| Nadia Lizette 的个人资料El rincón poético de YuY...照片日志列表 | 帮助 |
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2006年12月 Al AmanecerI Arturo la mira acercarse. Se percata de que, bajo el breve vestido de algodón, la redondez de sus pechos no puede disimular sus pezones, erectos de frío. La adivina nada más con la mirada, porque no le pondría una mano encima a menos que ella se lo permitiera. Suave, como un suspiro, ella lo saluda con un beso en la mejilla, se sienta a su lado, y al cruzar la pierna él se percata de una marca que mancha la blancura casi inmaculada de su piel. – ¿Cómo has estado? No he podido terminar de revisar el proyecto, pero lo que llevo se ve bien– dice ella, mientras con un ademán le pide un café a la mesera. – ¿En qué vas? Porque si quieres mejor revisamos lo que te falta, para que ya lo mande. Hay enviarlo antes del jueves –. Ella no accede, quiere revisarlo todo: si ya va a perder la tarde, que sea para bien. Saca de su enorme bolso una libreta y una pluma, y de una carpeta algunos folios resaltados con marcador y llenos de notas a lápiz. – Mira, esto es lo que he visto…– comienza ella. Arturo la escucha, pero su atención está en otro lado. Su mirada se pasea por los lunares de sus piernas blanquísimas, y se detiene insistente sobre esa marca. Es oscura, sin duda reciente, y del tamaño exacto de la huella de un pulgar. Es la huella del pulgar de un hombre. El pensamiento lo incomoda. No sabe bien a bien por qué, pero que ella tenga la marca del dedo pulgar de un hombre sobre la pierna, por encima de la rodilla, no le gusta nada. Se detiene en ese pensamiento. Ella no sería tan descarada, no. Si fuera el pulgar de un hombre ella habría evitado a toda costa el vestido por encima de la rodilla. Por supuesto. – Entonces creo que esto lo pasamos al objetivo general, y después habría que hacer dos o tres indicadores para…– ella continúa su diatriba mientras él se la aprende de memoria. Siempre le gustaron las mujeres inteligentes. Siempre le gustaron las mujeres bellas. Tener en una a los dos ideales es una maravilla, y se lo hace notar en su nerviosismo y en su mirada anhelante. ¿Lo sabrá? Claro que lo sabe, no hay duda. Si lo sabe, entonces no podría haberse puesto ese vestido y dejado que él viera la marca de la mano de otro hombre sobre su pierna. ¿Estará tratando de provocarle celos? ¡Las mujeres son especimenes impredecibles! Sí, cabe la posibilidad de que esté tratando de celarlo. ¡Incluso es posible que esa mancha se la auto infringió para crear esta ficción! O tal vez fue un accidente, en el gimnasio, en la oficina. Ante esta feliz posibilidad, porque la torpeza femenina es más reconfortante que la otra alternativa, Arturo se disculpa y marcha al sanitario, con una sonrisa de alegría y felicidad. II Quisiera arrancarme la piel a jirones para quitarme del cuerpo la marca de tus manos, pero al mismo tiempo desearía que esos moretones, esas marcas, esos rasguños, quedaran –como tú – sobre mi piel para siempre. III La misma escena se repite, pero Mauricio sí que ha paseado sus manos por ese cuerpo, y por supuesto que ha besado esa boquita que le fascina, ese rostro de hermosura incomparable, ese cabello castaño que a su tez pálida le sienta tan bien. Ella lo abraza como si hace mucho tiempo no se vieran, y lo saluda, suave, con un beso en la mejilla. – ¿Cómo te fue?