de dinero invertido en unos tragos, con tal de convencer a la mujer de ir a la cama. Él no tiene que convencerme, pero debo hacerme del rogar. Yo estoy dispuesta a darle ese rato de diversión, esa aventura que anda buscando. Al fin y al cabo, en una semana no seré para él ni un mal recuerdo. Se le olvidará. Y para mí será sólo uno más. Uno más que agregar a la lista. Pero sé que tarde o temprano se va a acordar de mí. Eso lo garantizo.

            ¿Soy una cualquiera? Quizá. Dicen que el fin justifica los medios. ¿Cuál es mi fin? Venganza. Dura, cruel, fría y ventajosa venganza. Deliciosa venganza. Pura, maligna y desidiosa venganza. ¿Estoy amargada? De seguro sí. Sólo loca o amargada se hace lo que yo hago. Pero un loco no lo haría con tanto cuidado, no lo planearía tan bien. ¿Qué es lo que hago? Acostarme con el primer macho que se me atraviesa en el camino. ¿Por qué lo hago? Larga historia.

            Tenía dieciocho años cuando lo conocí. Él era un hombre alto, guapo, moreno, de cuerpo atlético, inteligente y deportista. De inmediato se fijó en mí, pues ya dije que era, y aún soy, bastante atractiva. Empezamos a salir seguido y él siempre tenía detalles bonitos conmigo: me daba flores, me llevaba a los lugares más caros y exclusivos, me hacía regalos costosos... desde luego, él tenía dinero. Tenía el poder. Él era bueno en todo, más cuando se trataba de alardear. Siempre estaba dispuesto a hablar de sus autos nuevos, de su casa de Miami, de su penthouse en Polanco. Se creía dueño del mundo entero, y también de mí.

Sí, me enamoré de él. Así de fácil. Porque yo no veía en él al hombre de dinero que es poderoso y tiene talento, yo lo veía como alguien muy tierno y maravilloso, alguien al lado de quien despertaría cada mañana del resto de mi vida, dándole gracias a Dios por tenerlo junto a mi cada día, alguien que sería el padre de mis hijos, que me daría confianza y seguridad, que me escucharía y que me comprendería. Porque así era él, al menos así fue un tiempo, hasta que lo conocí bien, pero eso tomó un par de días y un sobre blanco.

Nos casamos un año después de conocernos, pues entre sus posesiones, él debía tenerme a mí, y por escrito. De ornato, claro. Me veía bien a su lado, ataviada en vestidos carísimos y joyas exóticas, durante las fiestas y las galas a las que era invitado. Como si yo fuera un saco o un pisa corbatas. Pero yo acepté porque lo amaba, y él decía amarme también. Me gustaba ser su “posesión más costosa”, como él me llamaba. Me llenaba constantemente de flores y regalos; siempre regresaba a casa dispuesto a tenerme por todas las de la ley. Aunque yo no tuviera ganas. A veces me hacía el amor dormida.

            Estuvimos casados como dos años. Casados sin hijos, porque él nunca estuvo seguro de querer ser responsable. Así que eso lo dejamos para después. Pero así éramos felices. Yo era feliz.

            Todo eso no duró mucho. No sé, ni me interesa por qué, pero un día lo mandaron a hacerse unos análisis para no sé qué demonios. Y fue. Y todo seguía igual: Fiestas, alcohol, sexo. Hasta el día en que debía recibir sus análisis. El doctor lo mandó llamar, pero como él estaba muy ocupado, me envió a mí en representación suya. El médico se molestó un poco, pero igual me pasó a la oficina. Me hizo sentar. Me entregó un sobre blanco y me pidió que lo leyera. Había un montón de términos que no entendí, pero al pie de la hoja, con letras muy grandes, entendí perfectamente VIH-positivo. El cabrón tenía SIDA. Eso sí lo entendí. Se había metido con alguna puta y ahora tenía SIDA. ¿Y yo? ¿Y yo qué? Me desmayé. El médico me dio una cita para un análisis de sangre. La prueba ELIS o algo así. Me fui a mi casa.

-¿Qué te dijo el médico, mi amor?- preguntó él en cuanto llegó.

-Nada, mi vida, no te preocupes,- dije sarcásticamente, pero él no lo noto.

            ¿Qué pensaba? No sé si pensaba algo. ¿Por qué no se lo dije? Quería que sufriera conmigo, si mi destino era el mismo. Tomó una sola ojeada a un sobre blanco de resultados de laboratorio para darme cuenta de que todo aquello que yo creía de él era una mentira. Me había engañado de la manera más estúpida, pero yo fui más estúpida porque ni cuenta me di. Fue increíble como el amor tan resignado e incondicional que sentía por ese hombre se había transformado en un odio que me hacía más feliz que ser su mujercita.

            Estaba en la oficina del médico, esperando a que  me entregara el sobre. Mientras, pensaba en qué haría si decía negativo. Primero me burlaría de él. Lo humillaría, lo maldeciría y luego lo dejaría sólo. ¿Y si decía positivo? Me las iba a pagar. Si no él, cualquier otro. Iba a cobrarle intereses al destino.

            Abrí el sobre. No me fijé en lo que no entendía. Sólo entendí positivo.

-Gracias, doctor,- dije y salí del consultorio, muerta de rabia.

            Por la noche lo esperaba. Me puse el negligé negro que lo volvía loco. Me solté el cabello y me pinté los labios. Así le encantaba. Así estaba segura de que se me tiraría encima, rogándome que lo ayudara a desvestirse. Así lo quería ver: ansioso, deseoso, excitado. Porque así se iba quedar.

-Hola, ¿por qué tan guapa?- dijo al llegar, tomándome de la cintura y estrechándome contra sí.

-Te quería dar la sorpresa...- contesté con coquetería.

-¿Qué sorpresa?- me preguntó, besándome el cuello y acariciándome.

-No... no... mm... mejor averígualo tú,- dije dándole el sobre blanco.

-¿Qué es esto?- dijo sin dejar de tocarme.

-Léelo- ordené.

            Me quitó las manos de encima para abrir el sobre. Sacó el contenido y se sentó en un sillón. Empezó a leerlo. Luego palideció. Por Dios, juro que su piel morena  palideció al grado de que las venas se le transparentaban. Yo lo miré, con una mirada sádica, como disfrutando cada momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Pero... ¿qué es esto?- sollozó.

-Lo que te mereces, y un poquito más,- respondí altanera.

-No, pero... ¿qué? ¿Tú como estás?- indagó.

-¡Sidosa, hijo de perra! Por tu maldita culpa,- grité alterada. -A ver, dime con qué perra te fuiste a meter que me ha hecho esto a mí... A ver, contéstame, ¿con quién? Desgraciado...-

            Él me miraba aterrorizado. Yo estaba como loca, gritando toda clase de insultos y vociferando amenazas.

-No, chiquita, no sé con quién,- contestó él, medio llorando y medio atemorizado.

-¡Pues me la vas a pagar! ¡Si no tú, cualquier otro hijo de la chingada que se me atraviese en el camino!-. En ese momento callé. No quería decir más.

            A él logré sacarle una buena feria, por lo del divorcio y todo ese rollo. Y ahora ya no tengo mayor preocupación. ¿La enfermedad? No me importa, mientras se siga propagando. ¿Mis sentimientos? Son totalmente hondos y puros: puro odio, pura maldad, pura venganza.

            Pero ahora estoy aquí en el bar, y aquí viene un caballero ataviado en Armani. Sí, es casado, acabo de verlo meter la argolla en el bolsillo. Se acerca a mí, me sonríe, me invita un trago. Lo acepto.

Sí: creo que él es el número 87 de mi lista...

1997

 

2006年4月

Un día en la vida

La mujer paga su deuda con la vida

 no por lo que hace, sino por lo que sufre.

Schopenhauer

            Me levanto, como siempre, a las cinco de la mañana. Apenas y me da tiempo de prepararle el desayuno a mis hijos y a mi marido. ¡Mis hijos! Miguel ya tiene catorce, Lidia doce, Ramón siete y Carlitos, el bebé, tres.  Pero nunca tengo mucho tiempo para pensar en eso. Me tengo que mover rápido.

            A las siete de la mañana ya están todos listos, bañados, vestidos y desayunados. Doy un beso a mi marido y trepo a mis niños en la camioneta. En el camino, los chicos pelean, Miguel me pide dinero para no sé qué; Lidia me da a firmar algo que creo es una boleta con seis materias reprobadas; Carlitos llora pues no quiere ir a la escuela; mientras Ramón le jala el cabello a su hermana. Poco a poco, voy deshaciéndome de ellos, hasta que a las ocho y media dejo al bebé en la guardería.

            A las nueve ya estoy de vuelta en la casa. Casi ni me da tiempo de bañarme y arreglarme, y Micaela, la sirvienta, me persigue por toda la casa mientras hace el aseo, platicándome los chismes frescos de esta mañana. Me dirijo a la cocina, porque a mi cocina nadie se mete más que yo, y empiezo a pensar qué hacer de comer. Suspiro. Así les diera la comida del perro, no lo notarían. Nadie aprecia el esmero que pongo cada mañana al cocinar para ellos. Resignada, entre cazuelas y sartenes, comienzo a preparar algo. Arroz a la mexicana y pollo con mole verde sería algo bueno.

            Suena el teléfono, y es mi marido. ¡Si no lo amara tanto! Me pide a gritos, y sin decirme ‘hola’, que recoja su traje de la tintorería, porque debo recordar que hoy es la cena anual de su empresa. ¡Como si pudiera olvidarlo! Es la noche más horrible del año.

