| Nadia Lizette 的个人资料El rincón poético de YuY...照片日志列表 | 帮助 |
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2006年7月 PerdónameAquel bar era poco menos que un lúgubre antro. Las mesas estaban dispuestas en un orden evidente desde la entrada del lugar, hasta la barra, que al fondo, y como sobrepuesta en una tarima, sobresalía por encima de las cabezas de los clientes. La luz se colaba al lugar discretamente, desde lámparas escondidas en las esquinas que formaban las paredes con el techo. Otra luz, aún más brillante, iluminaba desde el cielo raso al pobre guitarrista, que aún de traje negro y bien peinado, lucía insignificante. Sobre cada una de las mesas, apenas medio metro sobre el suelo, yacía una veladora blanca dentro de un vasito de vidrio. Sus luces insignificantes, además de servir de encendedores, bailaban en las mesas generando toda clase de sombras increíbles sobre las paredes del lugar. La alfombra color chocolate estaba llena de toda clase de contrariedades: una bebida derramada por descuido; una, y quizá más de una, quemada de cigarrillo; manchas que nadie alcanzaría a adivinar a qué clase de cosa pertenecían; vidrios de un pobre vaso que tiró un muchachito, estrellándolo silenciosamente en el suelo. Más allá de la jungla de sabores y colores mezclados en la alfombra, entre una densa niebla de humo de cigarros y cigarrillos, sentado en la barra en mangas de camisa, un hombre miraba atentamente el líquido ámbar que se balanceaba dentro de su copa, mientras en su mano un cigarrillo se consumía con lentitud. No se veía más viejo que el resto de los clientes. Tampoco lucía más joven que el muchacho que habían sacado cargando una hora antes de que él se presentara. Lo cierto es que tenía en la cara esa expresión que divaga entre la locura y la desesperación. Entró en el bar, haciéndose notar todavía menos que el cantante que trataba inútilmente de animar la velada, y sin titubear un momento se sentó en la barra, en el rincón más alejado de la gente y el paso de los meseros. Pidió una copa y le trajeron dos. Sin hacer más que una mueca de extrañeza, el cantinero respondió: “Es hora feliz”. El hombre se bebió las dos como quien bebe agua y pidió una más. Al instante, las dos copas se le aparecieron como por arte de magia, pero esta vez, las bebió con lentitud, como disfrutando el sabor, entre amargo y dulzón, del tequila que le habían servido. “¿Le doy unos limones?”, preguntó el cantinero. El hombre lo miró con desagrado y no le contestó. Siguió sintiendo el sabor del líquido embriagante en la lengua, mientras lo sentía bajar lentamente por su garganta, como un calor creciente, rico, que se expandía desde el centro de su pecho hasta el resto de su cuerpo. Se acabó la copa de una vez, y prosiguió con la siguiente, sólo que antes se dedicó a mirarla. Mientras, una mujer alta, muy delgada, con el cabello evidentemente teñido de rubio y un traje de falda y saco azules que no le ajustaba bien, entró en el bar. Se detuvo en la puerta, como buscando algo, como tratando de mirar por entre la cortina de humo y humores pestilentes que a esa hora flotaba en el antro. Atravesó con dificultad la espesa selva de la alfombra, infestada de mesas y borrachos, se acercó con curiosidad infantil al hombre de la barra, quien ya para entonces había exterminado el cuarto trago, el cuarto cigarrillo, y se sentó. Haciendo gala de modales exagerados pidió una margarita al cantinero. Le trajeron dos, y a la misma mueca del hombre, el cantinero dio la misma respuesta: “Es hora feliz”. La mujer comenzó a beber con lentitud, con pequeños sorbos, la mezcla de tequila y jugo de naranja, sintiendo los granitos de sal del borde de la copa en los labios mal pintados, el sabor a limón en el fondo de la garganta. Cruzó la pierna, en un intento parecer sensual ante los ojos del hombre, quien no la había visto, aunque sabía que estaba ahí. Ella puso su mano sobre la pierna de él, tamborileó las uñas de la otra mano, admirablemente cuidadas, en la barra y sonrió, mostrando unos dientes blancos y derechitos. Un cantinero le dijo a otro: “Esos todavía son de leche”. Ambos se rieron. Ella los escuchó, pero fuera de una mirada plena de desprecio, no hizo mayor caso ellos. “Me das un cigarro,” le dijo a él. Él sacó la cajetilla medio vacía de la bolsa de la camisa, y la dejó con suavidad en la barra. Molesta de seguro, pues esperaba que él le sacara el cigarro y se lo ofreciera con gentileza, tomó la cajetilla y sacó uno. Se quedó buen rato con el cigarrillo en los labios, hasta que uno de los cantineros le acercó el fuego de