– pregunta él tomándola por la cintura y llevándola con dulzura al abrigo de sus brazos. –Bien. La verdad es que no había por qué apanicarse, pero ya te conté cómo es Arturo, ¿no? Quiere todo ya y revisado veinte veces. Eso me choca, como que siento que no confía en mí, como si de plano fuera yo una bruta y no…– Mauricio la calla con un beso y le sonríe. –No eres una bruta – ríe, – lo que pasa es que el tipo es un histérico –. El capitán de meseros les señala una mesa con vista a la plaza. Los viernes, Coyoacán todavía es bastante menos nefasto que el resto del fin. Nada como halagarla con esa cena, que él originalmente había planeado como comida, un vinito y luego… la velada ya se le antojaba romántica. De pronto, la escena se repite. ¡Maldito Nietzsche! Ella cruza la pierna y esa mancha negra desfila ante los ojos de Mauricio. Él decide pensar antes de reaccionar. Respira, disimula, ordena una botella de tinto y revisa la carta. De reojo, por supuesto, también la revisa a ella. La verdad es que la conoce apenas hace un mes, y llevan saliendo ‘formalmente’ dos semanas, pero desde que la vio se le antojó todo con ella. Para él, pese a él, conocerla ha sido amarla. –Ya ni te pregunté, ¿cómo estuvo lo del sábado?– dice, mientras extiende frente a ella la llama del encendedor. La punta del cigarrillo cruje con el fuego y por un momento su cara se ilumina. Ella desvía la mirada y saca el humo despacio, suave. Si no le chocara tanto ese maldito hábito, Mauricio incluso diría que es sexy. –Muy tranquilo –. Ella sonríe al mesero. La cena sigue su cadencia natural y Mauricio incluso se olvida del moretón en su pierna. Caminan por la plaza. La noche ya está bien asentada sobre ellos. Pasando el brazo sobre sus hombros, Mauricio la mira bajo la luz de las lámparas del alumbrado público y se pregunta si esta noche tendrá suerte. Como adivinando, ella se detiene, lo besa en los labios con suavidad y le sonríe. –Ya sé qué haría de esta noche inolvidable –, le dice. Mauricio no anticipa su emoción, porque ella baja la mirada. Pese a la luz amarillenta él la mira sonrojarse y la escucha añadir: –pero justo esta noche no puedo –. –No te preocupes, – la tranquiliza, – será cuando tú quieras –. –Y pueda –, sonríe ella. La acompaña hasta su auto. Le da un beso de despedida y la mira marcharse. Entonces, y sólo entonces, la mancha sobre su pierna se aparece desde el fondo de su memoria, y le parece que si hay algo más detrás de aquel “muy tranquilo”, esa mancha en su muslo blanco lo mostraba todo. IV Esteban sabe que al día siguiente, a esa hora, estará volando a Londres. Por eso la mira, la sigue, la acecha. Es su fiesta de despedida, así que puede darse el lujo de seguirla aquí y allá con la mirada, de robarla dos segundos para un abrazo, para una foto. Pero de pronto sabe que es definitivo. Es un momento de “ahora o nunca”. V Arturo vuelve del sanitario. Pese a que acaba de lavarlas, siente que le sudan las manos. ¡Ella lo pone tan nervioso! Como el día que el jefe se la presentó: transpiraba a chorros y deseaba que todo pasara rápido. La ha invitado a salir un par de veces, pero siempre acaba por quedarse sumido en un mutismo inexplicable, y no halla qué hacer. Al contrario, ella habla y ríe con naturalidad, roza sus brazos con sus manitas blancas y no se da cuenta –o pretende ignorar – que él se estremece hasta sus cimientos. – Bueno, pero dime cómo te va. ¿Qué has hecho?– Ella lo mira incrédula, como si no fuera evidente que le va mal por tener que reunirse con él para trabajar un viernes por la tarde, en vez de hacer cualquier otra de las cosas que quería hacer con su viernes, cualquier otro de los planes que quedaron postergados. – Pues bien, mucho trabajo, ¿no? – le responde. Arturo se da cuenta de que la ha incomodado y antes de hundirse en el silencio decide aventurar un “¿Y qué tal los galanes?”