            A eso de las once y media, suena el teléfono de nuevo. Esta vez, el director de la escuela de Miguel me manda llamar urgentemente. Sólo Dios sabe qué estupidez hizo esta vez. Como alma que lleva el diablo, salgo de la casa, gritándole a Micaela que le eche un ojo a la comida. Paso rápido por la ropa de la tintorería, y el encargado me dice ‘con la pena’ que quemaron el traje de mi marido. Con la pena, el costo del traje y el traje quemado, salgo como loca a abrirme paso a claxonazos porque ya son las doce y Carlitos ha de estar desesperado, llorando, abrazado de la reja del kinder, porque no llego por él. Pensará que lo olvidé. Mientras miento madres y me le cierro a todo el mundo, pienso en un buen psicólogo para el niño: creo que lo necesitará algún día.

            Recojo a Carlitos, quien de hecho está aferrado a la reja sin parar de llorar. Y así, sin parar de llorar, lo llevo conmigo a ver al director de la escuela de Miguel. Entro a la oficina, donde Miguel y dos de sus secuaces esperan sentados, con caras largas. El director se encarga de informarme que los niños, tan infantiles e inocentes, pusieron Kola-loca en el asiento de su anciana maestra de historia, y la pobre quedó con el trasero pegado a la silla. A pesar de que la conducta de mi hijo es reprochable, no puedo evitar soltar una sonora carcajada, que provoca que mi interlocutor abra los ojos y la boca en señal de desaprobación.

Una hora después, mis hijos y yo salimos regañados y con la cola entre las patas, deseando que la tierra nos trague. En un rato debo ir a recoger al resto de los niños, así que aprovecho para llamar a mi marido y darle las condolencias por su traje quemado. Después de gritarme por espacio de quince minutos, me manda a comprarle otro traje. Compro el traje y recojo a Lidia y a Ramón. Hasta ese momento, las cosas no han salido mal.

Llego a la casa, y como si fuera obra del destino, Micaela quemó la comida. Tras hacer el coraje de mi vida, llamo a Pizza Hutt y pido un par de pizzas para mis hambrientos hijos. Mientras las traen, arreo niños, gatos y perros por toda la casa, pues Micaela tuvo a bien abrir la puerta del jardín y todo el zoológico que mis hijos dicen atender se metió a dejar sus huellas de lodo en mis alfombras.

            Al fin llegan las pizzas. A eso de las cuatro empezamos a comer. Por supuesto, los niños comen armoniosamente, atosigándose mutuamente y arrojándose las costras de pan de la pizza. Molesta, los envío a sus cuartos a lavarse y a hacer la tarea. Minutos después, los tamborazos se dejan oír desde el cuarto de Miguel, pero lo dejo, pues dice no poder concentrarse si no escucha Metallica.

            Mientras lucho contra la comida quemada y aferrada a mis cazuelas, recibo la cordial y siempre inoportuna visita de mi suegra. Por supuesto, ella bien podría ser el estereotipo de la mami suegra: omnipresente, omnipotente, odiosa, metiche, y chismosa. Se sienta, y mientras critica la manera en que crío a mis hijos, lavo mis cazuelas, atiendo a mi marido, alimento a mis gatos, me peino y en general todo lo que hago, me cuenta que está sola, amargada y cansada, y necesita una amiga con quien platicar. Cortésmente, le preparo un café, el cual por supuesto le parece malo, y me siento a platicar con ella de las pequeñeces que platicamos todas las amas de casa.

            Ya que está satisfecha por haber desahogado sus múltiples frustraciones conmigo, se va. Pero ocurre que son ya las siete, mi marido está por llegar y yo no me he arreglado. Antes de meterme a bañar, paso por las cuatro habitaciones de mis hijos, para ver cómo van con la tarea. Ramón aún no domina la tabla del ocho. No me preocupo, pues a mi edad, no conozco a nadie que se la sepa completa y de corrido. Lidia se las arregla muy bien con el álgebra. Carlitos no me da lata, está sentado entre sus juguetes, imaginando alguna aventura. Miguel está muy ocupado, pues de castigo lo han suspendido una semana, con un montón de trabajos de investigación.

            Siete y media. Me meto a bañar rápido. ¡Diablos! Un bañito torero no va a ser prudente. Así que me tomo mi tiempo. Estoy saliendo de la regadera, cuando a gritos mi marido me llama cariñosamente ‘vieja’. Me da un beso y entra en el baño. ¡Espero que el traje no esté muy grande! Me pongo el vestido negro que le fascina, y empiezo a recogerme todo el cabello a la altura de la nuca. Cuando estoy empezando con el maquillaje, él sale de la ducha. Mientras se viste, escucho ‘atentamente’ todas las quejas que tiene del inútil de su jefe y de los idiotas de sus compañeros. Para hacer mi día completamente feliz, el pantalón le queda algo largo. Saco hilo y aguja, y mientras a gritos llama a sus hijos para que le den las buenas noches y le platiquen cómo les fue en la escuela, yo le subo el dobladillo a su pantalón. Miguel entra en nuestra recámara. “Sin novedad, papá”, le dice. Yo lo miro con complicidad. Ninguno de los dos debe decir nada todavía.

            A las nueve y media nos despedimos de los hijos y nos vamos a la mentada cena. Como dije, es la noche más horrible del año, porque mi marido tiene a bien no tomar más que esa única noche en el año, y debo sacarlo cargando invariablemente. Además de que tengo que tolerar los comentarios obscenos de todos sus compañeros, mientras él me da palmaditas en el hombro y se ríe.

            A las cuatro de la mañana, tras haberlo trepado al coche con un enorme esfuerzo y tacones asesinos del diez, llego a casa. Para colmo, la puerta de la cochera se atoró y debo bajarme a abrirla a patadas. Después de llevarlo hasta la recámara, desvestirlo y acostarlo a dormir, empiezo a revisar a los niños. Los cuatro están dormidos. Bajo a la cocina y encuentro la evidencia de una cruenta guerra con Frootloops y Chococrispis. Ni modo, mañana lo limpiaré.

            Mientras me quito el maquillaje, me preparo psicológicamente para el día de mañana. Limpiar cocina, llevar a los niños con sus abuelos, soportar la cruda de mi marido. Pongo la cabeza en la almohada y mientras el sueño y el cansancio se apoderan de mí, recuerdo a la Mafalda de mi infancia y me pregunto qué me gustaría hacer, si viviera.

 

1995

 

Cinco letras, dos palabras

Con el verdadero amor ocurre lo mismo

 que con los fantasmas: todo el mundo habla de él,

pero pocos lo han visto.

 La Rochefoucauld

Llovía. Llovía muy fuerte, quizá porque no había llovido en mucho tiempo. Yo acababa de tomar una de las decisiones más importantes de mi vida. Algo que la cambiaría para siempre. Implicaba perder algo mucho más valioso, algo que en diez años no había surgido nunca, que estaba latente desde el principio de los tiempos, pero que yo no había notado en diez años. Por eso sentía que la tormenta que se desataba en el exterior no se comparaba con la que se estaba desatando dentro de mí.

Diez años atrás conocí a un muchacho. Era alto y bien parecido, de oscuro cabello y ojos marrones. A primera vista, parecía algo vanidoso y egoísta, pero si uno se proponía conocerlo, era en realidad muy simpático, optimista y divertido, además de que resultó ser una de las mejores personas que había conocido hasta entonces. Se llamaba Alberto, y con él pasé los siguientes diez años, mientras salíamos de la adolescencia para convertirnos en adultos jóvenes, ansiosos de ver el mundo tal y como era.

Tú sabes cómo es eso, ¿no es cierto? Mientras terminábamos la prepa, pasábamos mucho tiempo divirtiéndonos juntos: prácticamente inseparables, éramos los amigos más unidos y leales que había entonces. Recuerdo que su buen humor compensaba mi mal genio, y la chispa que nos había hecho ser los grandes amigos que éramos nacía de ese encanto mutuo que despertábamos en la gente. Se nos iba la vida en perder el tiempo sin perderlo, pretendiendo que estudiábamos mientras que lo que hacíamos era morirnos de la risa con alguna de nuestras ocurrencias; hacíamos viajes al centro de la ciudad, recorríamos sus calles jugando a los turistas; pasábamos mañanas enteras echados en el pasto a merced del sol que nos tostaba la piel lentamente, mientras jugábamos como niños pequeños, tratando de tirarnos el uno al otro al suelo; las tardes volaban en una cafetería que invitó a crecer a nuestro mutuo vicio por los cigarrillos; o simplemente íbamos a ver una mala película en el cine cercano a mi casa, y nos arrojábamos palomitas para no dormirnos. Después de todo, éramos sólo adolescentes, cultivando algo más que una amistad, a fuerza de estar juntos todo el día, todos los días, mientras la vida transcurría lenta en la terraza de la escuela, que tantas veces nos había visto llorar, reír, jugar y pelear.

Nuestra amistad envejeció con nosotros. Cada vez era más grande, más fuerte. Cada vez estábamos más unidos, sino por esa amistad, por la costumbre, pues ya nos habíamos vuelto predecibles el uno para el otro. No necesitábamos hablar para entablar una conversación o cambiar opiniones: una mirada bastaba. Casi ni nos habíamos dado cuenta del paso del tiempo, cuando de repente estábamos a las puertas de la Universidad. Así que la costumbre nos llevó a buscar una manera de vernos, quizá no tanto como antes, pero con la mayor frecuencia posible, en nuestra vieja cafetería de siempre.

