Nadia Lizette 的个人资料El rincón poético de YuY...照片日志列表 工具 帮助
2006年6月

Le llamaban loca

 
Para el hombre la pasión es un torrente;
para la mujer es un abismo.
Concepción Arenal
I
La pequeña sala de conciertos albergaba tensión, y no era para menos. Aquella mujer, sentada en la tercera fila, no dejó de llorar durante la interpretación del chelista, y gritaba y aplaudía con entusiasmo rabioso al final de cada movimiento. Al término de la presentación, la gente se puso de pie y salió con prisa, notablemente molesta con el encargado de la sala, quien había hecho un intento estéril por sacar a la mujer durante el intermedio. Sola en la sala vacía, ella lanzó un último suspiro, se secó las últimas lágrimas y salió.
II
El violonchelo todavía estaba donde él lo había dejado: sobre el tapete de la sala, junto a la silla de pino que usó toda la vida para practicar las seis horas diarias de siempre. El arco, aún tenso, estaba sobre el atril, junto a la partitura de las Variaciones sobre un tema rococó de Tchaicovsky que no había terminado de estudiar, aunque lo había interpretado mil veces antes. El ocaso a las seis de la tarde se colaba por las cortinas de un ventanal enorme, y un haz de luz le daba un aire místico, casi mágico, a aquella imagen de inspiración interrumpida.
Ella, sentada como toda la vida al fondo de la sala, sosteniendo entre sus manos el libro que nunca llegaba a su fin, se detenía. En su cabeza, seguía escuchándolo afinar el instrumento, lo escuchaba cantar cada nota mientras repasaba, con una lentitud más allá de la paciencia, cada uno de los compases hasta que le parecía perfecto. Invariablemente, ella entornaba los ojos y podía aún distinguir su silueta entre la luz derramada sobre la silla de pino.
La visión duraba apenas un instante. La oscuridad llenaba luego la habitación y ella sentía de nuevo un nudo en la garganta: él no estaba ahí. Ahogaba las lágrimas en un suspiro y se acurrucaba en el suelo junto al chelo, sin tocarlo, apenas acercando la nariz para que el aroma a brea y a madera de maple la llevara al pasado, a esa vida que ahora extrañaba tanto.
 
III
¿Te acuerdas que había luna el día que nos conocimos? ¿Te acuerdas? No podría olvidar ese día nunca: la manera en la que me miraste, con tus ojos tan hermosos y ese hoyuelo en tu mejilla, nunca la podré olvidar. Yo creo que te quise desde ese día, desde ese momento. Ya sé que vas a decir que no diga tonterías, que el cariño no aparece así, que tú no me pudiste querer sino hasta mucho tiempo después, pero no me importa, la verdad es que yo sí te quise desde el primer momento. Siempre me pregunté qué sentías por mí. Ahora que tengo tanto tiempo para pensarlo con calma, creo que no me quisiste ni un poquito. Sólo tenías tiempo para ese chelo, para estar tocando y ensayando y  pasándotela en conciertos, en viajes, lejos de mí, de nuestra casa. ¡Maldito sea ese instrumento del demonio! ¡No! ¡Espera! ¡No quise decir eso! No es cierto, no es un instrumento maldito, lo que pasa es que nunca voy a ser capaz de estar a su altura para ti… yo sólo quiero estar en ti, en tu corazón, en tus pensamientos, en tus manos, pero sólo tienes ojos y oídos y cabeza y sentimiento para la música, para esa infeliz celosa que nunca te ha dejado acercarte a mí… ya lo sé, no es mi culpa. Desearía ser de madera, desearía hendirme un cuchillo y hacerme un par de efes junto al ombligo, y ponerme llaves y cuerdas y así poder estar cerca de ti, tenerte alrededor de mi cuerpo, sentirte vibrar con los sonidos de mis entrañas… pero no ves que eso es todo lo que tengo: el sonido de mis entrañas, no hay nada más que eso, esos gritos que me ahogan la garganta desde el día ingrato en que te conocí y que me enamoré de ti. Cada nota que tocabas era como un leño más en la hoguera de mi alma inmortal que arde sin remedio, sin remedio prendada de ti, sin remedio condenada a padecer el abandono. ¿Por qué nunca pudiste darme un poco de cariño? Nunca una palabra tierna, nunca una sonrisa cómplice, nunca una caricia que no fuera animada por tus instintos animales…Si no me querías ¿por qué nunca lo dijiste? ¿Por qué te empeñaste en alimentar una farsa, una mentira, que a medias aplacó las presiones que tus padres hacían sobre ti? ¿Por qué no pudiste amarme? ¿Por qué te pareció tan malo que yo te amara? ¡Te quise más que a nada, hijo de puta!
 