una de las cuatro veladoras que había sobre la barra. “Gracias, es usted muy amable,” dijo ella. Bebió otro sorbito de margarita, puso ambas manos sobre la mesa y suspiró con pesar. El hombre no hizo mayor caso de la mujer, que bien podía ser una niña. Se dedicó a terminar sus tragos y a ordenar otros más. Esta vez, sólo una copa hizo su aparición. De nuevo, la mueca de extrañeza apareció en rostro del hombre, y el cantinero aclaró: “Terminó la hora feliz”. Él recibió el comentario con la nula alegría con la que recibió la primera noticia y continuó bebiendo. Ella, sentada con la espalda recta, se lamía la sal de los labios, bebía la margarita, miraba a un lado y a otro, fumaba como colegiala y suspiraba sin cesar. “¿Quieres que me vaya?”, le preguntó al hombre. Él no se inmutó en lo más mínimo. Seguía bebiendo a tragos lentos de la copa. “Necesito saber si quieres que me vaya...”, insistió ella, mientras los dos cantineros continuaban haciendo chistes descarados sobre su apariencia de niña, que juega a ser mujer. Ella los miró nuevamente con desprecio, y continuó tratando de atraer la atención del hombre, que ya estaba por pedir a gestos la siguiente copa. “Si quieres que me vaya, no me vuelves a ver... ¿Oíste?”, dijo ella, tratando de ahogar un sollozo con un trago de la segunda margarita. El lugar se vaciaba lentamente. La alfombra continuaba sucia, sin más esperanzas que ser tirada a la basura. Las veladoras en las mesas estaban a punto de apagarse. El guitarrista pasó de las complacencias, a tocar lo que mejor le parecía, inundando el bar con las notas de una vieja canción de amor. “Si me faltaras, no voy a morirme”, cantaba el tipo, en un tono desgarrador que en vez de amor inspiraba lástima. “Si he de morir, quiero que sea contigo”, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras los cantineros compartían sus burlas con los meseros, que ya para entonces estaban recogiendo los restos de la noche. “A este deberían pagarle por quedarse en su casa”, rieron los meseros, haciendo referencia al mal afinado cantante que continuaba su serenata, haciendo caso omiso de los abucheos de los pocos borrachos que quedaban en el bar. “Ya, por favor, dime que no quieres que me vaya”, lloró ella. Él pareció tener un momento de lucidez. El cantante terminaba la canción, los meseros y cantineros miraban con atención, cuando él sacó de su cartera un billete, se levantó con violencia de la silla, tomó con un ademán por demás rudo la mano de la muchacha y puso los cincuenta pesos en ella. Luego, volvió a sentarse, terminó su copa y pidió otra, sin decir palabra. Ella lo miró como no creyendo lo que acaba de pasar, balbuceó algo que nadie entendió y se soltó a llorar. Uno de los meseros, el más joven, no me cabe duda, se apiadó de ella, la tomó de la mano, la sacó a la calle y la subió en un taxi. Luego de la escena, que no tomó más de cinco minutos, todo volvió a la normalidad. Los meseros comentaron la hazaña del hombre con júbilo, los cantineros lo felicitaron y le dieron tragos a cuenta de la casa, y él continuó bebiendo. Entonces me levanté. Yo había estado ahí mucho antes de que él llegara, lo había visto entrar y sentarse; la había visto a ella llegar y comportarse como si fuera una señora en sus dominios; fui testigo de la escena que protagonizaron los dos y que fue comentada por los meseros con tanta hilaridad. Me senté al lado de él, pedí un vaso con agua y él me miró, lleno de vergüenza. “Era ella, ¿verdad?”, le pregunté. “Sí”, me contestó en murmullos. Bebió la última copa, despacio pero de una vez, encendió el último cigarrillo de la cajetilla y me ofreció una fumada. La acepté, y nos fumamos el cigarro compartido en un par de minutos. Ya no había nadie en el bar, sólo los meseros que se preguntaban quienes éramos, y hacían conjeturas absurdas acerca de nosotros. El cigarrillo ya estaba a punto de acabarse, cuando en un ademán torpe, me quemé la media, produciendo la habitual reacción en cadena que deshilacha hasta el fin tan delicados y femeninos atuendos. “¡Carajo!”, exclamé. Él volteó a ver el agujero y su vertiginosa carrera hacia la punta de mis pies. Luego subió la mirada hacia mi cara y me miró, como la primera vez. “Perdóname”, me dijo, todavía susurrando. Lo tomé de la mano. “Vámonos, ya se van a levantar los niños”, le dije. Salimos del bar a eso de las cinco y media, cuando el alba despuntaba en el horizonte. Él continuó viviendo. 引用通告此日志的引用通告 URL 是: http://nadializette.spaces.live.com/blog/cns!E68FBB18B39BFD05!255.trak 引用此项的网络日志
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