Recuerdo en particular un acontecimiento que ocurrió meses después de iniciar la Universidad. Nos reuníamos en las tardes en la cafetería que frecuentábamos desde siempre. Esa tarde, Alberto tardaba más de lo normal. No me extrañaba porque de los dos, yo era la puntual y él era el despistado que siempre llegaba tarde. Tenía una hora de retraso cuando empecé a preocuparme. Caminé hacia un teléfono y lo llamé. No había nadie en su departamento. Llamé a casa de su madre y me dijo que no sabía nada de él. En mi cabeza, imaginé que había tenido un accidente, o que lo había raptado un alien, o que algo muy horrible le había pasado. Tomé el teléfono y llamé a su madre de nuevo, para decirle que si se comunicaba con ella primero, cosa que dudaba mucho, le dijera que me llamara. Su madre contestó el teléfono.

— Hola...— dijo con la voz entrecortada.

— Hola, ¿Señora, no ha llamado Alberto?— pregunté.

— Está en el Hospital... tuvo un accidente...— dijo sollozando.

Ni siquiera me tomé la molestia de colgar. Corrí a mi viejo Renault rojo y conduje lo más rápido que pude hasta el hospital. Un médico me dijo que Alberto estaría bien, que estaba en cirugía y demandó ver a un familiar. A pesar de que yo era más que una hermana, no quiso hablar conmigo. Afortunadamente, la madre de Alberto llegó un minuto después.

Pasé tres de las horas más amargas de mi vida sentada en esa sala de espera, esperando. Si había una cosa que yo odiaba en el mundo era esperar, porque siempre había esperado mucho de mucha gente y no había obtenido nada. Finalmente, una enfermera, enorme como una puerta de cedro labrada, nos dijo que podíamos pasar a verlo. Su madre entró primero. Salió un tanto enojada, dos minutos después.

— Quiere verte — masculló.

Entré aprisa. Él estaba muy a gusto, sentado en esas camas pequeñas e incómodas que tienen los hospitales, con una sonrisa enorme y una pierna enyesada.

— Hola— dije— ¿Qué tal el quirófano?—

— No lo sé tontita, no he estado en uno últimamente— dijo con ese tono cínico que me sacaba de mis casillas siempre.

— ¡¿Cómo que no, estabas en cirugía hace un momento?!— dije alterada.

— ¿Eso les dijo el médico? Ja, sólo me dio un par de puntadas en la cabeza y me enyesó la pierna y dice que estoy en cirugía. . . —

— ¡No inventes, estaba preocupada! ¡Pensé que algo horrible te había pasado, hubieras podido ser más específico con tu madre y así me hubiera ahorrado la gasolina, los semáforos en rojo y la maldita preocupación!— grite antes de soltarme a llorar en sus brazos.

— Natalya... no me pasó nada... qué bueno que te preocupas... pero no paso nada...— dijo él, consolándome.

— Pero y si te hubieras muerto... — le dije entre sollozos.

— No me voy a morir, no sin avisarte, porque somos los mejores amigos y nada va ha separarnos... ¿OK?— dijo sonriéndome.

— Bueno...— contesté un poco más aliviada.

Quizá en el fondo nos queríamos como algo más que amigos, pero ambos sabíamos que en otras circunstancias, nuestra relación no funcionaría. De cualquier manera, ninguno de los dos estaba seguro de lo que sentía, y mencionar el tema hubiera sido caos instantáneo.

Durante el último año de la Universidad, me hicieron una propuesta que no podía rechazar: una beca para estudiar una maestría en Inglaterra. ¡Inglaterra! Era el sueño de mi vida desde que estaba en secundaria... pero significaba dejar en México diez años de mi vida y la persona que representaba esos años irrepetibles se quedaría también.

En mi departamento, sentada a la mesa de la cocina frente a una taza de café y una cajetilla de cigarros medio vacía, pensaba en Alberto. No había cabida en mi pensamiento para nada más. Alberto e Inglaterra. No fue sino hasta ese momento que descubrí lo que sentía por él. Y ahora el problema era que si no se lo decía y me iba, me culparía por ello el resto de ni vida, y si se lo decía y me quedaba, podíamos perderlo todo: amistad y amor. Porque quizá la única que lo sentía era yo. Mientras en mi cabeza daban vueltas Alberto e Inglaterra, sonó el teléfono.

— Hola... — contesté.

— Hola, ¿Cómo estás?— dijo Alberto jovialmente.

— Bien... oye, necesito hablar contigo, ¿Podemos salir a cenar?— dije tomando una decisión.

— Claro... ¿Pasa algo Natalya?— preguntó él.

— No... te veo donde siempre en una hora... ¿OK?—

— Sí... bye —.

— Bye... —.

Colgué el teléfono con la certeza de que no volvería a oír esa voz por el auricular. Me puse un abrigo y salí de mi departamento en medio de la tormenta. Una hora más tarde, me encontré con Alberto en la vieja cafetería de siempre. Pensé que ese era un lugar muy familiar y que ahí debía darle las noticias... sólo que no sabía cómo.

— Hola Natalya, ¿Qué pasa?— dijo Alberto sentándose frente a mi.

— Siéntate, seré breve... — le dije algo seria,— Me ofrecieron una beca para estudiar la maestría, es beca completa, así que no gastaré nada de mi bolsillo.—

— ¡Excelente! ¿Por supuesto dijiste que sí?— dijo él emocionado.

— Sí, claro... el problema es que... es en Inglaterra... — dije y noté que su cara se oscurecía.

— Entiendo... no nos veremos en mucho tiempo... — dijo él tristemente, pero su cara se iluminó con una sonrisa de inmediato, — debemos pasar mucho tiempo juntos, porque tardarás en regresar, pero me vas a escribir, ¿Verdad? — dijo él, calmando su euforia repentina al ver que yo seguía con el ensamble triste.

— Alberto... eso no es todo... me voy en dos semanas y...—

— ¿...Y...? Natalya, dímelo— insistió él.

— No... adivina... es personal, de mi para ti... cinco letras... dos palabras...— dije quitándome una lágrima de la mejilla.

— Cinco letras, dos palabras... la primera es Te...— dijo medio bromeando él.

— Sí...—dije en un susurro.

— Te... te quiero... te veo... te odio... te amo... te acoso... —

— Te amo...— dije sintiendo el corazón en la garganta, — no me puedo siquiera imaginar mi vida sin ti. —

— ... pero...— balbuceó él.

Me levanté y salí corriendo a mi casa. Supuse que la sorpresa de una confesión tan sorpresiva impidió que tuviera una respuesta más asertiva que la mirada de animal incomprendido que me lanzó. Encontré refugio, por mucho tiempo, en mis lágrimas y en mi dolor por perder a Alberto sin haberlo tenido nunca.

Las dos semanas que antecedieron a mi partida, Alberto y yo creamos un abismo entre nosotros. Después de nuestro encuentro aquella noche, sabíamos que perdimos algo que no volveríamos a recuperar. Nos vimos sólo dos veces esas dos semanas, tratando de hacer como que nada había pasado, pero era obvio para él y para mí que nada sería igual. Jamás.

El día que fui, pensé que iba a llamarme, pero no lo hizo. En vez de eso, apareció en el aeropuerto, minutos antes de que pasara a la sala de abordar. Nos dimos un abrazo fuerte, un beso en la mejilla, prometimos escribirnos y nos dijimos adiós. Tomé mi maletín de viaje y crucé la puerta de cristal que me llevaría a la sala de abordar. Repentinamente, volteé con el rostro bañado de lágrimas, y miré por última vez a Alberto, y moviendo mis labios como si él pudiera entender, le dije: "Te amo". Creo que captó el mensaje, porque movió los suyos diciendo "Yo también". Me alejé mientras las lágrimas en los ojos de ambos llenaban el vacío con algo que se podía sentir, un recuerdo amargo de algo irreal que pudo haber sido y no fue.

Pasé los siguientes ocho años de mi vida en Inglaterra, preguntándome que habría pasado si me hubiera quedado en México, con Alberto. Jamás en esos ocho años recibí una carta suya, pero jamás intenté escribirle. Tenía miedo de romper el encanto que las lágrimas habían creado el día en que partí.

Regresé a México cansada de Inglaterra y con ganas de un buen mole poblano. A mi regreso, no intenté llamar a Alberto, ni verlo. La razón era que estaba comprometida. Contraería nupcias con uno de mis compañeros el mes siguiente a mi regreso, aunque no me sentí particularmente emocionada por eso. Sentía que había cometido alta traición: Decidí renunciar a un amor un tanto platónico mucho tiempo atrás,  cuando en las noches inglesas me despertaba con ganas de un café, un cigarro y la compañía del hombre que por azares del destino no volvería a ver nunca. Lloraba en sueños, deseando que sonara el teléfono y que fuera él, deseando que atravesara la puerta en el momento menos pensado y me llamara “tontita” como solía hacerlo, y no porque ansiara tanto verlo, sino porque sabía, de una forma extraña, que él pensaba exactamente lo mismo, del otro lado del Atlántico. Resignada ante ese mal amor, lo cambié por uno no tan prometedor, y regresé a México ilusionada con una boda que no quería y un matrimonio que no iba a funcionar.

Un día, caminando sola por un centro comercial buscando una vajilla que cumpliera con mis exigentes gustos, vi a un hombre que se parecía mucho a Alberto. Caminaba tomado de la mano de una mujer de cabello rojizo que parecía estar embarazada. La mujer entró en una tienda, pero él se quedó afuera. Volteó la mirada a donde yo estaba de pie idiotizada. Era Alberto. Después de un silencio en el que ninguno de los dos oía nada más que los latidos del corazón del otro, y tras la sorpresa que nos provocó a los dos desenterrar de la tumba los recuerdos más amados y perdidos por el tiempo y la distancia, levantó su mano y me enseñó su argolla matrimonial. Levanté a mi vez la mía y le enseñé mi anillo de compromiso. Desde lejos, todo pasaba lento, como en una película, como si estuviéramos quince años atrás en el cine de siempre, viendo una película aburrida en la que los dos somos protagonistas, arrojándonos palomitas, no por no dormirnos, sino porque ninguno de los dos quiere ver el final. Sentí que era la primera vez que lo veía y se veía como un recuerdo, sólo que veinte años más viejo. En medio del silencio, moví los labios como si él pudiera entenderme y le dije: "Te amo". Creo que él captó el mensaje, porque también movió los suyos, contestándome: "Yo también".