IV
Con su abrigo bajo el brazo, ella caminó con la mirada perdida hacia la calle. Era temprano: el concierto había terminado mucho antes de lo que hubiera querido. En su cabeza, seguía escuchando las notas graves y los arpegios, y seguía viendo las manos maravillosas del intérprete sobre las cuerdas de su chelo. En su cabeza, ella despertaría en cualquier momento, para ir a sentarse en la sala de su casa y verlo practicar otra vez.
En la puerta del centro cultural, una cara familiar llamó su atención.
-¡Ay, señora!-, le dijo la acomedida y aún discreta sirvienta. La tomó del brazo y se disculpó con el guardia de la entrada, alegando que la señora no estaba del todo bien.
-¡Pero si no estaba haciendo nada malo!-, repuso ella, en un momento de aparente lucidez.
Decir que ‘los muchachos del barrio la llamaban loca’, más que una referencia oportunista a cierta canción que había sido popular varios años atrás, es un hecho comprobable: todavía muchos años después los vecinos de la cuadra se acordaban de ella, y el colarse de noche a los jardines de la casona abandonada donde había vivido era parte del rito de iniciación de los jóvenes de la colonia.
Sobre ella habían surgido una cantidad de historias increíbles y se hablaba más que del marido al que, según la leyenda negra, ella había acuchillado durante el sueño, volviéndose loca para evitar la culpa. Lo que sí era cierto es que la sirvienta –que en algunas versiones de la historia era su suegra, y en otras su hermana-, la había rescatado muchísimas veces: algunas de una madre de familia furibunda, otras de la policía, unas más de gente ajena al microcosmos de la colonia que se topaba con ella, mientras paseaba en el parque frente a la iglesia.
Pero a ciencia cierta nadie supo nunca porqué estaba tan perturbada, ni tampoco se explicaban cómo permitían que estuviera suelta por ahí, en vez de recluida en un sanatorio. A pesar de ello, acabó por parecerles curioso y hasta simpático que se colara a los conciertos que había en el centro cultural, y les parecía también gracioso que pusiera en aprietos a los guardias. Hasta verla caminar por las calles de la colonia, balbuceando, lloriqueando y riendo alternativamente, acabó por ser tan natural como el alumbrado público que raramente servía.
 
V
Un segundo le bastó para enamorarse de él. Ni siquiera tuvo que escucharlo tocar el violonchelo para sentirse profundamente conmovida por su sola presencia. Un vistazo dentro de aquellos ojos color caoba, dentro de aquella mirada casi inexpresiva de animal agazapado, le fueron suficientes para caer en sus abismos.
Tenía a penas diecisiete años. Ni tiempo tuvo en la vida para averiguar lo que era el desamor, porque él la aceptó así como había llegado: joven, inocente y enamoradiza. Él nunca se preguntó qué hacía una chamaca en su vida; jamás le importó tampoco, porque ella le bastaba para calmar las inquietudes de sus padres, que se preocupaban de que su pequeño tuviera tiempo, entre tanto estudio y tanto andar de arriba para abajo con ese maldito chelo, de dejar un heredero. Los preámbulos nunca fueron su especialidad, así que se había casado con ella apenas un mes después de haberla visto por primera vez en los jardines de la escuela de música.
Por lo visto, la vida conyugal tampoco era su especialidad. Se le hacía suficiente verla por las noches, cuando su agenda así lo permitía, y compartir en silencio una cena preparada por una acomedida y discreta sirvienta. De vez en cuando la dejaba sentarse a leer en el sillón de la sala, y escucharlo practicar durante un par de horas. Más raramente, él acercaba su cuerpo al de ella por las noches para satisfacer algún instinto carnal.
Poco enterada de las cuestiones prácticas del matrimonio, y todavía más ignorante de sus aspectos sustantivos, ella se esmeraba por hacer como su marido le decía. Pasó años adorándolo en silencio, contemplando aquellas manos deslizarse sobre las cuerdas de ese instrumento al que ella, ni por asomo, podría reemplazar en el corazón de él. Hacia el final, ella pensaba que odiaba aquella caja de música con todas las fuerzas de su corazón desengañado.
 
