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2006年9月 VioletasNo hay en el mundo nada peor que una mujer, excepto otra mujer. Aristófanes
Julia salió corriendo de la casa de Sara. Tenía frío, tenía miedo y estaba asustada. Corrió y corrió hasta que al fin se sintió sola. La soledad era lo único que le quedaba, Sólo así se sintió segura, y después de esa horrible experiencia en casa de su amiga, necesitaba espacio para poder respirar y para volver a sentir el corazón y las ideas en su lugar. Julia era alta, bonita y muy blanca. Tenía el cabello oscuro y largo y la cara bañada de pecas. Apenas tenía diecisiete y estaba acostumbrada a estar sola, porque todo el mundo le tenía un poco de miedo o incluso compasión. Julia era lesbiana. Su única amiga en el mundo era una chica menor que ella, llamada Sara. A pesar de tantas diferencias, desde la edad hasta los gustos, las dos se entendían, porque Sara sospechaba de la homosexualidad de Julia pero ignoraba amablemente el hecho, mientras Julia estaba perdidamente enamorada de ella. A veces Sara creía notar una mirada muy particular en los ojos de su amiga, especialmente cuando estaba hablando, algo así como una mirada de mascota abandonada, como si la oyera pero no la escuchara, como si tratara de ver más allá de ella. Sara prefería ignorar esas miradas, y continuar hablando de cualquier cosa, porque ella podía estar diciendo que el Papa fuma marihuana o que la Tierra todavía es plana, igual Julia asentía y continuaba su escrutinio minucioso. En realidad a Sara no le importaba mucho que Julia fuera extraña: era la única mujer a la cual podía considerar su amiga y la única que realmente deseaba estar con ella. La primera vez que Julia vio a Sara fue en una fiesta. Julia estaba sentada en un rincón, sola. Miraba a los muchachos embriagarse y bailar desordenadamente frente a ella. Estaba en extremo aburrida, pero su madre insistía en convertirla en un “animal social”, así que la mandó a la fiesta. Julia llegó, tomo una cerveza y se fue a beberla a un rincón, mientras el deplorable espectáculo de los adolescentes cayéndose de borrachos se desplegaba frente a ella. Así transcurrieron unas dos horas, y cuando Julia decidió marcharse, algo la detuvo. Una visión. Una muchacha, tendría unos quince, pensó Julia, entró en su vista. Tenía el cabello rizado hasta los hombros, color ocre brillante, al igual que sus ojos, enmarcados por unas pestañas largas, negras y hermosas. Tenía una boca pequeña, de labios delgados y rojos y una nariz chiquita y respingada que a Julia le pareció deliciosa. La vio pararse en medio del gentío y comenzar a bailar en los brazos de un chico enorme. Julia ni siquiera lo miró de momento. Vio que ella llevaba la espalda descubierta y el corazón se le aceleró tan sólo de pensar en besar esa espalda, centímetro a centímetro. Julia sintió ganas de tomarla por la cintura y abrazarla fuertemente, de sentir su pecho contra el de ella y besarle ardientemente la boca, los ojos, el cuello. Julia vio entonces que el hombre bajaba su mano por la espalda de ella, la recorría deliciosamente lento, llegaba hasta su cintura y la metía en la bolsa trasera del pantalón de la muchacha. Julia se sintió furiosa cuando lo vio besarla y manosearla, se enojó de tal manera que prefirió no ver nada más. Se levantó y se fue, loca de celos. Para el lunes siguiente, Julia ya sabía que aquella niña tan hermosa era Sara. Sabía que tenía dieciséis años, que vivía sola con su padre alcohólico a quien sólo veía de vez en cuando. Se enteró también que Sara, como su padre, era alcohólica, drogadicta, desgraciadamente heterosexual y peor aún, era promiscua. Tenía fama de zorra, y según Joana, la chismosa oficial de la escuela, Julia supo que Sara había tenido un aborto ese año, estuvo a punto de morir por sobredosis y se había acostado con la mayoría de los chicos de la escuela, incluyendo el equipo entero de fútbol, el de tenis y los chicos serios de último semestre. Además, ninguna mujer en la escuela entera la toleraba más de tres minutos. A pesar de ese antecedente, el cual Julia sabía que viniendo de Joana era verdad sólo a medias, Julia siguió pensando que Sara era divina y que, pasara lo que pasara, ella la conocería antes del final del día. Con sus convicciones firmes al respecto, Julia empleó el día en seguirla a todos lados, hasta que, al fin, se encontró “casualmente” con ella en el baño. Julia empezó a llorar. – Hola, ¿Qué te pasa?