1996

 

2006年2月

Instantes

Nunca lo había pensado, pero supongo que los momentos más dramáticos de la vida, los momentos que se quedan definitivamente grabados en el alma de una persona, son los instantes que transcurren en los últimos minutos que nos quedan de vida, una vez que hemos tomado la determinación de quitárnosla por nuestra propia mano. Así le pasó a Alejandra: las caras, las calles, los sonidos, los gestos, incluso las nubes de este cielo parduzco de ocaso decembrino, todo aquello que la acompañó desde que salió de su casa esa tarde hasta la hora en la que el metro citadino le reventó las entrañas, se lo llevó como un tatuaje, tan lejos como la eternidad.

De nada le valió el sufrimiento. De nada le sirvieron tampoco las breves horas de ese amor desaforado que le brindaron una alegría inconmensurable. A instantes, podría decirse que Alejandra vivió en vano, hasta el momento en que apagó el pequeño teléfono celular portador de las malas noticias. Entonces todo cobró sentido: las luces de la ciudad, que empezaban ya a asomarse a esas horas de la tarde, le anunciaban que su determinación sería premiada con una anhelada respuesta.

La respuesta era el final; la pregunta se la había formulado a su almohada muchas veces. Pero también se la había formulado a él, cuando meses atrás él la había tomado por primera vez entre las sábanas impregnadas de amores fugaces, en un sucio motel escondido de la vista de las buenas costumbres.

—¿Cómo vas a quererme?—, había musitado ella, mientras yacía en sus brazos, rendida por los tumultos del amor.

—Ya te lo dije querida: como a nada en el mundo—.

Pero ella sabía que eso era más de lo que podía esperar. No importaba que él le repitiera lo mucho que significaba tener en su vida a una muchacha que lo miraba como hacía mucho nadie lo miraba. Alejandra no podía esperar (no tenía por qué esperar) que la lozanía de su piel y su juventud recién estrenada le valieran para algo más que una diversión, un intermedio en su vida, a últimas fechas cotidiana hasta el hastío. Ella no suponía que hasta cierto punto, él era completamente sincero.

Hasta cierto punto, Ricardo era sincero porque decididamente su vida era una continua repetición del día anterior. Levantarse, bañarse, desayunar, llevar a sus hijas al colegio, ir a trabajar, sentarse detrás de un escritorio todo el día, salir a comer, llamar a su mujer, tomar el café en la inevitable junta de las cinco y media, regresar a su casa en medio del tráfico infernal, mirar en la televisión las mismas fatídicas noticias, dormir, empezar de nuevo. ¿Qué de emocionante tenía para Ricardo esa vida ordinaria? ¿Qué de fascinante puede encontrarse en el diario ir y venir de un hombre común? Pero por encima de todo, ¿Qué puede ser tan definitivo que te haga sentir maravillado por despertar al lado de la misma mujer todos y cada uno de los días de tu vida?

Justo es decir que Alejandra encontraba todo ello fascinante. Para ella, el hombre detrás del escritorio, el que se encargaba de recibirle el café de las cinco y media todas las tardes, el que a veces ni siquiera se percataba de sus sonrojos al entregarle la correspondencia cada mañana, ese hombre cuya voz le revolvía las entrañas cada vez que la escuchaba al otro lado del teléfono, le parecía el hombre más encantador y misterioso que pudiera imaginarse. Sus fantasías de adolescente tardía estaban llenas de él, de su aroma a cigarrillos importados y a lociones caras. En su mente inocente se lo imaginaba tomándole la mano y prometiéndole el mundo entero.

Cuando finalmente Ricardo se percató de sus mejillas encendidas y del escándalo de sus tripas emocionadas, Alejandra ya se había dado cuenta de que aquello, más que inevitable, era impostergable, pero sobre todas las cosas, era imposible. Cuando efectivamente él la tomó de la mano una tarde y se la llevó al sucio motel en donde le dijo que la querría como a nada en el mundo, ella sólo pensaba que nada importaba ya, que estaba escrito en su destino encontrarse entre los brazos de ese hombre encantador, desde que salió de su hogar en un polvoriento pueblo de provincia, para seguir el "sueño mexicano" (si es que tal cosa existe): venir a la capital y estudiar, y trabajar, y sobrevivir.

Desde luego que es una historia tan vieja como la historia misma. Es un cuento para antes de dormir, y ya todos sabemos el final: él nunca va a dejar a la esposa. Está unido a ella en cuerpo y alma, por su matrimonio, por su patrimonio, por los hijos que comparten, por los veinte años de aguantarse mutuamente las malas caras, los malos hábitos y hasta los malos tiempos. Él nunca deja a la esposa; la que gana de todo ese asunto siempre es ella.

Pero la pequeña, ingenua y provinciana Alejandra no tiene idea de ese cuento. Probablemente ni siquiera le interesaba, porque, ¿quién es ella para desear algo más que lo que ya ha recibido? Nadie, piensa Alejandra, pero cuando él comienza a retratar el fastidio que él mismo ha creado de su vida, ella se conmueve. Se enternece hasta el punto de ofrecerle todo ese amor de colegiala, y se extiende frente a él como un salvavidas en medio de ese mar de perdición que es la vida del hombre común.

Él toma ese salvavidas, pero con reservas. Ricardo es egoísta: le interesa volver a sentirse el centro de atención, la razón de vivir para un ser distinto de él. Con su mujer ya no lo encuentra: otras cosas pasan por la cabeza de esa mujercita suya que noche a noche le espera con la cena caliente; sin duda, una vez él fue todo para ella, pero ahora ella tiene a sus hijas, tiene su hogar, tiene su trabajo. Ella ya no lo necesita. Él se siente totalmente impotente, tiene ganas de que ella le dé una razón más poderosa para dejar de amarla y de necesitarla, porque ella ya no lo quiere.

Eso piensa Ricardo, ella ya no me quiere. Ella ya no me espera por amor, sino por costumbre. Ha transformado mis besos y mis caricias en una rutina. Ya no puedo sentármela en el regazo y contarle de mis correrías con mis amigos (mis amigos se han ido apagando como yo). Ya no tengo ganas de abrazarla fuertemente, porque no corresponde a mi abrazo con la pasión de antes, ahora sólo se toma un instante en mis brazos para asegurarse de que todavía soy real, de que todavía respiro y de que aún puede sentirme vivo, pues lo contrario arruinaría su cotidianidad. Mi mujer ya no me ama, ya no está enamorada de mí. Es más importante asegurarse de que sus hijas la adoren, a tener certeza sobre mi amor por ella.

Pero Alejandra no sabe que él lo piensa así, que ella no es más que un recordatorio constante de que su mujer lo ha abandonado, de que ha dejado la devoción por un amor menos arrebatado. Lo que Alejandra sabe es lo que él le dice: te quiero, te necesito, te quiero cerca. Un día ella vuelve a preguntarle; es la misma cuestión, el mismo asunto, pero ahora el sentido es diferente, ahora todo está en juego en esa pregunta:

—¿Cómo vas a quererme?—

—Ya te lo dije: igual que te quiero ahora—.

El silencio lleno de pesadumbre fue para él un anuncio de que ella estaba esperando más, mucho más, sobre todo, lo no prometido. Ella entendió que había caído también en la rutina de él, entre la hora de comer y la junta inevitable de las cinco y media. Alejandra recogió sus cosas esa misma tarde y se fue a su casa. Cuando Ricardo comprendió que ella necesitaba ser querida como toda una mujer, se arrepintió en un silencio doloroso de todo lo que le había dicho, especialmente de todo lo que le había hecho pensar. La llamó al pequeño celular que él mismo le había comprado para tenerla a la mano cuando más la necesitara, y le dijo, clara pero tardíamente, que ella no había sido más que un episodio luminoso en su amarga realidad.

Ella lo supo entonces. Supo que todos sus anhelos habían sido victimados por algo que estaba más allá de su comprensión, más allá de sus sueños inocentes. Algo para lo cual nadie la había preparado para hacerle frente. Supongo que la noticia más sonada de la semana, el suicidio de un hombre que había arrojado su cuerpo y su desesperación frente a un tren del metro citadino, inspiraron su decisión. Si no ibas a quererme más que como a una entretención, entonces no puedes quererme como a nada en el mundo, porque soy nada en tu mundo de reuniones y rutinas y sudores compartidos entre las sábanas mugrientas de un motel, entre tus aromas a cigarros y a la loción cara que tu mujer te deja en la cómoda de la recámara todas las mañanas. No puedo ser nada más para ti. Nada de lo que espero ser, nada de lo que quiero ser, nada de lo que querías que fuera.