VI
La sirvienta se las arregló para llevarla de vuelta a la casa. Atrancó la puerta del jardín y casi se cae de espaldas cuando uno de los perros guardianes se le fue encima.
-¡Atrás Allegro!-, le gritó.
Ella ni siquiera se percató del incidente. Se fue directamente a la sala, a sentarse en el sillón y a mirar el rinconcito abandonado del músico, que ahora el violonchelo ocupaba exclusivamente. Estuvo sentada sin hacer ningún ruido durante tres horas, y luego se levantó. Caminó hasta la escalera y comenzó a subir mientras se quitaba la ropa y lo llamaba a gritos. Se encerró en su habitación y, pensó la sirvienta, se quedó dormida.
Aquél comportamiento ya no la espantaba. La señora había estado muy mal desde que una tarde, hacía unos años, su marido había muerto. Él estaba sentado en la sala, practicando, mientras ella leía con calma desde el sillón, y de vez en vez distraía la lectura para contemplarlo con curiosidad, deseo reprimido y cierto recelo. De repente, él se detuvo tan abruptamente que ella tuvo que alzar la vista. Él colocó el instrumento en el suelo con todo cuidado, puso el arco sobre el atril y le dijo “me muero”. Acto seguido, se desplomó.
El doctor trató de explicarle que su marido había sufrido una serie de ataques causados por coágulos sanguíneos que habían acabado malamente en su cerebro, matando toda posibilidad de que se recuperara, aún si hubiera llegado con vida al hospital.
Ella no daba crédito a sus oídos. No podía concebir que el hombre al que había amado más que a su vida se hubiera extinguido como la nota final de un largísimo concierto. Más aún, no podía creer que la única vez que él le había hablado con toda franqueza y sin un tono de mando, había sido para anunciarle su muerte. Durante el sepelio, se aferró con tal fuerza al ataúd que un médico tuvo que inyectarle tranquilizantes, en una dosis de caballo que la tumbó en la cama por tres días.
A partir de ahí, su conducta comenzó a cambiar de a poco hasta que, meses después, ya se hablaba de ella en el mercado como La Loca. La sirvienta no sólo la había encontrado muchas veces acostada en la sala junto al instrumento que se rehusaba a mover, sino que también tenía que alejarla de las ventanas del primer piso de la casa, cuando se acercaba a llamar al marido finado a gritos, completamente desnuda. En la calle, reía y lloraba y cantaba y maldecía en compases de cuatro cuartos, en movimientos largos y en la menor, hasta que algún asustadizo mandaba llamar a la patrulla y se la llevaban.
Sí, de seguro que aquél día, la pobrecita estaba exhausta. Se había pasado la tarde en el parque, luego se había metido a escuchar a ese chelista en el centro cultural, y había estado despierta mucho tiempo. De seguro estaba muy cansada, pensó la sirvienta, porque tan pronto como la escuchó entrar en su cuarto, no escuchó nada más.
 
VII
Cuando estás entre mis piernas, abrazándome con furia, eres mi chelo. He visto cómo tú sientes que esa caja de madera vibra y resuena, y siente, cómo la rodeas con tus piernas y brazos, y la acaricias y la tocas, cómo aprietas sus costados suavemente con las rodillas, cómo la atraes hacia tu centro y la dejas ser, y la dejas cantar y gritar y susurrar. Así siento que vibras y resuenas y sientes cuando estás haciéndome el amor.
 
VIII
La sirvienta la encontró desnuda, metida en la tina, atiborrada de las pastillas para dormir y calmantes, que a últimas fechas no hacían más que atolondrarla un par de horas. En la pared de la habitación, escrito con un lápiz de labios que alguna vez vistió su carita de niña, leyó una frase: “Te quise más que a nadie, hijo de puta”. Cuando el ministerio público tuvo toda su declaración, la sirvienta acomedida limpió la casa, dejó el rincón del músico como había permanecido los últimos años, y dejó el libro eternamente inacabado sobre el sillón de ella. Discretamente hizo sus maletas y volvió a su pueblo, treinta años más vieja y decidida a no hablar de las cosas horribles que le pasa a la gente que se complica la vida por tomársela tan en serio.
 

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