– preguntó Sara al ver a Julia llorando. – Hola… me llamo Julia…– contestó entre suspiros. – Yo soy Sara, a ver dime qué te pasó, cuéntame – insistió Sara. – Es que… es que… es que se murió mi perro – respondió Julia, pues no se le ocurrió otra cosa, luego reanudó el llanto. – ¡Ay, pobrecita!– dijo Sara, abrazándola,– ven aquí, no llores–. Julia sonrió para sus adentros, y procuró no abrazarla demasiado fuerte, para evitar delatarse. Acto seguido, Sara la llevó a la cafetería, le compró un café y la animó con sus ojos ocre y su sonrisa roja. A partir de ahí, Sara encontró en Julia la amiga que siempre necesitó, y Julia vio casi realizado su sueño de amor platónico con Sara. Sara era muy inocente respecto a la sexualidad de Julia. Pensaba que, a pesar de ser mayor, Julia todavía era virgen, pues cada vez que salía el tema Julia lo evadía, por miedo o por pena, pensaba Sara. La verdad era que Julia era un tanto como Sara cuando tenía su edad, pero sus relaciones heterosexuales no fueron del todo agradables para ella. También sostuvo varias relaciones con mujeres mayores y fue entonces cuando Julia supo a ciencia cierta que era lesbiana, hecho que la marcó para toda su vida, pues sentía que lo tenía escrito entre las pecas de su nariz, lo cual la volvió sumisa, callada, a veces antipática y poco a poco la llevó a estar un tanto sola. Una tarde Sara y Julia estaban en casa de Sara, bebiendo cerveza y fumando marihuana, sentadas en la alfombra de la sala. Sara empezó a quitarse la ropa, pues a ella le parecía perfectamente normal quitarse la ropa delante de su amiga. A Julia le parecía irresistible verla danzar de un lado a otro en ropa interior. Ese día en particular hacía calor. Julia miraba ansiosa el cuerpo semidesnudo de Sara, y el alcohol y el calor la llevaron a quitarse la ropa también. Sara no se sorprendió, pues su estado, provocado por la droga y el alcohol, la llevó a reír de su amiga, de la mirada excitada de Julia, de su cabello oscuro. Sara se tendió boca abajo en la alfombra. Sin dejar de mirarla, Julia se sentó a su lado y comenzó a acariciarle la espalda. – Estoy muy tensa – dijo Sara, ignorando la mano de Julia sobre su trasero. Sin decir nada, Julia se montó en la espalda de Sara y comenzó a darle un masaje suave en los hombros y la espalda, deslizando sus manos lentamente. Con un movimiento casi de ternura, Julia le desabrochó el sostén. Y moviendo las manos suave, lenta, cadenciosamente, Julia extendió el masaje de los hombros y la espalda, al pecho de Sara. Ella giró sobre sí misma y miró a Julia a los ojos. Julia la besó y ella malamente le contestó el beso. Julia pasó sus manos por todo el cuerpo de Sara, la besó, la abrazó, la acarició hasta que se consumó para Julia el amor desesperado y el deseo reprimido que sentía por Sara. Y Sara se entregó temerosa a la pasión nueva que se le mostraba, pero prohibida por la naturaleza: dos mujeres haciéndose el amor. Quizá Sara no se percató de nada sino hasta la mañana siguiente, cuando despertó en su cama, desnuda, medio dormida y con dolor de cabeza, en los brazos de Julia. Asustada, dio un salto fuera de la cama. –¿Qué pasó aquí? – gritó Sara llena de espanto. – Nada que tú no quisieras – respondió tímidamente Julia. –¡No es cierto, tú te aprovechaste, yo estaba muy volada!– gritó de nuevo Sara. – Lo siento… ¡Perdóname!– contestó Julia rompiendo en llanto. Sara no tenía el corazón tan frío como para no sentir compasión por Julia. Volvió a sentarse a su lado, la abrazó y la hizo confesar la raíz de todo aquello que Sara prefería olvidar. Al final de su relato, de la historia de su vida, Julia volvió a disculparse. Sara la besó en la mejilla reiterándole su amistad, la dejó sola y se fue a la cocina a prepararle algo de comer. Sola en la cocina, Sara comenzó a llorar. Se sentía traicionada, frustrada, ultrajada. Sentía que tal vez sin quererlo, Julia había abusado de ella, pero ella también tenía la culpa, también pues lo había permitido. Lloró amargamente un