Alejandra salió de su casa, tomó el camión que la dejaba en la terminal del metro, y su viaje estuvo impregnado de instantes familiares. Sabía en qué calle debía girar el chofer, sabía que mientras ella observaba el cielo pardusco de esa tarde de diciembre, un tipejo sentado frente a ella le observaba las piernas marcadas por las manos de él. Ella tenía plena conciencia de las luces de la ciudad, de las luces de los semáforos, de los brincos y jalones que la rodeaban en su breve travesía. Quizá si la mujer que la empujó al entrar a la estación del metro hubiera sido más amable, si las caras de las gentes alrededor suyo le hubieran inspirado un poco más de confianza y comprensión, no hubiera llegado al borde del andén, no se hubiera colocado en el límite de la zozobra y no hubiera dado el paso final que la dejó tendida bajo los hierros candentes del tren, cuya helada realidad la hicieron eterna y fría.

A mi marido le avisaron justo esa noche: Alejandra, al parecer, no tenía más conocidos en la ciudad que Ricardo. Por supuesto, después de enviar de vuelta al pueblo polvoriento los restos de la muchacha en un ataúd bien sellado, Ricardo no me dijo más. No me pudo decir más. Yo sólo pude decirte que lo fascinante de despertar cada mañana a tu lado, lo maravilloso de escucharte roncar y de oír tu voz en el teléfono, lo encantador que me resulta verte salir cada mañana junto con nuestras hijas, es justamente lo que me hace amarte locamente. Ya viví tus arrebatos, tus locuras, tu pasión. Tus instantes se me acumulan. Ahora puedo amarte en paz.

2006年2月

Doce Campanadas

Ahí estaba ella, flaca, enferma y demacrada. Su pena era tan vieja y tan eterna, que ubicarla en cualquier sitio de la historia de la humanidad hubiera dado lo mismo. Sentada sobre su cama en la noche de Año Nuevo, husmeaba entre sus recuerdos para ver cómo lo recordaba mejor, mientras una fiebre la hacía temblar de vez en vez, y le prendía las mejillas con un calor que no sentía en la piel.

Fragmentos dispersos de su vida pasaron frente a ella, en desordenadas espirales: todo empezaba y terminaba de la misma manera. Una mirada, una palabra, un beso. Y todo volvía a llevarla ahí, donde ella, sentada sobre su cama en la noche de Año Nuevo, pensaba y sudaba la fiebre que la carcomía.

Pensaba que probablemente las cosas no debían ser así, Que tal vez en otro lugar y en otro momento, ella estaría ahí también, pero él estaría con ella. O, probablemente, ella estaría ahí con otro. O tal vez ella jamás lo hubiera conocido. Ese era, quizá, el escenario perfecto.

El reloj de la entrada marcó el inicio del fin del año. Ella supo, con la primera campanada, que la vida realmente puede ser buena, pero casi siempre es mala.

La segunda campanada le recordó cada momento vivido al lado de él, y supo entonces que lo necesitaba como al aire, como al agua, como a la vida misma, que en ese momento de delirio se le antojaba un profundo e inescrutable misterio.

Tres campanadas del reloj habían retumbado en los muros podridos de su pequeño apartamento, como todas las promesas que entre ellos se hicieron mutuamente, y ella entendió finalmente que una promesa es algo que fácil se da, y todavía más fácil se recibe, pero que no es algo que sencillamente se pueda llevar puesto.

Lágrimas rodaban por sus mejillas encendidas, cuando la cuarta campanada le anunció el recuerdo de los labios de él sobre los suyos, y supo entonces que un beso es algo tan sagrado como recibir de la mano del sacerdote el cuerpo mismo de Cristo.

Cinco campanadas había marcado el reloj junto a la puerta, cuando sintió sus tibias manos entre las suyas, y se aferró a ellas como el naufrago a su salvador, con tanta fuerza, con tanto amor, que se dio cuenta que nada había entre ellas, y nada asimismo le quedaba en la vida.

Recordó el horizonte a la sexta campanada, donde él le había dicho que tendrían una vida y un hogar, allá donde el cielo y el mar se hacen una y la misma cosa, y ella supo que sin él no había horizonte ni vida alguna, porque él era su hogar.

Su rostro estaba turbado por la fiebre y por las gruesas lágrimas, cuando ella recordó su mirada, cálida y alegre, sus ojos brillando al mirar el cielo despejado, y la mirada que él le lanzaba cada vez que ella sonreía. Y sonó la séptima campanada en el reloj, y ella supo que nadie en todo lo que le quedaba de vida, volvería a mirarla de esa manera.

La octava campanada trajo a sus oídos su risa, abierta y franca, fácil, desinhibida. Su risa era justo lo que ella más amaba, la manera en la que él se reía sin burlarse de su tímida inocencia, y supo entonces que de la risa de él estaban confeccionados todos sus sueños y anhelos, y que ahora se habían esfumado.

Ella lloraba a lágrima viva cuando la novena campanada le hizo ver su silueta, cuando por las tardes él se alejaba calle abajo, o cuando entraba a hurtadillas al jardín de al lado, para robarse unas flores y dejarlas en su puerta, con un beso furtivo entre los pétalos.

La décima campanada llenó el aire de su aroma a tierra y campo abierto, y ella supo entonces que no era el recuerdo de su olor, sino que lo tenía impregnado ella misma en el cabello, de tantas y tantas veces que sumió la cabeza sobre su pecho, y de tanto que sus manos jugaron con sus rizos.

La undécima campanada sonó, y ella supo que su pena no tendría fin, porque él era su fin y principio, su punto medio, su alba y ocaso en la misma habitación, su camino incierto, su meta segura, su vida entera enterrada entre sus brazos.

La última campanada anunció la llegada del nuevo año, y ella, ahogada en sus propias lágrimas, supo en su corazón que al amor no lo vence ni la distancia ni la muerte, pero que no esperaría la eternidad para volver a tenerlo. Y, como él unos días antes, cayó muerta sobre una pila de promesas y recuerdos.

Mil Lágrimas

El camino se extendía desde donde ella estaba, hasta donde la vista le permitía apreciar. A ambos lados de éste, un valle de arbustos verdes y árboles despeinados acogía el camino de tierra que, a momentos, a ella le parecía interminable. Ni un sólo rastro de la civilización aparecía cerca, tan sólo el ruido de su propio corazón la hacía recordar que estaba viva, que era una persona.

            El sol veraniego estaba en su punto más alto, cuando ella se detuvo debajo de aquel árbol de tronco grueso y follaje espeso a tomar un descanso. Llevaba ya mucho tiempo andando aquel camino, día y noche, sin descanso, andando siempre a paso firme y decidido, sin bajar la mirada ni ante la lluvia, ni ante el sol abrasador. Pero ya estaba cansada. Tomó los recuerdos que guardaba, y cargaba a todos lados, en una valijita, la apretujó contra su pecho y se sentó a tomar un respiro a un lado de aquel camino de tierra caliente en medio de ninguna parte, cuyo destino parecía bastante incierto.

            Mientras ella se lamía de los labios las gotas del agua que llevaba en una cantimplora, mientras algunos nubarrones obscurecían el cielo de manera amenazante, un hombre muy viejo se acercó a donde ella estaba sin hacer el menor ruido, se sentó a su lado y le sonrió, cuando la sorprendida mujer se percató de su presencia.

– Buenas– le dijo el viejo.

– Buenas... no sabía que había alguien más por aquí... – comentó sin ganas la mujer.

– No se crea, este camino es muy transitado...– aclaró el hombre, rascándose la barba blanca que le llegaba hasta el pecho.

– ¿De veras?- inquirió la mujer, con genuino interés,- yo no he visto a nadie a lo largo de él. ¿Quién lo transita?–

– Todo mundo–.

– Será que en esta época nadie pasa por aquí, porque no he visto a nadie–.

– No quiso verlos, que es distinto–.

– ¿Cómo que no?– exclamó con extrañeza la mujer.

– Mejor dígame qué fue lo que sí vio en su viaje– dijo el viejo, con ánimo de cambiar el tema.

– Bueno,- contestó molesta ella,- lo que he visto hasta ahora no me ha agradado mucho...–

– Platíqueme– insistió el viejo.

– Este viaje lo inicié hace muchos años, con mis padres y mis hermanos, pero a lo largo del camino, mis padres murieron, y mis hermanos se fueron quedando en los muchos lugares que llegamos a visitar. Uno se quedó en un pueblo muy bonito, antes de que yo naciera, se casó y tuvo muchos hijos. Mi hermana mayor... ¡Cómo hizo sufrir a mi mamá! Se la robó un muchacho en una ciudad y no volvimos a saber de ella. Mi mamá le lloraba todas las noches, y mi papá prohibió que se volviera a mencionar su nombre. Mi hermana pequeña se murió de tristeza, después de que mis padres lo hicieron, y mi hermano pequeño me dejó en el último pueblo, según él, porque nuestros caminos eran muy distintos y no podíamos andar juntos–.

– ¿Y qué es lo que no te ha gustado de tu viaje?–

– La verdad... nada. Hasta ahorita, puras tristezas, puras preocupaciones: mis hermanos, mis hermanas, mis padres... A veces creo que no estoy tranquila, si no ando preocupada por algo–.

– ¿Y qué te preocupa ahorita?–

– ¿Ahorita, ahorita?- preguntó la mujer- pues que llueva, no traigo paraguas–.

– ¿Y ahorita, luego?– dijo el hombre.

– ¿Luego? Pues, que no sé ni qué camino tomar–.

– ¿Pues a dónde quieres llegar?–

– Ah, pues eso sí no lo había pensado–.

– No es tarde, muchacha- le dijo el viejo, animándola,- a ver, ¿Qué te gustaría para ti?–

– Ay, pues no sé, ¿Como de qué?– preguntó la muchacha, abriendo mucho los ojos.

– Pues... a ver... se nota que eres trabajadora, tenaz y decidida... ¿No te gustaría trabajar?–

– No, la verdad es que no sé hacer nada más que atender una casa y los hijos–.

– Bueno, entonces cásate–.