. Realmente él no pretendía enterarse, y de hecho, nosotros sabemos que él preferiría no saber. ¡Pero la pregunta le salió con tanta naturalidad! – Bien, mi novio y yo llevamos apenas dos semanas. De hecho, al ratito voy a verlo para cenar –, le contesta ella. ¡Apenas dos semanas! Él siente que el corazón se le encoge. Hace tres semanas él la llevó a desayunar. Hace dos y media, al cine. Hace dos semanas él decidió que esa mujer le fascinaba, y hace una estuvo a punto de confesarle todos los secretos de su corazón. Y hoy, ahí, ahora, estaban los dos y ella tenía un novio, que de seguro era un brusco, un patán, un toro de lidia que le había dejado la marca de su pulgar en un arrebato incontenible de pasión. – Pero bueno, no te aburro con los detalles, mejor vamos a acabar esto, ¿no’ ¿Qué nos falta? –, agrega ella suavemente. VI No puedo querer lo que quiero, sólo puedo querer lo que puedo. Quiero que mi boca se aprenda de memoria cada esquina de tu piel. Puedo esperar tres años. VII – ¿Me presta a la licenciada? – Esteban interrumpe una conversación, la toma del brazo y la conduce a una parte de la casa fuera del alcance de las miradas de los demás. – Gracias por venir –, le dice, abrazándola. La mira a los ojos. – No me lo hubiera perdido por nada –, responde ella. – Te adoro mujer, aunque no lo creas –. – Sí te creo –. Esteban la abraza y la besa los labios con suavidad. Ella estalla, despierta, responde. Lo abraza con furia y lo besa en un arrebato incontenible de pasión. VIII Mauricio decide no volver a su casa aún. Se mete en un bar, pide una cerveza y se queda rumiando un pensamiento. “Muy tranquilo”. Ella bajó la mirada. Definitivamente, la conoce poco pero sabe que está ocultándole algo. Un beep anuncia un mensaje en su teléfono celular. “Ya estoy en casa”. Decide no creerle y le marca. – ¿Hola?–. – Hola –. – ¿Qué pasó, ya llegaste? –, pregunta ella inquieta. – No, al rato… es que me llamó Manuel, quiere que veamos algo del grupo, entonces ahorita viene y voy a estar un rato aquí en El Mesón –. Todo es mentira menos lo último. – Bueno. ¿Te veo mañana? – – Sí, te hablo –. – Besos –. – Bye –. Mauricio se termina la cerveza y sale. La noche, despejada, lo hace sentir mejor. Ella tenía una fiesta el sábado. Fue sola, porque él no podía acompañarla. Hoy le cancela la comida y se va con el tal Arturo a “trabajar” toda la tarde del viernes, en un proyecto que es para el siguiente jueves. Se ven para la cena y ella tiene un moretón en el muslo. Definitivamente está ocultándole algo. XI El sabor de tu piel. Tus manos frías. El color de tus ojos. El arco de tus cejas. El grosor de tus labios. Tus manos blancas. Tus lunares. Tu cuerpo blanco. Tu corazón. El sonido de tu risa. El sonido de tu voz. Tus ojos tristes. Nuestra única noche. Nuestra última noche. El inventario de mi historia inacabada contigo. X Al amanecer, Esteban la tiene entre sus brazos. Están frente a la puerta de la casa, diciendo adiós. La mira con ternura y le pide que no se vaya. Ella ríe y le dice tengo que irme. ¿Te puedo pedir algo? Déjame algo tuyo. Van de vuelta a la recámara. Él se sienta en la cama, la mira quitarse la ropa otra vez. Ella desliza la tanga hacia sus pies con descaro y sonríe con picardía. Él la toma con el mismo gesto. – Esta me la llevo, ¿eh? –. La acompaña al auto. La besa por última vez y la mira marcharse. Él estará en Londres tres años, haciendo un doctorado. Ella estará en México recordando cómo te sentías en sus brazos, en sus labios, entre sus piernas y sobre su piel, bajo la luz del amanecer. 评论 (2)
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