rato, mientras preparaba el desayuno. Muy a pesar suyo tuvo que dejar todo eso atrás, pues por encima de todo Julia era su amiga, su única amiga, y necesitaba de ella. Una vez “olvidado” el asunto, Julia y Sara trataron de hacer como que nada había pasado. No mencionaron el asunto nunca, en ninguna ocasión y por ningún motivo. Así las cosas, Julia estaba por cumplir dieciocho y Sara le preparó una fiesta. Estaba en su fuero íntimo decida a cambiar a Julia, pues creía que aún podía “salvarla”. Sin saberlo Julia, Sara invitó a la fiesta a todos los chicos guapos de la escuela. Al fin y al cabo alguno le agradaría a Julia y él sabría cómo resolver el problema. Mientras, ella podría darse gusto con alguien más. El día de la fiesta, Sara metió muy a la fuerza a Julia en un vestido sumamente corto y escotado, le peinó el cabello con la secadora y la maquilló perfectamente. La gente empezó a llegar a casa de Sara a eso de las nueve. Todo el mundo la felicitó y parecían estarse divirtiendo, bebiendo y bailando. Sara se perdió de vista un momento, pero al volver encontró a Julia platicando animosamente con Arturo. Él jugaba baloncesto, y era alto, delgado y guapo, además de muy amigable. Sara sonrió al verla. Ella había logrado hacer lo que su madre no pudo: convertir a Julia en una persona sociable y amigable. Viendo lo bien que iba todo, Sara se metió al estudio con un amigo. Mientras ella se entregaba a la droga y al amigo, Arturo tomó de la mano a la ya un tanto ebria Julia y subió con ella a la recámara de Sara. En la oscuridad, Arturo comenzó a besarla, primero suavemente, luego agresivamente, presionando sus labios contra los de ella, metiendo su lengua entre los dientes de Julia, levantándole el vestido y metiéndole la mano entre las piernas. Julia se defendía, presionándole los riñones con las rodillas, arañándole la cara, golpeándole con los puños. Trató de gritar, pero nadie la oía, porque la música estaba demasiado alta. Julia se revolvía y se defendía con furia, y Arturo la golpeo de una manera salvaje en el rostro y el estómago. Le arrancó de un tirón las pantaletas y comenzó a penetrarla contra su voluntad. Julia continuaba defendiéndose inútilmente contra su agresor, golpeando, gritando, arañando, llorando. Cuando terminó, Arturo la golpeó de nuevo y salió de la recámara. Julia se quedó llorando en la cama un momento. Temerosa de que él regresara, se levantó, se arregló el vestido y a pesar del dolor físico salió corriendo de casa de Sara. Siguió corriendo por un rato hasta que al fin estuvo sola. Como antes de conocer a Sara, como siempre debió de estarlo. Trató de calmarse antes de irse a su casa. Lloró dolorosamente por espacio de dos horas hasta que reunió el coraje suficiente para irse a su casa. Sara buscó a Julia durante una semana. Quería saber qué había pasado, porque después de que subió con Arturo nadie la había visto. Sara la buscó en la escuela pero no había ido a clases, la llamó a su casa pero nadie respondía, la fue a buscar pero le negaban hablar con ella. Finalmente, un poco a pesar suyo, Julia buscó a Sara en su casa. Sara la notó demacrada, ausente, más delgada y muy pálida. Se sentaron a platicar en la misma sala donde el tormento de Julia había comenzado, pues acabo por tomar lo que le había pasado como un castigo por haberle hecho el amor a Sara. – Bueno, no te había visto… te ves cansada – dijo Sara. – Sí bastante… exhausta – respondió Julia. Entonces Julia comenzó a relatarle a Sara lo ocurrido con Arturo el día de la fiesta, fríamente al principio, pero no pudo retener la desesperación y el rencor que recordaba haber sentido en ese momento, así que empezó a llorar. Sara la escuchaba pasmada, tratando de no creerle ni una palabra. Por la cabeza de Sara comenzó a fluir un río de arrepentimiento, por haberla dejado sola, por no haber estado con ella, por haber hecho esa fiesta en vez de ir al cine como Julia prefería, Sara se sintió tan culpable que acabó llorando a la par de Julia. Así se quedaron una eternidad, abrazadas como dos gatos amenazados por la lluvia. 1997 引用通告此日志的引用通告 URL 是: http://nadializette.spaces.live.com/blog/cns!E68FBB18B39BFD05!256.trak 引用此项的网络日志
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