– ¡Uy! Pero para eso se necesita andar de novia un rato, ¿Que no?– exclamo la mujer.

– Sí... entonces, búscate un buen muchacho, eres bonita y estás jovencita, enamórate– dijo el hombre.

– ¡Ay, no! Ya estuve enamorada, ya dejé un amor atrás, y no volveré a amar a nadie otra vez–.

– ¿Tan segura estás?–

– Pues, sí, el amor es eterno, ¿Que no?– suspiró ella.

– Sí, tienes razón, el amor es eterno... mientras dura–.

– ¿Y cuando se acaba?– preguntó ella, curiosa.

– Puedes empezar de nuevo...–

– Pero la primera vez fue muy dolorosa... ¿Y si vuelven a lastimarme el corazón?–

– Eso también sana... con el tiempo, como todas las heridas...–

– Pero ha de doler más duro...– se quejó ella con tristeza.

– Pues sí... pero debes conocer el dolor para poder distinguirlo de la felicidad–.

– Yo quiero ser feliz– dijo ella, contundentemente.

– ¡Entonces ve!– la animó el hombre.

– Pero...- musitó ella, mirando de un lado a otro del camino,- no sé por donde ir...–

– Sigue andando muchacha, y sobre la marcha encontrarás tu camino...–

            Ella se levanto, mientras el cielo, amenazante un minuto antes, le abría paso a un sol espléndido, que lo abrazaba todo con sus calurosos rayos e iluminaba el valle con una nueva luz. Ella se sintió llena de vida otra vez, el cansancio de sus músculos se disipó como las nubes negras del cielo, sus ojos brillaban como el sol en lo alto, tomó su valijita y se dispuso a ponerse en marcha. Pero de repente, otra duda la asaltó, se volvió sobre sus talones, y lanzó una pregunta más al viejo, que también se disponía a regresar por donde vino:

– ¿Cuánto me falta para llegar a mi destino?–

– Ay, muchacha,- le dijo el viejo, perdiéndose en el horizonte,- te faltan como mil lágrimas–.
2005年5月

Siempre

            Se despertó de madrugada. La cabeza le dolía y sentía una angustia enorme en el corazón. Se levantó y caminó a la cocina, deseando no haberse levantado nunca de la cama. Del congelador sacó un bote de helado de chocolate que estaba a medio comer, tomó una cuchara y se sentó en la sala a mirar la televisión, sin ver algo en particular. Las voces y los sonidos que salían de ella, la hacían sentirse un poco acompañada, un poco menos miserable.

            A eso de las siete, se cansó de sentir lástima por ella misma y tomó un baño. Las gotas de agua resbalaban por su cuerpo, surcando a su paso cada curva, cada línea, cada contorno con una lentitud desesperante; el vapor del agua caliente le relajaba los músculos tensos, le llenaba los pulmones de silencio y le despejaba la mente. Pero no se sentía mejor. Salió de la ducha y decidió que no comería nada. Se vistió con cualquier cosa, tomó su cartera y las llaves y salió del departamento.

            Ya en el auto, decidió que se quería alejar por ese día de todo. No iría a trabajar, ni vería a sus amigos como lo había planeado desde hacía una semana. Simplemente se iría. Apagó el celular, para evitar las continuas llamadas de preocupación de su secretaria y sus amigos,  y todavía se sentía mal, cuando se estacionó frente a un Oxxo, compró unas cervezas y unos Marlboro y se subió de nuevo al auto. Manejó un par de horas, primero sin rumbo fijo, luego dirigiéndose a las afueras de la ciudad, por la carretera libre a Toluca.

            Llegó a un valle hermoso, conocido como Los Conejos, y aún se sentía mal. La gente de ahí trabajaba en sus propios puestos de comida, e invitaba a los que llegaban a sentarse a degustar las delicias de la cocina mexicana, por un módico precio. No había mucha gente. Ella se aparcó frente a uno de aquellos puestos y se bajó del auto. “Pásele, güera, siéntese”, le decían las marchantas.

            Ella se limitó a sonreír condescendientemente y a asentir con la cabeza. Dio dos pasos y miró a su alrededor. A espaldas del valle, un cerro, tupido de árboles altísimos y verdes, se erguía ante ella entre la tierra - cubierta por un tapete de pasto un tanto seco y quemado por el frío de la zona boscosa -, y el cielo. El cielo. Azul, limpio, sin una sola nube que estropeara la inmensidad de la vista, el cielo rodeándolo todo, abrazándolo todo con su paz infinita. Ella suspiró. Ni aún entonces, admirando la creación de la naturaleza, la armonía caótica y perfecta de la tierra, se sintió mejor.

            Comió cualquier cosa en el puestecito, sólo por no desairar a la marchanta, que tan amablemente la había recibido. Le pagó y le dio una buena propina, y se encaminó a los pies del cerro, que la miraba desafiante. Se ató los cordones de los tenis, y comenzó a subir.

            El ascenso era por una vereda, hecha por los miles de turistas que habían pasado por ahí. Ella pensó que tal vez ninguno de aquellos que pasaron antes se había imaginado que un día, ella andaría sus pasos. Pero ella sí pensó en todos aquellos que algún día seguirían los suyos, y que ella sería el guía silencioso, haciendo una vereda a cada paso que daba. A mitad del camino se detuvo. Le dolían las piernas por la falta de costumbre al ejercicio y le costaba trabajo respirar, sin duda por los años de fumadora que tenía y que ya le pesaban. Suspiró. Se sentó sobre un tronco derribado que yacía silenciosamente atravesado en la vereda. “¿A quién diablos le interesa quién hizo este camino?”, pensó. Se rió por un momento de sus pensamientos, y de la bolsa de su jersey sacó un cigarro.

Como si no fuera suya, miró su mano sosteniendo el cigarrillo, mientras el humo se elevaba sobre ella en desordenadas espirales; se elevaba sobre ella, sobre los árboles, sobre el cerro, sobre el cielo. Miró largo rato el humo gris que salía de entre sus dedos, lo vio expandirse y nublar el paisaje natural que la rodeaba, como un cáncer silencioso que salía desde dentro de su cuerpo, y se extendía más allá de ella. Todavía se sentía mal.

Se sentía nostálgica, melancólica. Estaba agotada de luchar contra todo, de estar enjaulada todo el día, de no ser ella misma. Estaba harta de ser esa que todos querían que fuera, la que nunca cometía errores, la que por fuerza tenía todas las respuestas y contaba con todas las armas. De algún modo quería escapar de ella misma, salirse como el humo del cigarrillo, y hacerse una con el viento.

Dio la última fumada al cigarrillo y reemprendió la subida. Faltaba muy poco para llegar. Caminó cuesta arriba como media hora, sin voltear la vista atrás, sin prestar atención al camino. Aún se sentía mal. De repente, tras una pequeña elevación que impedía ver más allá, se acababa la cuesta y comenzaba una vereda de bajada, del otro lado del cerro.

Suspiró. Dio media vuelta y admiró el paisaje que un par de horas antes había visto desde abajo. Parecía estar en la cima del mundo. Bajo sus pies, los árboles peleaban en silencio por ver cuál llegaba más alto; Los Conejos se abría paso entre los cerros, los cuales albergaban en sus brazos los puestecitos de comida que recibían a los turistas, quienes desde donde ella estaba se veían diminutos. Alcanzó a ver el sol reflejándose en el toldo blanco de su coche, solitario en el estacionamiento, al cuidado de un par de perros que peleaban por un hueso polvoriento de conejo.

Alzó la vista al cielo. Como perturbada por su azul profundo, se dejó caer en el suelo de rodillas, y al verse sola, absolutamente sola, comenzó a llorar. Lloraba una pena más añeja que ella misma, un dolor que no podía soportar y una tristeza que la sobrepasaba, que se le escapaba por cada poro, que la hacía ser miserable; que era evidente en el brillo desgastado de sus ojos y que nadie se atrevía a notar.

Mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, tratando de apagar el dolor y la zozobra de su corazón, pensaba que Dios la estaba mirando. La miraba desde arriba, con su calma inmutable y su aterrador silencio. Pensaba que Dios siempre había sido generoso con ella, que siempre le había dado todo cuanto era posible desear; que él, su Padre, jamás le había negado nada. Pensaba que él la había dotado de un regalo enorme: una fuerza admirable y una voluntad inquebrantable. Y a pesar de tenerlo todo, se sentía miserable. Gritó su desgracia al viento, con una voz ahogada por las lágrimas, casi inaudible, pero que hizo eco en las entrañas de cada árbol y criatura. Y cada sollozo, cada grito, cada lamento le desgarraba el corazón, se le clavaba en lo más profundo del pecho y le hacía un daño ya de por sí inconmensurable.

Estuvo así al rededor de una hora. Cuando se calmó, bajó el cerro corriendo. Corría como si la fatalidad la persiguiera. Tropezó varias veces con las ramas y las piedras que adornaban el camino. Se arañó la cara y las manos con las ramas de los árboles que pendían pacientes sobre el sendero, al acecho del viento. Casi sin aliento, llegó al pie del cerro. El día, todavía joven y soleado, se le antojaba solitario y triste. Un hombre prendido de las riendas de un hermoso caballo negro, se acercó. “You want a ride, señorita?”, le preguntó, creyendo que por el pálido color de su piel y su cabello, ella venía de algún otro lado.

            Se arreglo con el hombre para que le rentara el caballo un par de horas y se montó en él. Lo dirigió hacia una bifurcación del camino al pie del cerro, donde un letrero de madera anunciaba hacía la izquierda El Mirador. Tomó  la izquierda. Al paso, el caballo la llevaba por un camino de tierra, que se perdía más adelante entre el bosque. Las hojas de los árboles brillaban por el reflejo de la luz del sol, que se posaba implacable sobre ellas y sobre todo cuanto estuviera a su alcance. Llegaron al famoso Mirador, pero todo lo que se veía era una planicie muy grande, cubierta por magueyes, y más allá, el brillo metálico de los autos al pasar anunciaba una carretera.

            Por un sendero algo peligroso, regresó a Los Conejos. A un lado del estrecho camino, un pedregal de unos tres metros se alzaba, ganando altura cada vez que avanzaban. Del otro lado, un barranco de varios metros de altura retaba a los nervios más fríos a acercarse un poco a la orilla, sin tener miedo. Todavía se sentía mal. Con la mano izquierda sostenía las riendas de su montura, con la derecha, un cigarro que consumía la salud de sus pulmones.

            Al pasar una brecha cerrada por las pesadas ramas de dos árboles que la flanqueaban y que hicieron que ella se agachase para evitar otro rasguño, una enorme cañada, teñida de verdes y amarillos de todos los tonos que la naturaleza es capaz de imaginar, se extendía ante ella. Rodeada por cuatro cerros poblados de conífera vegetación, y surcada a la derecha por un riachuelo de aguas cristalinas y poco profundas, la cañada retó su temple. Asió fuertemente las riendas del caballo, y dándole ánimo a gritos al animal, a la par que lo golpeaba en los costados con los talones, emprendió una carrera hacía ninguna parte, galopando con toda la velocidad que a su montura le era posible alcanzar. Ella estaba fuertemente asida a las riendas y a la silla. Tenía cada músculo del cuerpo tenso, prevenido contra una posible caída. Su cabello largo y claro revoloteaba tras ella, golpeando a cada paso del caballo contra su espalda, y sentía el viento frío cortándole la cara mientras avanzaban, a través del casi infinito valle. Todavía se sentía mal. Los rayos del sol le quemaban la piel, ya de por si quemada por el frío del bosque, y sus rayos tan intensos hacían que entornara los ojos para distinguir un poco por dónde iban y a dónde debían ir. El valle solitario se prestó durante un largo rato a que el caballo derrochara energía, pero el animal acabó por quedar exhausto, y ella lo dirigió al paso, de regreso al valle.

            El ocaso comenzaba a derramar sus luces rojas y moradas sobre el valle, cuando ella, cobijada por las ramas de un pino, todavía se sentía mal. Los botes de cerveza vacíos estaban regados al rededor suyo, mientras uno le servía de cenicero. Sentada ahí, certeramente presa de la realidad, sabía que el día estaba por terminar y tendría que volver a su vida. Suspiró y sonrió a medias, levantándose perezosamente. Tiró los botes vacíos a la basura y se encaminó a su coche. Se trepó y pensó que todavía se sentía mal. Suspiró tristemente, mientras se miraba en el espejo retrovisor que la dibujaba como aquella que nunca imaginó ser, y con una mirada por demás lastimosa se sonrió a sí misma, segura de que el “todavía”, era en realidad un “siempre”.

La Carta

A las diez de la mañana, él entró en su amplia y lujosa oficina. Su secretaria lo había recibido con una interminable lista de llamadas y pendientes, y el café negro de todos los días. Se sentó ante su escritorio, dejó aquella lista sobre la mesa y suspiró. Mientras se aflojaba la corbata, pensaba que ésta no servía para nada. Se miró luego los zapatos negros, recién lustrados, el traje gris obscuro que había mandado hacer a la medida, la corbata chueca sobre su pecho. Revisó su atuendo como buscando algo que le ocultara con eficiencia el dolor. Miró entonces el sobre azul que frente a él rezaba “Manuel”, con una letra que se le hacía por demás familiar.

            Recordaba esa caligrafía. Aquella “a” tan estilizada, la “m” garigoleada, la “u” y la “e” que parecían una sola letra. La escritura femenina pero firme. La recordaba en interminables cartas, cartas que leyó muchas veces después de recibirlas, siempre con esa escritura que le parecía tan hermosa y bien hecha. Esas cartas. Tan llenas de sentido entonces, tan vacías ahora. La carta que ahora guardaba celosamente su contenido en ese pequeño sobre azul, de seguro que era de ella. De María. De su esposa.

            Se levantó de su silla, caminó hacía la ventana, que frente a su escritorio le mostraba el paisaje citadino de las diez. Pensó entonces en las cartas, no en esa que lo amenazaba desde el escritorio, sino en aquellas que recibiera antes. Sonrió. Recordaba las palabras de ella, en esa escritura delicada. No las recordaba con exactitud, pero tenía la idea de qué era lo que decían: le confirmaban su amor incondicional, las noticias de la semana, la espera interminable, la promesa de esperarlo sin importar el tiempo que tardara en regresar. Y entonces la recordó a ella, quien con aquellas páginas había mantenido viva la idea de ellos dos juntos, de volverse a ver, de juntar sus caminos y hacerlos uno sólo, para recorrerlo juntos por siempre. La visualizó en el reflejo del sol en la ventana como la primera vez que volvió a verla: el cabello negro sobre los hombros blancos, la cara iluminada por el amor inerme, los brazos extendidos hacía él, hacía ese abrazo tan añorado. Recordó que, en medio de aquella multitud aglomerada en la sala de llegadas del aeropuerto, se veía como una aparición. Luego se acordó del sobre.

            El sobre azul que en él guardaba algo que no quería saber. No quería recordar aquella caligrafía de niña plasmada en unas páginas llenas de rencor y desprecio. No quería encontrarse con que ella no lo había perdonado por ser débil, por ser hombre, por entregarse sin pensar a un amorío que a la fecha, sólo le había traído pesar. No quería abrir el sobre y encontrar en esas hojas las palabras que le confirmarían sus más negros temores: la culpa, el arrepentimiento, la eterna soledad. Peor aún, no quería saber que la había perdido para siempre.

            Regresó de nuevo a su escritorio, encendió la computadora y procedió a atender sus asuntos uno por uno, con calma, ignorando en lo posible el sobre azul que lo invitaba a encontrarse con su destino. Tentado, en todo momento, a abrirlo, miraba de reojo el sobre azul, mientras escribía una carta, un memorándum, atendía llamadas y entregaba a su secretaria un fólder con faxes por enviar. Cuando pensaba que la tentación sería mayor que su prudencia, su secretaria le informó que ya era hora de salir a comer, y decidió prolongar su agonía un rato más.

            Su comida habría transcurrido tranquila, de no ser porque, entre el entremés y el postre, se imaginaba aquel manuscrito encerrado en su sobre azul, guardado en su oficina, esperando a que él sacara de su celda las palabras recriminatorias que ya no podían esperar más. Regresó a su oficina con gran apuro, decidido a afrontar su suerte de una sola vez, pero una prorroga más le fue concedida: dos de sus clientes venían a verlo en persona.

            Mientras les aclaraba sus dudas, les respondía preguntas por de más absurdas y los convencía de su eficiencia, el sobre azul lo miraba fijamente, ya no con paciencia, sino con odio. Él comenzó a sudar. La cabeza comenzó a dolerle con fuerza, el tono de su voz pasó de la comprensión al enojo con gran facilidad, hasta que su secretaria entró al rescate, lo disculpó ante sus clientes y los despidió, ofreciéndoles una cita para otro día, “cuando el Licenciado se sienta mejor”. Ella lo volvió a dejar solo con el sobre, una taza de café y dos aspirinas.

            Él ya no podía más. Comenzó a juguetear con el sobre entre sus manos, a imaginar la manera en la que ella le haría saber que ya todo había acabado, que aquella espera, aquel matrimonio, aquellos años de compartirlo todo, de ver crecer a los hijos, de vivir las desgracias y las venturas de aquel camino que hicieron de los dos, habían llegado a su fin.

            Imaginó que la carta comenzaría muy directamente: ella iría al grano, sin nada de sentimentalismos, porque así era ella cuando las cosas le parecían muy serias. Pero tal vez no, tal vez ella le echaría en cara todos los sacrificios que hizo por él:  dejar su carrera, a su familia, renunciar a todo por atenderlo a él en cuerpo y alma, atender a sus hijos, a su casa, construirle con sus propias manos un espacio al que él podría llamar hogar. Después vendrían las recriminaciones hacía él: su falta de sentido común, de compromiso, de responsabilidad. Tembló ante la sola idea, porque sabía que enfrentar a María por escrito, era peor que mirarla de frente, con todo lo enojada o entristecida que pudiera estar.

            Dejó de nuevo el sobre en el escritorio, y caminó hacía la ventana. Las luces de la ciudad comenzaban a distinguirse entre la persistente lluvia de las seis. Él sintió un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces no había visto la lluvia a través de una ventana, pero sentado junto a ella, tomándole la mano, sonriéndole, dejando que el silencio fuera su mejor compañía? No podía recordar ninguna tarde de lluvia sin ella, o al menos sin una carta de ella entre las manos, pero no como aquella que en su escritorio parecía reclamarle por sus errores, por su mala conducta.

            Se detuvo un momento en sus pensamientos, y reflexionó que tal vez ella estaba en el mismo dilema que él. Tal vez ella lo había perdonado, tal vez, por un momento, ella había sopesado todo lo sacrificado por él, y había decidido darle una segunda oportunidad. Podía ser, la idea no era tan descabellada, no podían tirarse a la basura tantos años de amor a manos llenas, por un sólo y estúpido error de las hormonas. Retomó fuerza de esa idea, regresó a su escritorio y tomó entre sus manos, una vez más, aquel sobre que ahora le parecía lleno de esperanza, respiró hondo, lo rasgó por un lado y sustrajo la única cuartilla que éste contenía.

            Desdobló con cuidado la carta, esperando encontrarse con aquella caligrafía de mujer bonita, paseó los atónitos ojos por la páginas y descubrió algo peor que cualquiera de las palabras o frases que pudiera haber imaginado. Encontró algo que no esperaba, algo que no podía entender, pero que le daba una idea bastante certera de lo que ella quería decirle. Apartó de su vista la página, la dejó caer a un lado de sí, y como envejeciendo de una sola vez, se sumió en la más profunda depresión, porque no fueron las palabras las que lo hirieron en lo más profundo de su alma, fue su silencio, lo que no le dijo, lo que no le reclamó, lo que no le perdonó. Porque la página estaba en blanco.

La Media Luna

Lo último que alcancé a ver al asomarme al porche de la casa, fue el caballo alazán de mi abuelo, galopando hasta perderse en la oscura lejanía. El jinete me pareció un lejano conocido, y también me pareció que, acurrucada en sus brazos, se escapaba con él una muchacha, de seguro, pensé, una de las mozas.

            La entrada a La Media Luna estaba vestida por un camino empedrado, flanqueado por árboles altos, de gruesos troncos y follajes verdes y frondosos, que en otoño tapizaban el camino de hojas ocre, y que de niños nos encantaba escuchar crujir bajo nuestros pies. Al fondo, un portón de piedra se alzaba, engalanado con jacarandas rojas, en cuyo costado se alcanzaba a leer “La Casa Grande de La Media Luna”, en una placa que mi abuelo había mandado hacer en talavera y que había llegado una tarde desde Puebla.

            La casa estaba alzada un metro sobre la tierra, sobre una cimiente de piedras, y una escalera de madera permitía el acceso al pórtico, desde donde mi abuela se sentaba a esperar a su marido todas las tardes, sobre una vieja mecedora de madera que había sido de su abuela. La casa era inmensa. Era una casa de dos plantas y plaza cuadrada, y toda la construcción estaba hecha alrededor de un claustro, que mi madre y mis tías adornaban con papel picado y flores, para celebrar la vida misma en una tertulia interminable, que duraba de viernes a domingo, todos los fines de semana de mi infancia.

            Los recuerdos que de niño pude coleccionar sobre esa casa eran muchos, pero todos giraban en torno a mis abuelos. De lunes a viernes, él se levantaba al alba. Mi abuela lo esperaba en la cocina con una garrafa de café negro bien caliente, mientras él realizaba el ritual de darse un baño y vestirse. Siempre de botas y vaqueros: nunca lo conocí de otra manera, sslvo cuando lo enterraron con un traje de charro que se había mandado hacer especialmente para esa ocasión. Salía de la casa cuando la mañana estaba todavía muy fresca, se montaba en su alazán y se perdía en sus tierras hasta las nueve, cuando de la casa ya emanaban los aromas del desayuno que mi abuela preparaba desde temprano.

            Después del desayuno, un altero de periódicos le esperaban en su despacho, donde toda clase de libros hacían eco de nuestros juegos, cuando niños. A las doce, salía de la casa en su camioneta rumbo al pueblo, y no se le volvía a ver en la Media Luna, sino hasta las cuatro, cuando regresaba a comer y a dormir la siesta. Luego se perdía en las caballerizas, en donde a veces lo seguíamos para que nos enseñara algún truco con el lazo. Después de la cena, en donde esperaba encontrar a todos sus hijos y nietos so pena de una severa reprimenda, se sentaba a tomar café con mi abuela en el pórtico de la casa, mirando caer el atardecer, y platicando de cosas que nadie nunca se atrevió a adivinar.

            De mi abuela recuerdo muchas cosas, pero lo que recuerdo a veces se confunde profundamente con los relatos que mi madre hizo de ella, y que casi por obligación escuché repetir a mi mujer todas las noches, antes de enviar a los niños a dormir. Mi abuela era una mujer hecha al modo de mi abuelo. Se levantaba siempre antes que él, y siempre lo escucharon reírse profundamente, mientras le decía: “Mañana, te gano”. Ella dejaba todo el trabajo de la casa a las mozas, pero vigilaba de cerca que tuvieran todo justo como a mi abuelo le gustaba. Lo único de lo que se ocupaba era de cocinar. Se pasaba la mañana entera cocinando el desayuno, mientras anticipaba qué iba a preparar para comer. En tanto mi abuelo se sentaba con sus periódicos en el despacho, mi abuela se perdía en su recámara, donde, según mi madre, se sentaba cerca de la ventana a leer los mismos periódicos, los mismos libros, que mi abuelo revisaba abajo.

            Cuando los niños habían vuelto del colegio, mi abuela ya estaba en el pórtico de la casa, esperando a que llegara el abuelo, con una ansiedad de colegiala. Él subía las escaleras del porche, le daba un beso en la mejilla y se apresuraba a entrar en la casa. La hora de la comida transcurría tranquilamente, y sólo se escuchaban, de un extremo a otro de la mesa, los comentarios que los dos hacían sobre las noticias, sobre los libros, sobre las cosas que sólo ellos entendían.

Mientras mi abuelo dormía la siesta, mi abuela se ocupaba de estar con sus hijos. Jugaba con ellos como si fuera otra chiquilla, correteando entre los árboles de la entrada al rancho, o se iba con ellos a recorrer las tierras a caballo, mientras les contaba toda clase de historias acerca de por qué el rancho se llamaba la Media Luna. “Es uno de los libros favoritos de tu abuelo”, recuerdo que me dijo cuando descubrí que el rancho de un personaje de novela se llamaba igual. Ella hacía esas cosas, hasta que sus hijos se hicieron demasiado viejos para los juegos, y entonces cambió las carreras y las cabalgatas por largas charlas y la televisión.

Mi abuela se ponía a hornear el pan de la cena, cuando ya los hijos se habían cansado de jugar. Se ponía un delantal de cuadros rojos que mi hermana todavía conserva, y mientras llenaba la casa con su dulce voz, todos esperábamos a que el aroma del pan recién hecho despertara a mi abuelo. En la cena, mi abuelo se ocupaba de preguntar a todos los comensales cómo estaban, cómo les había ido, mientras la espuma del chocolate caliente le manchaba los bigotes. Siempre supo llenar esos momentos de regocijo, y era durante la cena cuando en la casa resonaba su risa franca. Luego del café en el pórtico, él desaparecía en su recámara, y una vez que todas las luces de la casa estaban apagadas, mi abuela lo alcanzaba sigilosamente.

Los días más atareados para mi abuela, eran los fines de semana. La casa se empezaba a llenar de gente desde las doce, y en la cocina unos enormes peroles de mole, arroz, pollo y frijoles, hervían alegremente. El claustro ya para entonces estaba adornado, y los hermanos mayores ya se habían encargado de sacar tres mesas enormes, y sillas, y Alvaro, el caporal, ya bajaba de la camioneta cajas de ron y tequila y refrescos para la fiesta. Mi abuelo siempre estaba de buen humor desde el viernes. Su voz, siempre recia, sonora y fuerte, se dejaba escuchar por toda La Media Luna, y la gente se acercaba a él, lo saludaban, se sentaban a platicar, a bromear. El viernes, ya entrada la noche, los hombres del pueblo seguían a mi abuelo hasta las caballerizas, y hacían peleas de gallos hasta ya tarde.

La tertulia seguía con bailes, cantos y los exquisitos guisos de mi abuela durante todo el sábado, y a veces hasta el domingo. Pero el domingo a las doce de la mañana, mi abuela, una sombra imperceptible hasta entonces, echaba a todo mundo a la calle, nos arreglaba y nos llevaba a oír la misa al pueblo, sin importar qué tan cansados y desvelados estuviéramos. Luego, mi abuelo nos llevaba a comer, y cuando regresábamos a La Media Luna, exhaustos, no hacíamos nada más que dormir.

Yo crecí, junto con mis dos hermanas y otra media docena de primos, en la Media Luna, con las mismas rutinas, los mismos juegos, las mismas fiestas que se hacían en la casa desde hacía medio siglo, cuando mis abuelos habían llegado a construir, piedra por piedra, ese sueño que se llamó Media Luna. Pero cuando cumplí dieciocho, tuve que irme a la ciudad, a perseguir una carrera universitaria. Regresé diez años después por invitación de mi abuelo, que ya para entonces me había perdonado la insensatez de haberme ido sin su permiso expreso. Me alegro. Él murió dos semanas después de que mi esposa y yo nos mudáramos definitivamente al rancho.

Mi abuela siguió con su rutina como de costumbre. Pero a veces se quedaba muy triste, esperando en la cocina a que él entrara con sus risotadas a decirle que al día siguiente él se levantaría más temprano, o por las tardes, cuando las ansias de colegiala se le confundían con una zozobra indescriptible, pero sobre todo en las noches, cuando el café en el pórtico se volvía sólo un lamento largo y atenuado por los ecos de la casa, que todavía dejaban escuchar las risas de mi abuelo en sus tertulias interminables.

Esa noche, yo estaba preocupado por la abuela. Ya estaba muy vieja, le pesarían, más que su centenar de años, los cinco que llevaba de extrañarlo tanto. Ella había salido, como todas las noches, a sentarse en el pórtico, con el tazón de café negro en la mano, para platicar con un recuerdo que ya no estaba ahí. De repente, escuché relinchar un caballo, mientras su galope resonada por el camino de piedra de la Media Luna. Cuando salí, todo lo que vi fue aquél alazán desaparecer en la noche, con el jinete y la doncella robada, pero entonces también me percaté de que mi abuela estaba muerta.